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En El rinoceronte y el poeta, Miguel Barrero sueña a Fernando Pessoa

Eduardo Espinosa es un destacado especialista español en la obra de Fernando Pessoa que viaja a Lisboa a pedido urgente de su amigo José Gonçalves, otro erudito en la obra del poeta portugués, quien tiene que hacerle una declaración importante que no puede confiarse ni al teléfono ni al correo electrónico. El viaje de Espinosa se inicia bajo la evocación del rinoceronte que fue regalado al rey Manuel de Portugal en 1515 y que inmortalizó Alberto Durero, sin haberlo visto nunca, partiendo de una carta en la que se describía al animal y de un boceto apresurado realizado por un artista desconocido. En la mente de Espinosa se mezclan el motivo de su viaje, que no puede ser otro que el poeta del que se cumpliría pronto el octogésimo aniversario de la muerte, y la imagen del exótico animal: “¿Qué podía tener que ver Fernando Pessoa, el ilustre, el magnífico, el nunca lo suficientemente ponderado, con un rinoceronte procedente de las Indias? Espinosa no hallaba respuesta para tal interrogante; y, como siempre que se le planteaban enigmas cuya resolución se le antojaba dificultosa y aun improbable, lo asumió como un reto y se prometió a sí mismo que intentaría alumbrar alguna hipótesis medianamente plausible.”

El rinoceronte y el poeta: Epifanía del Quinto Imperio, novela de Miguel Barrero recién editada por Alianza Editorial, relata los tres días que el profesor Espinosa pasa en Lisboa, una ciudad que le resulta más familiar y más amada que la suya, persiguiendo o siendo perseguido (en ambos casos es una manera de hablar) por distintos fantasmas (o sueños) portugueses. El primero y más importante para la trama novelesca, el propio Fernando Pessoa, el poeta que “fingía su dolor” aun siendo verdadero, de quien se recrean, siempre desde la mirada del profesor español, episodios de su vida: entre otros, la muerte del padre, la estadía en África cuando niño, la muerte acaecida en 1935. Pero son los otros fantasmas los que proporcionan el contexto adecuado para entender las revelaciones que se producen al final de la novela y que tienen que ver con la existencia misma del poeta. Sin las referencias al rey Sebastián I, muerto en 1578 en la batalla de Alcazarquivir, en Marruecos, en un descabellado intento por conquistar África, no se puede entender la novela; sin el sebastianismo, especie de milenarismo a la portuguesa que siguió a la desaparición del rey Sebastián, tampoco se puede entender nada; y lo mismo sucede con otros sueños de Portugal: el Quinto Imperio, las profecías de Bandarra, el milagro de Ourique y, no podía ser menos, el mismo rinoceronte del rey Manuel, porque “todo se relaciona con todo, y más en este caso que nos ocupa”, como dice el profesor Gonçalves. Así, el universo imaginario de Portugal explica, a su manera, la vida y la obra del poeta, mucho más de lo que el profesor español pudiera conjeturar, y con seguridad, mucho más de lo que pudiera desear. “¿Se da cuenta, Espinosa?, preguntó Gonçalves, no hemos hecho otra cosa que explicarnos en función de los sueños, toda la historia de Portugal es un gran sueño en el que no se disfrutan los logros obtenidos porque siempre estamos pendientes de lo que está por venir”.

“No hemos hecho otra cosa que explicarnos en función de los sueños, toda la historia de Portugal es un gran sueño en el que no se disfrutan los logros obtenidos porque siempre estamos pendientes de lo que está por venir”

Al final, el profesor Espinosa entenderá, con desconsuelo, qué relaciona al poeta con el rinoceronte, y al rinoceronte con el mismo Espinoza.

El rinoceronte y el poeta es una novela magníficamente escrita en un estilo demorado y contemplativo, acorde con el carácter de su personaje principal, dado a los largos paseos, la soledad y las meditaciones. Si fuera un cuento de Borges (y la mención no es gratuita) la erudición de la que hace gala no pesaría nada porque estaría comprimida en unas pocas páginas. Como no lo es, podría tornarse difícil de manejar para algunos lectores. Pero seamos justos: esa erudición es necesaria para que las partes de la novela encajen; sin ella, no habría historia que contar.

 

Rubi Guerra es narrador, editor, periodista y promotor cultural. Es fundador de la sala de arte y ensayo Ocho y Medio y asesor de la Casa Ramos Sucre en Cumaná, Venezuela. Ha publicado casi una decena de libros, entre los que se encuentra La tarea del testigo (Premio Rufino Blanco Fombona, 2007), Las formas del amor y otros cuentos (Premio Salvador Garmendia, 2010), El discreto enemigo, que editó en 2016 Madera Fina.

 

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