Remedios Zafra

Remedios Zafra: La opresión simbólica está en la normalización del imaginario de poder que hace incuestionable lo “convenido”

Con su ensayo El entusiasmo: Precariedad y trabajo creativo en la era digital, Remedios Zafra (Córdova, 1973) ganó la cuadragésima quinta edición del Premio Anagrama de Ensayo. Se trata de un libro que, entre otros asuntos, aborda la combinación de la “hiper-conectividad” del mundo actual y falta de estabilidad que afecta el desarrollo profesional de los creadores y académicos dentro del sector cultural. La publicación sigue la senda abierta por sus libros anteriores como Ojos y capital, (h)adas. Mujeres que crean, programan, ‘prosumen’, teclean, así como Un cuarto propio conectado. (Ciber)Espacio y (auto)gestión del yo. Y es un valioso documento que ofrece herramientas para cuestionar los cimientos de la mal llamada “era de la información” —porque esta denominación “no garantiza “estar informados”, sino que la información circula”, según aclara la autora traducida al italiano y al inglés—.

Zafra hace en su obra ensayística lo que adelantan Marta Sanz y Elvira Navarro en la narrativa: cuestionar los factores que hacen que los trabajos culturales no estén bien remunerados y mostrar la inestable fibra que tiene la existencia de quienes realizan estos oficios. “Estamos dispuestos a producir gratis”, se lamenta Zafra: “porque nos han enseñado que en su ejercicio va el pago, que estas prácticas son para los tiempos ociosos”. Le llama la atención que siendo grande la inversión pública en educación en España, esta no venga acompañada de la creación de un ‘tejido laboral’ que permita construir y apostar por la producción cultural y científica, con el objeto de dotar de sentido a esa inversión social. “Romper la asociación ‘trabajo creativo y trabajo que no se paga’ es importante para evitar que, perversamente, sólo quienes tienen dinero y recursos puedan dedicarse a ello. Esto refuerza desigualdad y empuja a los más pobres fuera de los trabajos creativos (menos pagados) en busca de los que sí se pagan, de forma que la sociedad pierde en este tránsito un valiosísimo potencial creativo e intelectual”, explica la ganadora de reconocimientos como el Letras El Público y el Málaga de Ensayo (ambos en 2013) y el Meridiana de Cultura (2014).

—La diversidad de asuntos a los que se refiere El entusiasmo hace difícil establecer un diagnóstico del estado del trabajo cultural en España. Mi primera pregunta es cuál consideras que es el problema que es necesario solucionar con más urgencia ¿Por dónde comenzamos?

El Entusiasmo no es un libro de soluciones, pero puede ayudar a “pensarnos distinto”. Nos estamos acostumbrando a un mundo donde cada problema viene con un manual de instrucciones, con un botón o una pastilla que nos permite sentirnos mejor rápidamente pasando por la piel de lo que nos inquieta. Esto es justo lo opuesto de lo que hace un pensamiento que se diga crítico. Este libro abre diferentes líneas reflexivas, no ya sobre el sector cultural, sino sobre la vida de quienes vivimos-trabajamos de la cultura en un mundo conectado, y creo que ese “habitar las complejidad” evitando la tentación de la respuesta rápida es ya un comienzo, es decir, tolerar que toda conciencia como sujetos libres necesita saberse interpelada, que toda solución o propuesta que pretenda “no repetir” el problema requiere profundizar, habitar la angustia, imaginar futuro. Quizá empezaría por ahí, buscando resignificar y reivindicar el trabajo creativo como “trabajo”, como uno de los trabajos, además, más importantes para la sociedad actual y en ciernes. Observar que no somos únicos en esto y que los de al lado viven situaciones muy parecidas es también un primer paso para hilar vínculos entre iguales, la alianza, ese gran valor de “estar al lado” y no enfrente en la movilización por mundos más justos e igualitarios.

“Empezaría (…) buscando resignificar y reivindicar el trabajo creativo como ‘trabajo’, como uno de los trabajos, además, más importantes para la sociedad actual y en ciernes”

—¿Cómo crees que ese fenómeno cotidiano de la agenda neoliberal que es la conectividad en Internet podría reformularse para resolver el problema de la precariedad en el trabajo cultural?

—En la agenda neoliberal la economía prevalece sobre la política, el competir frente al crear lazos, y uno de los grandes problemas es que todo se convierte en producto conforme vamos perdiendo espacios públicos. Es fácil entrar en la inercia de una libertad impostada que nos lleva a acumular, estar y parecer que caracteriza la vida en las redes donde “el yo” es el centro de atenciones, y a menudo con su visibilidad nos damos por pagados, especialmente si nos dedicamos al trabajo creativo. Pero hoy la precariedad en la cultura tiene muchas lecturas que no se limitan al “cobrar poco”, sino que apuntan a formas de control escondidas como capital simbólico y que atraviesan nuestras rutinas cotidianas. Formas que se materializan, por ejemplo, en la saturación de nuestros tiempos, en la crisis en la capacidad de atención y en la caducidad extrema como rasgo de nuestra producción en un escenario excesivo y veloz. En este sentido, creo que la precariedad habla tanto de una característica forma de habitar hoy el mundo, como de uno de los grandes problemas de la cultura. Sobre la posible reformulación de este escenario de cara a resolver problemas, no creo que la responsable sea en sí el medio (Internet) sino el uso social que el poder hace de ella y la creación (o no) de condiciones para una mayor libertad e igualdad social.

—¿Qué hace falta para desmontar eso que has llamado “los sistemas de opresión simbólica”?

—La opresión simbólica acontece en la normalización del imaginario y las formas de poder, haciendo pasar por incuestionable algo que es “convenido” y por tanto facticio, por ejemplo la primacía de determinados estereotipos o la naturalización de formas de desigualdad y poder. Transformar esos imaginarios es culturalmente posible pero requiere una distancia crítica que nos permita, en primer lugar, tomar conciencia de su carácter artificial y de su posible transformación, pero también imaginación política y alianza para transformarlos colectivamente. En mi libro (H)adas sitúo algunas estrategias posibles para ese desmontaje “desde lo simbólico” inspiradas en el arte feminista y queer (por ejemplo: visibilizar lo abyecto, la parodia y la ironía, las nuevas figuraciones, el agotamiento simbólico la escenificación del duelo y “bajar al ángel del cielo y matar al ángel de la casa”…).

“La precariedad en la cultura tiene muchas lecturas que no se limitan al ‘cobrar poco’, sino que apuntan a formas de control escondidas como capital simbólico y que atraviesan nuestras rutinas cotidianas”

—¿Cuál es la responsabilidad de los productores y de los propios consumidores culturales en la situación de precariedad de la industria cultural?

—Tiene que ver con pensar que no tenemos elección y dejarnos llevar por la inercia, convertirnos en cosa y evitar “una existencia auténticamente asumida”. A esto contribuye definir la responsabilidad en términos de exigencia “individual” y no “social” aumentando la parálisis de las personas cuando se trata de romper esa tendencia, tanto como productores como consumidores. Por otra parte, el cambio en el estatuto de consumidor convertido también en productor de símbolos en la cultura-red, genera un panorama cargado de oportunidades aunque, de momento, no está sirviendo para enfrentar esta precariedad. Cabe preguntarse quién se beneficia y enriquece hoy de la precariedad de trabajadores cargados (y a veces pagados) con motivación y entusiasmo. Y tengo la impresión de que es ese contexto de indefinición donde los productores hoy confluyen con los consumidores que el capitalismo aprovecha para rentabilizarlo, como el patriarcado capitalista hizo con las mujeres que trabajan en casa considerándolas consumidoras cuando son también productoras de bienes y servicios (esos trabajos no llamados empleos). Esto que comento es intuitivo, pero apunta a similitudes que relacionan dos ámbitos de feminización y precariedad, pero también a un escenario que está transformándose y donde empezamos a ver mucho posicionamiento crítico.

—¿Cómo te prepararon los estudios de género y la teoría feminista para aprender a reconocer los problemas de la cultura contemporáneas?

—Son fundamentales en mi forma de percibir y escribir, incluso cuando explícitamente no aparezca la palabra “feminismo”, opera la pregunta por cómo contribuye lo que hago a desmontar ideas preconcebidas, a hacer reflexivas las cosas y a desestabilizar formas de desigualdad. De manera más concreta, los estudios de género y feministas han sido para mí cruciales a la hora de “mirar” y cuestionar las miradas, buscando visibilizar lo periférico, lo que sale del marco que ha enfocado la historia archivada, las zonas de sombra (allí donde han estado tradicionalmente mujeres y excluidos), los mecanismos que permiten diseñar verdades o las “lentes” que se nos presentan como algo “invisible”.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

La fotografía que abre esta nota es cortesía de la autora.

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