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16 Reinas del Abismo nos miran desde la inmensa periferia gótica

Reinas del abismo: Cuentos fantasmales de las maestras de lo inquietante es una colección de 16 relatos de terror escritos por mujeres anglófonas entre 1888 y 1944 que permite estudiar cómo evolucionó el género desde sus orígenes en la cultura victoriana hasta las vanguardias de mediados del siglo XX. El libro pretende una suerte de reivindicación de las autoras congregadas allí, pues aunque eran conocidas por escribir para revistas populares, su fama no sobrevivió la entrada del siglo XXI.

La antología establece un contraste con otra similar, también publicada por la editorial madrileña Impedimenta, en 2017: Damas Oscuras: Cuentos de fantasmas de escritoras victorianas eminentes. Allí se presenta una veintena narraciones breves de corte fantástico escritas por autoras literarias reconocidas en tiempos de la reina Victoria (1840-1901), entre las cuales aparecen las británicas Charlotte Brönte (1816-1855) y Vernon Lee (1856-1935) o la estadounidense Willa Carther (1873-1947). La sorpresa en Reinas del abismo es que aunque no se trata de autoras cuya perdurabilidad literaria haya sido la de Brönte, Lee o Carther, sí revela que la escritura comercial de estas mujeres —aunque hoy pueda leerse como relevante testimonio del género fantástico— fue una importante fuente de sustento a la cual muchas recurrieron, incluso cuando tenían otros trabajos como fue el caso de la pintora Leonora Carrington (1917-2011), cuyo cuento surrealista “El séptimo caballo” (1943) cierra la antología. Entre las Damas Oscuras y las Reinas del Abismo se construye una historia de la narrativa de lo insólito escrita en inglés por mujeres, desafiando al canon iniciado en 1764 por la novela “El castillo de Otranto” de Horace Walpole (1717-1797) y continuado por otros nombres (masculinos) del canon, como Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873), Edgar Allan Poe (1849-1909), Arthur Machen (1863-1947) y H.P. Lovecraft (1890-1937), cuya influencia todavía se siente en la literatura actual.

Si Damas Oscuras establece los orígenes del género, Reinas del abismo propone los caminos que tomó su evolución, por eso es frecuente que allí las autoras experimenten con elementos como la psicología, las ciencias naturales o el erotismo. “Una navidad en la niebla” (1915) de Frances Hodgson Burnett (1849-1924), en donde lo fantástico está contenido completamente en la atmósfera, es un buen ejemplo de manejo psicológico de la ficción. Otro ejemplo de experimentación con temas poco explorados es “La naturaleza de las pruebas” (1923) de May Sinclair (1863-1946), en donde un hombre descrito como “uno de aquellos moralistas puritanos al estilo decimonónico, que consideran que la consciencia es una función puramente fisiológica y que cuando el cuerpo muere, uno deja de existir” recibe visitas con claras intenciones sexuales de su primera esposa… muerta. Reinas del abismo revela que si bien hoy es más conocida como por su actuación en el movimiento sufragista, Sinclair fue una fecunda escritora del género. Y su caso es paradigmático.

 

El terror de las sufragistas.

El desarrollo en lo literario que describen estas antologías coincide con el contexto histórico en el que estos cuentos fueron escritos. Entre Damas Oscuras y Reinas del Abismo, más de una centuria de narrativa de lo extraordinario se contempla. Se trata de una época que coincide con aquella de la segunda ola del feminismo, el asociado con el movimiento sufragista, cuando las mujeres tenían dos grandes demandas civiles: escoger con quién querían casarse y votar por el gobierno que más les conviniera. Mientras muchos textos en Damas oscuras aluden como motivos secundarios a las trabas que el derecho de entonces imponía al ejercicio de la ciudadanía de las mujeres, los diversos estilos narrativos congregados en Reinas del abismo evolucionan hacia intereses cercanos a la reivindicación del derecho sobre el propio cuerpo, que en la agenda del feminismo de la segunda mitad del siglo XX se identifica como la tercera ola.

No es que las narradoras que escribían antes de 1949 —año en que Simone de Beauvoir publica El segundo sexo— tuvieran capacidades adivinatorias —aunque, tratándose de “cuentos fantasmales”, quizá así fuera— sino de que una vez reivindicados el derecho a la educación, que era la demanda de la primera ola y conforme fueron lográndose los derechos civiles de la segunda ola, las mujeres ya podían inferir que el siguiente paso —la tercera ola— para la igualdad con los hombres era la revisión del significado cultural y material de su cuerpo en la sociedad. Fue en aquel momento cuando el femenino dejó de ser un sexo para convertirse en un género; entonces, las relaciones entre hombres y mujeres comenzaron a entenderse también desde una perspectiva sociocultural, en lugar de una exclusivamente biológica. El avance hacia ese cambio aparece en algunos cuentos de Reinas del abismo, como hace a través de metáforas orgánicas Sophie Wenzel Ellis (1893-1984) en el argumento de “Dama Blanca” (1933), donde la novia de un joven botánico lo confronta con la elección entre la experimentación con la naturaleza o un camino alejado de la ciencia: el de la humanidad. He allí se desprende una crítica al positivismo y al evolucionismo de Charles Darwin los cuales justificaron en el pasado innumerables prejuicios contra las mujeres.

 

Las reinas del pulp.

Reinas del abismo subraya lo mucho que la evolución del género del terror le debe al trabajo de las escritoras. Originalmente publicada en inglés como Queens of the Abyss, la edición de esta antología estuvo a cargo de Mike Ashley (1948), autor y editor de unas sesenta publicaciones y un ratón de (nada menos que) la Biblioteca Británica, aficionado a mordisquear antiguas revistas populares de fantasía, terror y ciencia ficción.

Asheley no se ocupa de las obras de las autoras reconocidas, como Catherine Crowe (1803-1876), Charlotte Riddell (1832-1906) y Mary Louisa Molesworth (1839-1921); prefiere centrarse en las escritoras casi anónimas que llevaron los asuntos y las técnicas del relato sobrenatural hasta la mitad del siglo XX, combinando los estilos y las preocupaciones (estéticas y conceptuales) del fin de siglo con las vanguardias de las entreguerras. “He escogido deliberadamente historias menos conocidas, incluso de las autoras más populares”, escribe Ashley en la introducción al libro: “Todas ellas muestran cómo las escritoras continuaron experimentando y evolucionando el cuento de terror desde sus inicios góticos y el apogeo victoriano hasta el siglo XX”. La antología sigue la senda de las Damas Oscuras —hecha por los editores de Impedimenta—desde la vena más popular, porque todas publicaron en revistas pulp de su época, un detalle que reconfigura su narrativa, interesada en buscar el éxito comercial, por lo que se privilegia la sencillez en el relato y se rechaza el embellecimiento innecesario de la ficción. Una característica que destaca entre las Reinas del abismo frente a sus predecesoras es que la mayoría de ellas muestran una perspectiva femenina sobre la literatura, identificada en su interés por presentar narradoras, mostrar tragedias domésticas, señalar a mujeres protagonistas o reivindicar el papel del género en la sociedad. Tal es el caso de “Una Circe moderna” (1919) de Alicia Ramsey (1864-1933) en donde una narradora testigo resalta una interesante variación del arquetipo de la bruja. Otro ejemplo es “El tapete” (1949) de Greye La Spina (1880-1969), un relato vampírico en donde monstruo, víctima y facilitadora son mujeres o “El piso encantado” (1920) de Marie Belloc Lowndes (1868-1947), en donde la conexión sobrenatural de la protagonista con una pariente fallecida precipita el desenlace de una historia de amor.

Junto a Damas Oscuras y Reinas del Abismo, el libro Damas asesinas: Mujeres letales de la historia también integra la colección de literatura sobre lo macabro de Impedimenta. En esa publicación la periodista inglesa Tori Telfer cuenta la historia de 14 asesinas en serie de la vida real con el objeto de desafiar el mito de que los perores crímenes contra la humanidad han sido perpetrados por hombres. Entre los tres libros proponen una verdadera revolución en donde ya las mujeres se presentan como algo peor que víctimas: victimarias, de palabra y de obra. La investigación de Telfer reacciona a una afirmación hecha por miembros del FBI (Federal Bureau of Investigation) de Estados Unidos en 1998 sobre la inexistencia de asesinas múltiples con el motivo de proporcionarse gratificación psicológica. Y es que también en la perpetración de lo indigno la literatura necesita establecer la paridad. Las Damas Oscuras, las Reinas del Abismo y las Damas Asesinas son una demostración de que en sus fantasías y en sus acciones más macabras las mujeres pueden ser tanto o más sombrías que los hombres. Además, claro, de ofrecer con sus crímenes, reales o inventados, lecturas deliciosa.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora de la novela Malasangre (Anagrama, 2020), del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

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  1. Alicia Hernández Sánchez

    Leonora Carrington es una grande. Le he echado el ojo a estos libros de Impedimenta desde que salieron y me parecen fascinantes.

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