preparación para la próxima vida

En Preparación para la próxima vida, de Atticus Lish, dos protagonistas improbables se unen

La primera novela del norteamericano Atticus Lish (imposible ignorar la nota: hijo del famoso editor, también novelista, Gordon Lish, responsable de lo bueno y lo malo del Raymond Carver que conocemos), Preparación para la próxima vida, se vale de la polisemia de la expresión “próxima vida” para subrayar la oposición del destino de sus protagonistas. Por un lado, la expresión remite a la vida prometida después de la muerte. Pero esto no parece ser más que una promesa vacía. Un consuelo de tontos. La única promesa válida es la muerte irremediable y definitiva. Sin embargo, la expresión también puede entenderse como un cambio favorable en el tránsito vital. En ese otro sentido, muerte y resurrección tendrían una lectura simbólica y propicia cuando significan conquistar un nivel superior de conciencia de sí mismo. O, más pedestremente pero no menos importante, alcanzar unas circunstancias mínimas de dignidad y decencia en las condiciones de vida. Dejar atrás la miseria, la explotación, el abuso y el miedo, por ejemplo. Es lo que, pienso, sucede con Zou Lei, el personaje protagónico femenino.

En el primer caso se encuentra Skinner, un soldado de 23 años recién licenciado, herido, víctima de estrés de combate, tan estable como una pistola amartillada, para quien la “preparación para la otra vida” significa la destrucción definitiva, la culminación de lo que se gestó en Irak: el horror nacido de la injusticia y la sangre derramada. Y este horror de la guerra en el desierto tras el 11 de septiembre no está solo en los combatientes y civiles muertos, en los heridos y mutilados, en los veteranos que regresan con graves traumas psicológicos y físicos, y que no logran encontrar un lugar en la sociedad civil a la que fueron a defender, sino en el estado generalizado de enajenación y locura en el que se mueven los combatientes, en esa mezcla de terror, violencia ciega y estupidez que da forma a la personalidad fracturada de Skinner. “Vieron sangre y piel muy blanca a la luz del generador diésel. Domínguez se abrió paso diciendo no, no, no, tío, mientras bajaban el cuerpo de Lawson. Dadme la puta aguja, tengo sangre del grupo o. Fueron a sostener la cabeza de Lawson y, sin querer, metieron las manos en la cavidad del cráneo. Alguien retiró la suya apresuradamente y Skinner notó que una sustancia húmeda le salpicaba las botas”.

“Fueron a sostener la cabeza de Lawson y, sin querer, metieron las manos en la cavidad del cráneo. Alguien retiró la suya apresuradamente y Skinner notó que una sustancia húmeda le salpicaba las botas”

Zou Lei es una china de origen musulmán que ha conocido múltiples variedades de la discriminación, tanto en su propio país como en Estados Unidos, a donde llega como inmigrante ilegal. Pero nada más alejado de una víctima que ella. Desde la primera página sabemos que es distinta de las demás inmigrantes. Trabaja más que nadie, la explotan, la agreden, la encarcelan pero sale libre. Se ejercita, corre, levanta pesas: sobrevive. Va a Nueva York para perderse en la masa anónima de los inmigrantes: “No volverían a arrestarla nunca más. Iba a quedarse donde todos eran ilegales como ella, iba a perderse en la multitud y pasar desapercibida. Nada de vivir como una americana, le bastaba con estar libre y en la calle. Prefería aguantar los timos, la tuberculosis, el hacinamiento. Sabía cómo arreglárselas”.

“Iba a quedarse donde todos eran ilegales como ella, iba a perderse en la multitud y pasar desapercibida. Nada de vivir como una americana, le bastaba con estar libre y en la calle. Prefería aguantar los timos, la tuberculosis, el hacinamiento. Sabía cómo arreglárselas”

 Preparación para la otra vida es también el improbable relato de amor de Skinner y Zou Lei en los márgenes miserables de una sociedad opulenta. La Nueva York donde Lish coloca a sus personajes es una urbe monstruosa, digna de una pesadilla, sin límites definidos, subterránea, gris, de edificios porosos, de trabajadores ilegales mal pagados y hacinados. Y en ese escenario, estos personajes tratan de construir un espacio de amor y ternura (hay que decirlo: es una ternura que no permite la más pequeña rendija de sentimentalismo).

En las páginas finales, una vez cumplida la purificación necesaria, encontramos a la joven china en un gimnasio, en otra ciudad, la mirada puesta en un halcón: “el ave alzaría el vuelo y la guiaría por desfiladeros hasta el desierto abierto, hacia el tenue, aunque creciente, rumor de voces… Colocó los hombros debajo de la barra, rezó una oración por él y se preparó para erguirse”. Tal vez me lo esté imaginando, quizás quiera creer en un final esperanzador para una novela tan dura, pero me parece una breve afirmación del espíritu humano que, parafraseando las palabras de William Faulkner, no puede ser derrotado.

 

Rubi Guerra es narrador, editor, periodista y promotor cultural. Es fundador de la sala de arte y ensayo Ocho y Medio y asesor de la Casa Ramos Sucre en Cumaná, Venezuela. Ha publicado casi una decena de libros, entre los que se encuentra La tarea del testigo (Premio Rufino Blanco Fombona, 2007), Las formas del amor y otros cuentos (Premio Salvador Garmendia, 2010), El discreto enemigo, que editó en 2016 Madera Fina.

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