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Cuarenta años de Terredad: Genio, figura y vigencia de la poesía de Eugenio Montejo

El poemario Terredad llega a sus cuatro décadas de vida el mismo año cuando se conmemoran los ochenta del nacimiento y los diez de la muerte de Eugenio Montejo. ¿Qué dirían los seguidores de la numerología de una coincidencia, de un trío de coincidencias, tan extraordinaria?

 Terredad es a un tiempo el credo literario y la poética, la forma y el fondo, de la obra del hombre que en la vida fuera de la literatura se llamó Eugenio Hernández. Desde su publicación el año 1978 en la mítica Colección Altazor de la editorial estatal venezolana Monte Ávila Editores, la atmósfera especial que emanaba este libro —en donde se encuentran poemas clásicos de la obra de Montejo como “Los Gallos”, “Soy esta vida”, “Los árboles de mi edad” y el que da título al conjunto— fue descrita como un “encuentro consigo mismo, en el ámbito de su condición existencial (…) asumida con religiosidad laica”. Así reza, con sorpresivo tino, la contraportada del magro volumen de 72 páginas. Llamo “sorpresivo” al tino porque no podía saberse entonces cuando apenas tenía cuatro libros publicados que Montejo se convertiría en un poeta fundacional de la tradición lírica contemporánea de Venezuela y del continente americano completo. Ni tampoco podía saberse que esa palabra “terredad” que había inventado se convertiría en el sustantivo de su manera de hacer poemas y su enorme legado para la literatura.

Los significados de “terredad” son múltiples y cada uno añade una capa de profundidad a la obra poliédrica del autor nacido en Valencia (Venezuela) el año 1938. “Estar aquí por años en la tierra/ con las nubes que lleguen, con los pájaros,/ suspensos de horas frágiles”, escribe Montejo en el poema: “Estar aquí en la tierra: no más lejos/ que un árbol, no más inexplicables,/ livianos en otoño, henchidos en verano”. De esa manera nombraba la condición tan extraña de las personas de saber que su existir sobre la tierra transcurre entre dos nadas: la que precede al nacimiento y la que sigue a la muerte. El epígrafe del poeta franco-uruguayo Jules Supervielle (1884-1960) que abre el libro –“c’etait le temps inoubliable où nous étions sur la terre; “era el tiempo inolvidable cuando estuvimos sobre la tierra”— nos ofrece una clave para leer no solo el libro, sino toda la obra de Montejo: se trata de habitar radicalmente el momento, en todas sus dimensiones: la cósmica y la material. Ser al mismo momento un individuo de espíritu y estar en la realidad.

 

Terredad: genio y figura.

No le gusta la palabra “terredad” al editor de Pre-Textos, el sello que se encarga de la difusión de la obra de Montejo en España y en buena parte de América Latina. Así lo confiesa Manuel Borrás en la introducción a Para Eugenio Montejo, un  homenaje editado por Gustavo Guerrero, consejero para la lengua española de la editorial Gallimard, y publicado en 2012 por la citada Pre-Textos. En el artículo titulado como un verso de Montejo dedicado a otro grande de las letras venezolanas, Guillermo Sucre (1933), “No me pidas más forma que la vida”, Borrás comprende que “terredad” es una definición próxima a la experiencia de estar vivo: “La terredad que otros usarían como definición regional supone justo lo contrario, viene a ser el rasgo de universalidad que une al poeta americano con el resto, la condición de todo ser viviente”. Sobre esta reflexión pueden construirse el resto las lecturas de la terredad.

La poeta y crítica literaria española Esperanza López Parada —quien acaso sea, junto con el académico y narrador luso-venezolano Miguel Gomes, la lectora más certera de la obra del también autor de El taller blanco (1983)— reconoce allí el principio que mueve a la poesía de Montejo. Los dos rasgos esenciales de la poesía del venezolano son también definitorios de su terredad. Por un lado está su defensa del significado de cada sustantivo, según el cual la palabra regresa a su vertiente material, más cotidiana y le obliga a denominar al mundo “por sus apelativos reconocibles y habituales”. Por el otro, su vinculación con “la tradición romántica de lo cósmico, incluso dentro del telurismo típicamente venezolano en el que resuenan los nombres de [Vicente] Gerbasi, [Juan] Liscano y [Ramón] Palomares”. Entonces, no se trata solo de extender el tiempo en la tierra y “amañar las triquiñuelas del olvido”, como dijo el poeta y curador Luis Pérez Oramas durante el Homenaje a Montejo organizado en Casa de América meses después de su muerte [Por cierto: un nuevo homenaje en Casa de América marca la década del mismo acontecimiento]. Se trata también de nombrar las cosas como son y con ello apelar a lo trascendente.

En la unión de los adjetivos “romántica” y “cósmica”, López Parada se refiere a la capacidad de los versos del poeta de cantar al esapcio exterior, invisible, pero tan material como el de la tierra por ser el numen del presente. Porque él no habla de la tierra con rasgos exóticos y, menos, en términos absolutos, sino de “nuestra habitación en la historia, lugar con el que nos fundimos”. De esa manera, la terredad aparece como una forma rabiosa de existir en el presente que atraviesa la experiencia humana verticalmente desde el cosmos hasta las entrañas de la tierra. Así, Montejo se muestra como un poeta del realismo, no porque describa las condiciones sociales de nuestra existencia en la tierra, sino porque el mundo protagoniza su obra, sin necesidad de apelar a metáforas arcanas. Con esa contundente manera de estar, sus poemas enuncian lo que López Parada llama “la ineficacia del pensamiento frente a la capacidad elocuente del mundo”.

“Estar aquí en la tierra: no más lejos

que un árbol, no más inexplicables,

livianos en otoño, henchidos en verano”

Por eso, hasta los espíritus están hechos de materia en la poesía de Montejo. Borran los límites entre el mundo de los vivos y el de los muertos pues están en la carne viva: en la sangre y la herencia biológica, en la genealogía: son el pasado y el futuro que se articulan desde el presente. Porque si la terredad es un lugar vivo entre dos nadas, esas nadas solo existen en función del ahora enunciativo. También es el territorio de la poesía. Por eso el espíritu de Montejo está más vivo hoy, a pesar de su fallecimiento, que nunca. Existe en la terredad. Su voz está allí material pero invisible en un coro de bardos y antepasados que recuerdan que la fortuna de la poesía es la misma que su tragedia: recordarnos que existimos.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

Los retratos de Eugenio Montejo que aparecen en este artículo fueron cedidos por Vasco Szinetar. También ilustran los artes del Homenaje organizado por Casa de América en colaboración con esta revista para celebrar la poesía del venezolano.

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