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Joke J. Hermsen: “Los humanos somos seres melancólicos porque tenemos conciencia del paso del tiempo”

Joke J. Hermsen comenzó a escribir el ensayo hoy titulado La melancolía en tiempos de incertidumbre cuando supo que los psiquiatras recetaban alrededor de un millón de antidepresivos al año en Holanda, el país de unos 6,3 millones de habitantes donde nació hace 58 años. Como es doctora en filosofía y especialista en la obra de Hannah Arendt no perdió de vista la frecuencia con que se cita a la intelectual alemana en la prensa norteamericana y europea para comprender las causas que ayudaron a la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Este ensayo es el único de los cuatro que ha escrito desde 2009 que se encuentra en castellano. El responsable de la traducción es Gonzalo Fernández Gómez y lo ha publicado la Editorial Siruela.

“Tenemos que observar la melancolía desde un contexto cultural y social más amplio [del que tenemos ahora]”, escribe Hermsen en la primera parte del libro, en donde señala que hay que aplicar “también un efoque filosófico al análisis de la melancolía clásica y la depresión moderna”. Ese es justamente el objetivo de La melancolía en tiempos de incertidumbre: analizar las causas de la depresión —a la que identificac como una forma patológica y “moderna” de la melancolía—y señalar sus posibles consecuencias políticas y culturales. “Hay algo que se ha ido perdiendo de forma progresiva, cierto sentido de la cohesión social, un objetivo o un rumbo, y esa sensación de pérdida se ha arraigado en nostros con tanta firmeza que nos hemos empezado a identificar con ella. Y no solo hemos perdido algo, sino que, de alguna manera, también parecemos distanciarnos de nosotros mismos”, escribe. En poco más de 150 páginas traza el recorrido histórico de la definición de melancolía en Occidente, así como la relación de esta con la infancia, el arte, la catarsis, la ansiedad y la natalidad. A manera de conclusión, en el último capítulo vincula melancolía y esperanza, porque si la melancolía es la sensación típicamente humana de que siempre falta algo, la esperanza que suscita permite mejorar la relación personal con el mundo.

—¿Qué perdió el siglo XXI cuando sustituyó a la palabra “melancolía” por “depresión”?

—Mucho. Aristóteles distinguía entre dos clases de melancolía, a una le atribuye, entre otras cosas, la genialidad, y la llama melan chole, que significa “bilis negra”, y supone la capacidad de inspirar a las personas. El otro tipo de melancolía se queda en el letargo, no ayuda a la creatividad ni llega a nada. Cuando Occidente transformó la “melancolía” en “depresión”, perdimos ese aspecto positivo, el de la creatividad individual y el apego a la comunidad. Cuando la melancolía se encuentra en su estado saludable, la persona se preocupa por los demás, los ama y se ocupa de ellos. Fue [Sigmund] Freud quien promovió el cambio entre melancolía y depresión. Ahora nos referimos a la depresión solo cuando la melancolía es un estado patológico y no tenemos un nombre para el buen tipo de melancolía. Esta idea traté de combinarla en el libro con un retrato de la sociedad capitalista como una en donde no hay espacio para la tristeza, el luto, el fracaso, la frustración y la pérdida. Se nos obliga a ser felices: siempre parecemos exitosos, como si estuviéramos disfrutando de la vida, pero la realidad es que muchas veces tenemos pérdidas y desengaños. Esta obligatoriedad a ser felices oculta todo un aspecto de nuestra humanidad que no se observa ni se aprecia. Pensando en esto escribí el libro en donde comencé a preguntarme: Eso que oculta la felicidad, ¿dónde va a emerger?, ¿cómo nos hará comportarnos?, ¿va a quitarnos el sueño? ¿o, quizá, nuestra ansia de vida?

—En La melancolía en tiempos de incertidumbre señalas que los seres humanos deberíamos aceptar a la melancolía como una emoción positiva.

—Lo es. Es una emoción ambivalente y, después de muchos años de estudiar filosofía y haber escrito tantos libros al respecto, yo pienso que los humanos somos profundamente ambivalentes; por eso la melancolía nos pertenece. De hecho, todo lo que puede ser descrito en términos duales conserva algo de verdad para nosotros. No se trata de tomar en cuenta a la tristeza o a la alegría, por separado, sino de tomarlas a ambas juntas; la risa junto a la lágrima.

—¿Cómo puede trasladarse esa visión de la melancolía a la política?

—Si nos olvidamos de la ambivalencia de los humanos y tratamos de resolver los problemas planteados por la vida en términos binarios, —de blanco o negro, alegría o depresión—, no vamos nunca a solucionar nada. Ya en tempos de Aristóteles se hablaba de la “ataraxia”, como un estado de calma donde se reducía la intensidad de las pasiones y de los deseos, una manera de estar libre de toda agitación. Ese estado es fundamental para la melancolía sana. En la sociedad capitalista que habitamos vivimos agitados, sin tiempo para descansar, porque siempre estás produciendo o consumiendo. Por todas partes nos rodea la agitación y quizá, esa sea la razón por la que hay tantos casos de depresión en estos tiempos. El asunto es que no podemos separarnos de la melancolía. De hecho, los humanos somos seres melancólicos porque tenemos conciencia del paso del tiempo: sabemos que vamos a morir, hemos tenido pérdidas en el pasado y podemos pensar en esto constantemente.

—Justamente sobre el tema del paso del tiempo has escrito en el pasado otro ensayo: Time on our side: A manifesto for a slow future [El tiempo de nuestro lado: un manifiesto por un lento futuro]. ¿Cuál es la relación entre la melancolía y el paso del tiempo?

—Ese fue mi primer libro, publicado en 2009. Es un análisis filosófico del tiempo y por qué parece que ahora se ha convertido en nuestro enemigo. Habla de por qué sentimos tanta agitación. Para poder mantener la melancolía en su faceta buena, debemos apelar a la ataraxia e inspirarnos por los escenarios esperanzadores, amar a la gente que nos rodea y disfrutar de las artes plásticas, literarias o musicales. No tomarlas como un hobby, sino como herramientas para nuestra sanidad mental. La gente tiende a olvidarse, pero el mismo [Friedrich] Nietzsche se refería a nosotros como homo-melacholicus. Ernst Bloch nos ofrece la definición más corta de tiempo cuando dice que “el tiempo es esperanza”. Pienso hoy, como hace una década, cuando escribí aquel libro, que debemos aceptar esa brevísima definición. Como no podemos decir a ciencia cierta qué es el tiempo, porque las diversas disciplinas que lo estudian no se ponen de acuerdo sobre una definición, lo que podemos hacer es tomar un aspecto del tiempo y combatir la actitud capitalista de que “tiempo es dinero” con una que nos permita albergar esperanzas sobre el futuro. Lo que pasará mañana no lo sabemos. No podemos hacer nada con respecto a lo que nos depara el futuro, pero sí podemos ponernos a pensar en eso y buscar soluciones, porque el futuro es algo que aún no se ha compuesto y puede mejorar nuestra situación actual.

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

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