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Medio siglo de Cien años de soledad: la novela en minitextos

¿Quién determina que cincuenta años representan un hito relevante ante la impronta que significa la publicación de una de las obras literarias de mayor envergadura en el mundo cultural hispanoamericano? Podríamos creer que ese tiempo es poco para lo que ha generado la obra señera del autor colombiano Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, cuya historia gira alrededor de la fundación y asentamiento de una aldea llamada Macondo y la vida de sus fundadores, una estirpe que durante cien años transitó un camino edénico y misterioso.

Macondo representa el destino geográfico más popular del mundo de la ficción de los hispanohablantes. José Arcadio Buendía, tras su inagotable búsqueda de experiencias reveladoras, dejó en ese pueblo la estela de un grupo de habitantes que conocieron los extraños acontecimientos que se dieron a lo largo de cien años. Esta búsqueda podemos mirarla desde este breve texto, que bien podríamos titular “Macondo”:

José Arcadio Buendía soñó esa noche que en aquel lugar se levantaba una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo. Preguntó qué ciudad era aquella, y le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía significado alguno, pero que tuvo en el sueño una resonancia sobrenatural: Macondo. Al día siguiente convenció a sus hombres de que nunca encontrarían el mar. Les ordenó derribar los árboles para hacer un claro junto al río, en el lugar más fresco de la orilla, y allí fundaron la aldea.

En este recorrido cronológico, él, José Arcadio, junto a su mujer y prima Úrsula Iguarán, acometen la tarea de fundar una familia en la que, sin proponérselo, diversos hechos tejen una trama entrelazada con varias historias que terminan en una misma amalgama narrativa. Así, y siguiendo la línea del minitexto anterior, tenemos a un posible “Macondo II”:

José Arcadio Buendía, que era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo, y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue la aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus 300 habitantes. Era de verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto.

En este amalgamiento me detengo: ¿acaso no es Cien años de soledad una novela que puede fragmentarse en pequeñas historias? O mejor aún, ¿en breves fragmentos narrativos con criterio y sentido de unidad? Estos textos que he tomado se configuran con unicidad propia, pero forman parte de la globalidad de la historia; este escenario ilustra el fundamento teórico de Violeta Rojo, cuando plantea que la minificción (ese género brevísimo que tanto seduce en estos últimos tiempos) “puede ser una totalidad escrita con un fin en sí misma”, como es el caso de muchos textos minificcionales que surgen como un todo; es decir, un escrito completo con la exigencia de una minificción. Pero también Rojo sostiene que el texto brevísimo puede ser un fragmento narrativo, cuya ampliación dependerá de los marcos de referencia intertextual del lector. Es en este caso la cuestión que nos ocupa, dado que son esos breves textos, esas pequeñas historias de los Buendía y otros personajes, las que he extraído para dar cuenta de otra mucho más grande: la de una aldea y su estirpe durante cien años de tradición familiar.

Infografía del árbol genealógico de la familia Buendía hecha por Martín Cristal, escritor y diseñador gráfico argentino.

Cien años de soledad convive con personajes que se encuentran inmersos en la obra, y van dejando en ella las huellas que darán espacio a otros personajes que se convierten en protagonistas de su propio relato dentro del gran relato. Así tenemos esa fragmentariedad que podemos extraer y encontrar en ella pequeñas historias que nutren la gran historia. La escritura de ficciones brevísimas (llamadas también minificciones, microrrelatos) puede surgir a partir de otros textos de carácter más universal. Sin embargo, me interesa particularmente no lo que se haya escrito a partir de la novela, sino lo que puedo encontrar en ella desde lo fragmentario como una unidad con sentido.

García Márquez, tras terminar Cien años de soledad, no supuso el éxito que lo alcanzaría años después; especialmente la conquista del Premio Nobel de Literatura. Pero lejos de hurgar en los parajes que han hecho referencia una buena parte de críticos, prefiero adentrarme en lo que más disfruto: los espacios de la brevedad. En una novela como esta, cualquier lector apostaría por estudiarla como una sola estructura narrativa; sin embargo, si indagamos, encontramos algunas breves historias, cuya lectura podemos hacer sin detenernos en los aspectos que ya han mencionado varios de nuestros grandes autores: Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Julio Ortega, Álvaro Mutis, solo por mencionar algunos. Así tenemos el siguiente texto que responde a uno de los episodios más álgidos y con mayor carga de realismo mágico presente en esta celebrada novela:

Tan pronto como José Arcadio cerró la puerta del dormitorio, el estampido de un pistoletazo retumbó en la casa. Un hilo de sangre salió por debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió en un curso directo por los andenes disparejos, descendió escalinatas abajo, subió pretiles, pasó de largo por la Calle de los Turcos, dobló una esquina a la derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de visitas pegado a las paredes para no marchar los tapices, siguió por la sala, eludió en una curva amplia la mesa del comedor, avanzó por el corredor de las begonias y pasó sin ser visto por debajo de la silla de Amaranta que daba una lección de aritmética a Aureliano José, y se metió por el granero y apareció en la cocina donde Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para el pan.

-¡Ave María Purísima! -gritó Úrsula.

Las metáforas utilizadas como representaciones del amor también se ven reflejadas en algunos textos brevísimos de la novela:

Había perdido en la espera la fuerza de los muslos, la dureza de los senos, el hábito de la ternura, pero conservaba intacta la locura del corazón.

Si hemos leído la novela, muchos de los minitextos cobran la fuerza narrativa que los hace parte de una obra completa; sin embargo, en el caso contrario, encontraremos en estos fragmentos, aparentemente dispersos, una serie de relatos brevísimos que lejos de distanciarnos, nos acerca a la globalidad de la historia partiendo de la sutileza de lo fragmentario sin que por ello la historia pierda su fuerza narrativa. Razones entonces para pensar que García Márquez, desde Cien años de soledad, también sucumbió a la hecatombe cognoscitiva que implica la minificción. Soltemos por un momento la extensión predominante de la novela, y enhorabuena, celebremos estos cincuenta años con la humildad de la brevísima ficción.

 

Geraudí González (@PrincesaGera) es crítica literaria, académica, autora e investigadora de la “microficción” y actriz.

 

La foto principal de este artículo es de Graham Brown y la infografía con el árbol genealógico de la familia Buendía que las acompaña la realizó Martín Cristal, escritor y diseñador gráfico argentino desde sus apuntes durante su lectura de la clásica novela de Gabriel García Márquez, en la edición del año 2007 de la Real Academia de la Lengua Española. Puedes ver la infografía y la información de cómo se llevó a cabo en el blog de su autor: https://elpezvolador.wordpress.com/2017/05/30/cien-anos-de-soledad-50o-aniversario/

 

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0 shares
  1. 5 junio, 2017

    Wow, pero como pasa el tiempo

  2. 8 junio, 2017

    Excelente trabajo donde se examina “Cien años de soledad” desde otra perspectiva, tan válida como inusual. Es como advertir, al pasar de los años, en la escritura-río de García Márquez, hermosos meandros.

    1. 27 julio, 2017

      Gracias por tu lectura, María!

  3. Aarón Hari
    11 junio, 2017

    Creo que todos tenemos algo, o bastante, de esa novela, es decir, al leerla podemos identificarnos con algunos de sus habitantes. De una u otra forma todos vivimos en Macondo. La soledad de cada personaje, el autoexilio tan íntimo de ellos es algo que siempre recuerdo. Exquisito y necesario es volver a Cien años de soledad. Por cierto, eso de analizarla desde la minificción está genial (otra razón para estimarla). Hermoso trabajo Geraudí.

    1. 27 julio, 2017

      Gracias por tu lectura, Aarón! Un comentario muy pertinente.

  4. Inés
    31 julio, 2017

    Excelente artículo que va al granos, o a los diversos pequeños granos…

    1. 13 agosto, 2017

      Gracias, Inés! Nos seguimos viendo en este espacio.

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