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El mundo trágico y entrañable de Maryse Condé contado en Corazón que ríe, corazón que llora

En Corazón que ríe, corazón que llora, Maryse Condé presenta una hermosa colección de diecisiete textos que reproducen memorias de su niñez. Todos dejan impresiones fuertes en el ánimo del lector, debido a la manera como terminan: algunas veces como consecuencia de un giro dramático, la mayoría por la precisión de una frase. Tal contundencia recuerda el final de un cuento. Se trata de una resolución a lo Julio Cortázar, por knock out. Y quizá esta es la intención original de la autora, pues el título del libro en francés viene acompañado por el subtítulo Contes vrais de mon enfance, o “cuentos breves de mi infancia”. Y, en un ejercicio lúdico, la publicación invita a dudar de la veracidad de los relatos con un epígrafe de Marcel Proust: “Lo que la inteligencia nos devuelve con el nombre de pasado no es el pasado”. Falsos o reales los hechos relatados allí, no pueden negarse la veracidad de las experiencias sugeridas.

El mismo ejercicio de todo dentro de lo mínimo propuesto por la estructura narrativa se extiende al contenido de los escritos. Lo más contundente del libro traducido por Martha Asunción Alonso y editado por Impedimenta no son sus finales, sino el dolor que acompañó la entrada de la autora nacida en 1937 a la adultez. El proceso coincidió con la pérdida del hermano favorito, la senectud del padre y el descubrimiento de una enfermedad letal en la madre. Así, el mundo familiar de los cuentos vrais se convierte en ansiedad cuando comienzan a manifestarse las dotes literarias en la niña y en una irrenunciable consciencia social, cuando la adolescente inicia su andadura de intelectual.

“No hay que decir la verdad. Nunca. Nunca. No a los seres queridos. Hay que tratarlos siempre con los colores más luminosos. Sacarlos favorecidos. Hacerles creer lo que no son.”

“A ojos de mi profesora comunista, a ojos de toda la clase, las auténticas Antillas eran aquellas que yo, pecado imperdonable, desconocía”, escribe la autora nacida en Pointe-à-Pitre, la capital de la isla antillana de Guadalupe, sobre el germen de su compromiso político: “Primero me dio por pensar, indignada, que la identidad es como un vestido que tienes que ponerte, lo quieras o no lo quieras, te quede bien o no. Después, sucumbí ante la presión y probé a ver si el hábito hacía al monje”. En esta cita, la autora denuncia, por un lado, la arrogancia de los franceses de pensar que pueden comprender la experiencia poscolonial mejor que quienes la padecen —como hispanoamericana, yo debo añadir que esta arrogancia no es exclusiva de los franceses, sino de los europeos en general—. Por el otro lado, las palabras de Condé señalan cómo las definiciones disponibles sobre las identidades de ciertos grupos establecen relaciones incómodas con los individuos.

He allí la idea latente debajo de la tristona ingenuidad de la prosa de Corazón que ríe, corazón que llora. La misma educación que la había hecho una mujer más privilegiada que sus compatriotas la había convertido también en una persona sosa, una “mala copia” de los franceses. En este sentido, las opiniones que expresa sobre sus padres, dos ejemplos de la clase de “alienados”—según la interpretación marxista del término— de las Antillas francesas, son categóricas: “Ninguno albergaba el menor sentimiento de inferioridad a causa de su color. Se consideraban los más brillantes, los más inteligentes, la prueba viviente y multiplicada por cien de los progresos de la Raza de los Supernegros”.

“En el corazón de los niños, la amistad late con la violencia del amor”

Su condición de afrodescendiente criada en el Caribe marca todo el libro, en las imágenes de sus metáforas tanto como en los contenidos de sus ideas. Pero no hay en ella costumbrismo ni intensión de mostrar lo exótico. La inclinación a la escritura y su convicción de la necesidad de hacer visibles las desigualdades son las grandes fuerzas en Corazón que ríe, corazón que llora. Y son las mismas que han moldeado su existencia. El año pasado, Condé fue galardonada con el Premio Nobel Alternativo; si el jurado del Premio Nobel de Literatura quisiera comenzar bien la andadura de la nueva etapa que se ha propuesto emprender, debería comenzar por apoyar esta decisión. La autora de Guadalupe tiene un lugar más que merecido en el Olimpo donde se sientan Herta Müller, Alice Munro y Sverlana Aleksiévich.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

El retrato que acompaña a esta reseña fue tomado por Claire Garate.

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