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Marta Sanz: “Fomentamos el ensoberbecimiento del receptor”

La poesía fue el canal que Marta Sanz usó desde la niñez para involucrase con la literatura. Era una pequeña a quien le fascinaban los sonidos de las palabras. Escribía versos, los recitaba y después se iba a jugar. La misma vocación lúdica la mantuvo en la temprana juventud, cuando terminó algunos poemarios que “afortunadamente se perdieron” –dice ella–. Su tesis de grado para la licenciatura en Filología Hispánica fue sobre la poesía española de la transición.

Pero luego comenzó a tomarse en serio y llegó el momento de las narraciones. “Los demás comenzaron a tomarme en serio”, aclara. La primera novela que publicó en 1995 fue Lenguas muertas, donde dos mujeres se enfrentan por el recuerdo de un hombre mientras buscan su propia forma de lidiar con el pasado. Desde entonces hasta 2010 no había vuelto a la poesía. Sin embargo, cuando publicó Black, Black, Black en Anagrama quedó tan cansada del “ejercicio de impostura de fue esa novela negra tan retorcida” que quiso “liberar la mano” al escribir dos poemarios seguidos: Perra mentirosa y Hard core. Su lírica nace del cansancio y de la emoción, pero su prosa de la indignación. Un ejemplo de esto es su obra más reciente, Farándula, la que ganó el Premio Herralde. Esta nació de sus incertidumbres como escritora y nuevo público cultural ante el tránsito de lo analógico a lo digital, en especial con la relación entre los receptores culturales y los textos artísticos. “Como todas las mías, esta novela surgió de los temas que me preocupan; este es el sentido autobiográfico que percibo en los textos, no cuentan la peripecia exacta personal de los autores, pero sí un estado de ánimo, una inquietud ideológica o una frustración”, explica la autora nacida en el año 1967. Las primeras reflexiones sobre este tema están en un ensayo anterior, No tan incendiario.

– ¿Qué diferencia nota entre trabajar el ensayo y narrativa?

– El ensayo es bastante más subjetivo que la novela porque los escritores presentamos nuestro punto de vista. Ese es su valor. Al entregar tu subjetividad estableces una conversación con los lectores, que puede ser una confrontación, una discusión o un diálogo. La novela está llena de velos y filtros interpuestos que te hacen tomar distancia respecto a lo narrado. Allí hay más espacio al lector para formular preguntas e interpretar. Quería transitar de la opinión directa a la entrega de mis miedos desde las máscaras de la ficción para ver de qué manera llegaban al otro.

– ¿De qué manera esta metáfora teatral también describe al mundo literario?

– En Farándula quise hablar de cultura, de literatura y de mis miedos. Me dedico a la literatura y no al teatro. Pero necesitaba tomar distancia y decidí hablar del teatro. La elección es pertinente porque en los espectáculos teatrales todavía se mantienen los vínculos que unen al espectador con el texto que está siendo representado: hay proximidad y especificidad, además del materialismo cárnico, directo y poderoso que me interesaba subrayar frente a los vínculos débiles que establece lo digital. Pero no hay que olvidar que esta novela también habla de la precariedad en que vivimos. En los picos más agudos de las crisis, las pequeñas compañías teatrales españolas fueron las únicas capaces de imaginar modelos de negocio alternativos para poner en marcha obras críticas, arriesgadas e intrépidas. Son ejemplares. Otra razón para el uso de la metáfora del teatro es que los actores tienen un valor icónico y son más reconocibles que los escritores. Nosotros nos hemos ganado a pulso el descrédito y la invisibilidad a base de no manifestarnos en las causas civiles y de creernos que la literatura no vale más que para entretener.

“[Los intelectuales] hemos asumido una posición bufonesca, legítima pero insuficiente. Mientras la sociedad de mercado entra a saco, como un rodillo sobre el mundo”

– Pero también hay intelectuales bastante soberbios. De esto habla el ensayo La desfachatez intelectual de Ignacio Sánchez Cuenca.

– No creo. Hemos asumido una posición bufonesca, legítima pero insuficiente. Mientras la sociedad de mercado entra a saco, como un rodillo sobre el mundo, nosotros fomentamos el ensoberbecimiento del receptor, la falta de modestia del lector y del espectador porque los convertimos en clientes. Ellos pagan y, por eso, mandan. Tienen siempre la razón. En ese ámbito perverso que le convierte en cliente, el lector se degrada y no se establece la conversación entre emisor y receptor propia de la literatura como proceso de comunicación. Los escritores y las escritoras asumimos una posición de falsa modestia: no sacamos a nadie de su zona de confort porque sabemos que eso no es comercial. Hoy los discursos se colocan en la misma línea horizontal y todo vale; yo estoy esperando a que el intelectual se manifieste.

– Bueno, ¿y cómo solucionamos la falta de beligerancia de los escritores?

– Los escritores tenemos una gran capacidad de diagnóstico, pero no somos políticamente imaginativos. Tampoco tengo claro que debamos serlo. La búsqueda de soluciones tiene que ser el objetivo principal de quienes se dedican a la política.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

La foto de Marta Sanz la tomó María Teresa Slanzi.

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