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Marta Sanz escribe en Farándula una crítica a la cultura contemporánea

Fueron los romanos quienes llamaron espectáculo al teatro. Para los griegos, menos preocupados por su carácter público que por su función cívica, el teatro había sido una liturgia de personajes y público que servía para purgar las frustraciones en ese acto que conocemos como catarsis. Siglos más tarde, el fenómeno masivo del cine separó a los actores del público y la aparición de la pantalla de proyección no sólo quebró la relación catártica in situ, sino que creó una palabra genérica para quienes hicieron una profesión de hacerse pasar por otros, “farándula”. En la Occitania medieval, farandoulo era el nombre que se daba a las compañías ambulantes de teatro que interpretaban comedias. Con el tiempo, esa palabra terminó por convertirse en sinónimo de todo lo que tiene tufillo a espectáculo. Luego vino la revolución digital y la “farándula” entró a nuestra intimidad desde la pantalla de la televisión y la superficie de los teléfonos. Por eso, hoy la palabra “farándula” suena a espectáculo sin vocación cívica y no puede separarse de quienes se dedican a la “representación”, por eso esta palabra es también el título de la novela más reciente de Marta Sanz.

La espina dorsal sobre la cual se articulan los densos motivos que expone Farándula es la idea de que está desvalorizada la imagen pública del actor, que funciona aquí como metonimia del artista en general y, en especial, del escritor. Uno de sus argumentos muestra las circunstancias en las cuales una actriz de carrera estable como Valeria Falcón se ve obligada a cuidar de una vieja gloria de las tablas españolas, “la espesa” Ana Urrutia. Otro refiere el enamoramiento otoñal del antiguo galán Lorenzo Lucas de la joven estrella emergente de reality shows, Natalia de Miguel. Y, un tercero pone bajo la luz cenital la vida del exitoso Daniel Valls, quien vive en Francia rodeado de glamour, por lo cual nadie cree que tenga compromiso político genuino con nada que no sea el dinero. Pero estas acciones y otras que atraviesan a la obra ganadora del Premio Herralde se articulan alrededor de la convicción de que la fama es inconveniente para la utilidad social de los artistas y de que asistimos a un momento de crisis en donde la llamada Era de la Información ha hecho algo más que cambiar el soporte para la difusión de datos; ha cambiado la fibra misma de la comprensión que sobre su entorno tiene la gente.

“Cuando Mariana hablaba de la gente, hablaba de cuatro gatos porque no había tenido en consideración a los liquidadores de las empresas ni a los policías que abusan de su poder ni a los que niegan un fármaco a un enfermo del hígado. Viva la gente. La gente a la que le hablamos. La misma gente que siempre oye las mismas cosas. Gente”, especula Lorenzo Lucas en un monólogo (sostenido en silencio) de cinco páginas en los cuales Sanz se pregunta, entre la violencia y la ironía, de qué hablamos cuando hablamos de ese colectivo de definición tan manida como el ideológico concepto de “pueblo”. Colocado apenas a una decena de páginas antes de terminar la novela, el intento por definir qué significa “gente” encubre los cuestionamientos sobre la mutación del público en audiencia. ¿Le importa a la gente, de verdad, el arte? ¿Para qué sirven el teatro, el cine, la plástica y la literatura en el nuevo modelo cultural que se impone a partir de la socialización electrónica? ¿Están los artistas de más en el mundo?

MichelleRoche Rodríguez

@michiroche

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