María Alcantarilla (foto)

María Alcantarilla y la búsqueda de la identidad en La edad de la ignorancia

El Premio de Poesía Hermanos Argensola 2017 ha reconocido como ganadora la obra de María Alcantarilla, La edad de la ignorancia, un poemario complejo en el que la autora retrocede hasta la infancia para cuestionarse sobre su propia identidad. Licenciada en Periodismo, María Alcantarilla (Sevilla, 1983) es una artista multidisciplinar que ha cultivado a lo largo de su trayectoria la pintura, la fotografía y el arte audiovisual, siendo galardonada en 2013 con el Premio de Poesía Multimedia Poemad por su volumen de poesía visual El agua de tu sombra. Precisamente la relación que ha mantenido siempre con las distintas disciplinas del arte visual se refleja en su obra poética. Según la autora, “el poema llega siempre a través de imágenes externas y, en esas imágenes veo la palabra y la transcribo, aunque el eje principal siempre es la palabra”.

La edad de la ignorancia contiene imágenes poderosas en versos como “Arrancamos los verbos / de esa llaga azul que es nuestra lengua” o “Caer al contrario / y que los pies caminen por el aire”, siempre buscando una metáfora para definir sensaciones como la soledad, el desasosiego o el lamento por la infancia perdida. En el poema “Al borde de la vida” propone la imagen de una grieta como metáfora del límite entre la inocencia y el desencanto, y dentro escribe estos versos: “Milagro es esa flor que está creciendo / mientras todos los coches la adelantan / con un rugir de selva entre sus pétalos”. La hilera de hormigas que “rompieron con su infancia” en el poema “Ejército vencido” representa la pérdida de la inocencia.

En torno a esta reflexión gira el libro, siempre desde una posición contenida, no artificiosa, que busca el cuestionamiento sobre su vida en general y sobre su niñez en particular. En palabras de la autora, “en la infancia está toda la alegría pero, también, están las penas y las soledades más hondas. Si lográsemos hablar de tú a tú con nuestro niño, y lográsemos entender entre ambos cómo hemos ido conformando el imaginario adulto, desde la no frustración o el no rencor, creo que seríamos personas mucho más limpias, más honestas”. En los primeros versos del poema “El ángel que nos mira”, que es, según la autora, el que mejor podría representar toda la unidad de la obra, María Alcantarilla expone: “Qué importa ser mayor o ser un niño / si el miedo es casi igual y la alegría / a pesar de la estatura”. En definitiva, el poemario pretende ser una desmitificación de la edad adulta como sinónimo de madurez, y son los ojos de una niña los que ponen al lector —entiéndase adulto— contra el espejo.

“Creo que en todas las edades cabe la ignorancia y, sobre todo, en la adulta. En ese punto intermedio, el adulto se cree, de repente, mayor, consciente, preparado”. A partir de este concepto la autora traza su propia reivindicación de la inocencia. En el poema “La hija que no tuve”, una oda a la niñez perdida que se sucede en tres partes a lo largo de la lectura, María Alcantarilla dialoga con la niña que no existe o que fue ella, y le proporciona claves sobre el pasado que pueden convertirse en herramientas para un futuro: “Me pregunta por las nubes / e intenta convencerme / de que ambos llegamos hasta ellas”.

“Qué importa ser mayor o ser un niño

si el miedo es casi igual y la alegría

a pesar de la estatura”

Por otro lado, los poemas “Chrysler 180”, “Lazos de familia” o “Las márgenes perdidas” son evocaciones de la niñez desde un punto de vista nostálgico. La edad de la ignorancia es un libro inclemente sobre la indefensión y el abandono, y María Alcantarilla ha tenido la valentía de proponer una fórmula compleja para abordarlo: interpelar al lector y mostrarle las miserias de las que habitualmente no se hace responsable: “Eso, para mí, es la ignorancia: creer que ya eres grande y que ya tienes todas las respuestas”, explica.

María Alcantarilla necesita explorar su identidad para exponer su visión sobre el mundo, ese lugar en el que se ubica pero a donde algunas veces no siente pertenecer. Por eso acerca hasta su historia a personajes secundarios como “El visitante”, que es también el nombre que da título a la segunda parte del poemario. “A veces es más fácil, es menos dañino mirarse en tercera persona para descubrir que también somos eso que no nos gusta, eso que no termina de convencernos”, asegura la autora, aunque, eso sí, reconoce que todos los personajes son ella misma.

Con personaje o sin él, María Alcantarilla va encarando página por página su propio desafío, desde el primer verso en el que advierte al lector que está a punto de acceder a una historia áspera: “Ten piedad de la tristeza”. Más adelante aborda el existencialismo a partir de la reflexión sobre el destino de vivir o la utilidad de la vida, como en los poemas “Presente sucesivo” o “La vuelta al desapego”, y asume sus recelos y miedos ante el mundo, como en “Orígenes”. En “Sucede la inocencia” la poeta resume la incertidumbre a la que se somete durante toda la obra con estos versos: “Camino no sé a dónde ni quién me ha dado paso, / me ha hecho avanzar años / sin saber aún a lo que vengo”.

“Camino no sé a dónde ni quién me ha dado paso,

me ha hecho avanzar años

sin saber aún a lo que vengo”

La edad de la ignorancia es un poemario difícil, a veces casi inexorable. Pero esa complejidad evoluciona hacia la coherencia con el paso de las páginas, cuando el lector descubre que cada uno de los planteamientos está asentado sobre una estructura sólida. “Las cuatro vértebras de esta columna no tienen demasiado sentido las unas sin las otras. Las ideas se orquestan por acumulación, hasta la última página”, dice la propia autora sobre el libro. Y es cierto. Por eso “La hija que no tuve” aparece en tres momentos; no puede ser de otra forma. Y las últimas páginas retornan hasta el nacimiento, en tanto que la autora mira hacia el futuro desde la indagación de sus orígenes. Un futuro de incertidumbre en el que cabe un último cuestionamiento: ¿Podría ser la muerte el principio de algo?

María Alcantarilla ha lanzado una propuesta valiente, un libro que hay que leer en distintas sesiones, con todos los sentidos a pleno rendimiento. Y después celebrar que la autora se aleja de los tópicos, que no es condescendiente y que lo que tiene en sus manos es un verdadero proyecto literario que desarrollar. Admite las referencias que pudieran encontrarse en el libro, bajo los nombres de Fernando Pessoa, Claudio Rodríguez o Vicente Aleixandre, pero rechaza las etiquetas, pues considera que “restan empuje, vitalidad y posibilidades de cambio”.

 

El retrato y el video (2015) de María Alcantarilla que acompañan a este artículo fueron tomados del blog de la autora que puede leer aquí.

Tags:
0 shares

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *