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Marcelo Luján: “El concepto de verdad es demasiado abstracto como para despegarlo por completo de cualquier texto de ficción”

El argentino Marcelo Luján es el ganador de la sexta edición del Premio Ribera del Duero con La claridad, seis cuentos de corte negro pero unidos por un detalle fantástico que aparece inmerso en la vida cotidiana de los personajes. Los primeros cinco representan al manuscrito original presentado al premio: “Treinta monedas de carne”, “Una mala luna”, “Espléndida noche”, “El vínculo”, y “La chica de la banda de folk”. Durante el proceso de edición se agregó un sexto cuento, “Más oscuro que tu luz”.

Los relatos reflexionan sobre los límites entre la vida y la muerte y cómo cada una de las decisiones cotidianas que tomamos desdibujan esos límites. Motivos de la literatura gótica, como los espectros, el doble y el trato con el diablo aparecen en estas narraciones pero no son sus asuntos principales. La intervención sobrenatural —por nombrar lo fantástico con una afirmación que incluya también la posibilidad de lo religioso— viene generalmente dada en el contexto de una decisión moral de algún personaje, lo que convierte a La claridad en una estructura interesante de discursos sobre el bien y el mal, que remonta sus referencias a la Biblia. Sin embargo, las pequeñas epifanías de cada cuento no están construidas desde la luz —o la claridad, como cabría esperarse— sino desde la recreación del tiempo detenido. Así, tiempo y espacio se enfrentan a los claroscuros de la moralidad humana.

 

—Tus novelas pueden inscribirse en el género negro y en La claridad lo policial parece haber sido sustituido por la oscuridad de lo fantástico disimulado, bajo la aparente normalidad de lo cotidiano. ¿Lo policial se presta para la novela y lo fantástico para el cuento?

—La verdad es que la investigación detectivesca, es decir, la variable más tradicional del policial clásico, no me interesa como narrador porque no pretendo que una tercera visión aborde las problemáticas de los personajes. Me gusta contar el mal, sí, pero desde el alma de quien lo ejecuta o de quien lo padece. En este sentido, que mis novelas sean aceptadas por los círculos del ‘noir’ significa que estamos ante un nuevo paradigma: el género negro va mucho más allá de lo estrictamente policial o detectivesco. Y esto es bueno para todos, es bueno para los lectores, para los autores, para los libreros o para el mundo editorial. Haber ganado el Hammett con Subsuelo (una novela que en ningún momento plantea o desarrolla investigación) es algo que me alegra porque confirma la enorme amplitud del concepto ‘negro’. En cualquier caso, el género literario debe estar en un segundo plano: lo más importante, lo único, es la historia que contamos. No creo, por tanto, que exista un género literario preciso o mejor adaptable a un género narrativo. Los cuentos de La claridad son historias autónomas que, en su conjunto, intentan componer un todo. Además, la oscuridad del ‘noir’ se lleva muy bien con lo fantástico.

 

—Desde la cita de Saer con que abre el libro, parece que estableces una relación entre la noción de «verdad» y la de «claridad», que es también el título, y esta noción atraviesa a los seis cuentos, ¿qué relación tienen la verdad y la claridad con el cristianismo y qué papel en las narraciones juegan los epígrafes de la Biblia que anteceden a cada relato?

—Me pareció oportuno y de interés utilizar ese binomio para los epígrafes: rock y una cita bíblica. Creo que dialoga bien con el contenido de las narraciones y, en segunda instancia, las potencia. El concepto de verdad es demasiado abstracto como para despegarlo por completo de cualquier texto de ficción, porque la ficción —como también dice Juan José Saer— no equivale a mentira. Por otra parte, no busqué cohesionar la variable religiosa con los criterios de verdad o claridad porque lo que más me atrae de la Biblia es el tratamiento que expone sobre el ser humano, más allá de lo religioso. En la Biblia se aborda el mal, la traición, el amor, lo satánico y lo terrenal de un modo magnífico e inquietante. Algo extremadamente atractivo para La claridad.

 

—¿La reflexión entre los límites entre la vida y la muerte que proponen tus cuentos quieren también señalar a los lectores las dificultades de las relaciones con el otro?, ¿hay un discurso moral en los cuentos que puede abarcar un comentario sobre la convivencia entre los seres humanos?

—La razón principal de este contrapunto era potenciar ambos conceptos. Y los primeros elementos pueden observarse en la portada, con esa acuarela extraordinaria del artista coreano Byung Jun Ko donde aparece un rostro luminoso pero inquietante, con cierta oscuridad en la mirada. A partir de ese contacto inicial, el lector ya debería intuir qué se avecina. Toda esta propuesta es teórica pero enseguida se representa en las propias tramas de estos cuentos: en contextos de cotidianidad, el mal está ahí, al acecho. Y resulta el momento en que menos lo esperamos. Ese era uno de los objetivos que buscaba cumplir con este libro. Por otra parte es acertado afirmar que como individuos toda frontera nos genera conflictos. El discurso moral lo descarto porque nunca es mi intención utilizar la ficción para ello. Sin embargo, es el lector quien debe decidir si la propuesta de estos cuentos alberga algún elemento crítico en tanto sociedad. Las relaciones humanas sí son un aspecto que pretendo abordar, pero siempre desde una óptica neutral, es decir, mostrar interacciones que nazcan de la cotidianidad, que tenga el punto de partida en ese sistema tan común y reconocible para el ser humano. Y una vez allí, desencadenar acontecimientos a través de un suceso extraordinario. En el mundo de los vivos sucede algo parecido.

 

La claridad tuvo tres años de preparación exclusiva.

—Es una colección de cuentos escrita con la intención de ser libro. Insisto en este concepto porque es lo que más trabajo me dio desde el punto de vista técnico. Pensemos que cada uno de los cuentos debe respetar y sostener su autonomía y nunca puede depender de otro cuento para completarse. Sin embargo, consideré indispensable intentar generar una armonía interna (me refiero al libro en su conjunto) con varios elementos cohesionadores y cierta yuxtaposición. La claridad son seis cuentos de corte negro pero atravesados por la variable fantástica. En todas estas historias lo negro está rodeado de blancos, y las situaciones desgraciadas o extraordinarias se suceden en un marco de cotidianidad. Creo que es el mejor modo de potenciar ambos elementos: observar qué cosas inesperadas nos pueden ocurrir cuando menos lo esperamos, cuando creemos y confiamos estar a salvo.

 

—¿Crees que la simbología y el registro alegórico es más importante en el relato que en la novela?, ¿qué signos te interesan o a cuáles te encuentras volviendo una y otra vez?

—Personalmente y como autor, la historia que quiero contar es lo más importante. Siempre. Y es esa historia la que lo determinará todo. Hay historias que solo funcionan en un cuento y otras que necesitan de la extensión y de carácter acumulativo de la novela. Dijo Cortázar que si la novela gana por puntos el cuento debe cagar por knockout. Esta metáfora boxística ilustra perfectamente las diferencias entre los géneros. El cuento es un mecanismo sensible y de extrema delicadeza, un mecanismo, que ante el menor fallo, ante la menor distracción (del autor y, en consecuencia, de los personajes), pierde su elemento más significativo y excluyente: la tensión. La novela pocas veces corre estos riesgos. En cualquier caso, ambos géneros me sirven para contar las historias que quiero contar. Son mecanismos de transmisión muy diferentes, con diferentes reglas y muy diferentes ritmos.

—En La Claridad hay un esfuerzo deliberado por evitar el uso americano de la lengua castellana. Es cierto que los personajes son españoles y se ambienta en España, pero se comprende que es una decisión deliberada del autor y me gustaría saber a qué obedece.

—La verdad que ninguno de los cuentos tiene la certificación de que sucedan en España (me refiero a las señas geográficas). Hace tiempo que procuro no situar las historias en ningún país o región concreta porque me parece que con eso ganan en pluralidad. Si es cierto que el lenguaje de los personajes —tanto en estilo directo como en los narradores en primera persona— se exponen en un castellano no latinoamericano, por decirlo de alguna manera. Esto se debe a una cuestión muy sencilla: llevo más de veinte años viviendo en España y ya no puedo escribir ficción en, por ejemplo, castellano rioplatense. Si lo hiciera, cometería errores groseros de registro y hasta de verosimilitud. Desde la oralidad casi no perdí el acento porteño, pero la ficción opera de otro modo. Es interesante lo que sucede con los latinoamericanos que escribimos desde España, es interesante el mestizaje discursivo y la hibridez que está saliendo a la luz en los últimos veinte años.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora de la novela Malasangre (Anagrama, 2020), del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

 

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