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Costa-Novel-Award-winning novelist  Maggie O'Farrell at home in Edinburgh. Her latest book is a portrait of an Irish family in crisis in the legendary heatwave of 1976. Edinburgh Scotland UK 11/02/2013
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Maggie O’Farrell: “Para Shakespeare, la tragedia ocurrió fuera del escenario”

En Una habitación propia, Virginia Woolf dice que, si William Shakespeare hubiera tenido una hermana con un talento similar al de él, como era mujer, nunca hubiera podido aprovecharlo. La lectura de la novela Hamnet de Maggie O’Farrell (Irlanda, 1972) recuerda esta reflexión de la autora de La señora Dalloway porque explora el universo femenino que rodeó al dramaturgo con la intención de reivindicar el personaje de Anne Hathaway, la esposa de Shakespeare. Allí, la muerte de su único hijo varón aparece contada, no desde la perspectiva del escritor al centro del canon occidental, sino de una analfabeta: su mujer.

En verano de 1596 murió en Stratford, Warwickshire, un niño de 11 años llamado Hamnet. El nombre de su hermana gemela era Judith y el su madre, Anna o Agnes —en la época la pronunciación de ese nombre era a la francesa—. Cuatro años después, su padre estrenó en el corral de comedia de Londres una sus obras fundamentales. En el siglo XVI, la ortografía de los nombres aún no había quedado asentada: Hamlet y Hamnet son el mismo nombre, igual que Anna y Agnes. Pero en Hamlet no muere un hijo, sino un padre. Y es en este sentido que O’Farrell señala también la grandiosidad de Shakespeare. “Agnes comprende que ha hecho lo que hubiera querido hacer cualquier padre, sufrir él para que no sufriera su hijo, ponerse en su lugar, ofrecerse a sí mismo a cambio para que el niño pudiera vivir”, reflexiona la protagonista de Hamnet frente a los personajes creados por Shakespeare. “Su marido le ha devuelto a la vida de la única manera que podía”, piensa.

La muerte del hijo.

En realidad, no se sabe de qué murió Hamnet Shakespeare. Su entierro está registrado, su muerte no. El dramaturgo no menciona nunca la peste negra en ninguna de sus obras. A O’Farrell le intrigaba tal ausencia. Sus especulaciones sobre esta falta de información en conjunción con su admiración por la tragedia de Hamlet fueron el campo donde floreció Hamnet. “Para Shakespeare, la tragedia ocurrió fuera del escenario”, apunta la autora y luego añade: “Quise que los lectores pusieran de lado en quién se convirtió Shakespeare y solo verlo como un hombre”.

La muerte del hijo permite a la autora de La primera mano que sostuvo la mía y Tiene que ser aquí explorar la tensión entre la maternidad y el resto de las relaciones familiares. Es un interés literario tanto como íntimo, según puede leerse en Sigo aquí, la memoria que escribe sobre sus diecisiete roces con la muerte. Allí cuenta que debido a una enfermedad que padeció en la niñez, no puede tener un parto natural o como en 2005 tuvo un aborto espontáneo o, al final su agobio porque una de sus hijas tiene un trastorno inmunológico congénito. La maternidad aparece en su memoria —igual que en su novela histórica— como el escenario de los grandes desafíos sociales para el género femenino.

El rescate de la esposa.

En Hamnet, O’Farrell desmonta la leyenda de que Shakespeare detestaba a su mujer, de que ella lo hubiera obligado a casarse con brujería o de que vivía en Londres porque detestaba a su familia. “Si a Hamnet se le ha ignorado, con su madre ha sido peor. Grandes académicos aseguran que era una campesina a quien él despreciaba y que lo engañó para casarse con él. Me horroriza y enfurece la manera como la esposa de Shakespeare ha sido tratada en estos 500 años de historia”, explica la autora: “Incluso, muchos autores han querido darles un divorcio en retrospectiva, pero no me creo una palabra de lo que dicen”. En sus investigaciones no encontró “ni un pedazo de evidencia” que sirviera para fundamentar tales afirmaciones.

Y propone dos hechos como prueba de lo contrario.

El primero es que Shakespeare escogiera vivir en Stratford, junto a ella sus últimos años de vida. El otro es que todo el dinero que hizo lo guardó para su familia en Stratford. Todo lo invertía en bienes raíces en la hacienda de la familia, donde su esposa comenzó un exitoso negocio de malta. “Estos hechos concretos no describen a un hombre que detesta su matrimonio o a su esposa”, concluye OFarrell cuyo pacto con los lectores de Hamnet comienza por pedirles que se olviden de todo lo que piensan que saben de Anne Hathaway y en su lugar se centren en Agnes Shakespeare. La palabra que utiliza para describir la relación entre la pareja Shakespeare es “partnership” o “camaradería”; es decir: una relación de iguales, de gente que se quiere.

“Por supuesto que Agnes era analfabeta: ¿Qué hija de un campesino en el siglo XVI podía aprender a leer? “propone la autora como pregunta retórica: “Pero analfabetismo no necesariamente se equipara con la estupidez”. Para reivindicar a tan vapuleado personaje, O’Farrell decidió darle dos áreas de experticia evidentes en la escritura de Shakespeare. Uno es el conocimiento de hierbas y plantas medicinales. El otro es la cetrería. De esta manera, Agnes aparece como un desdoblamiento hacia el género femenino de las capacidades intelectuales del más grande autor dramático de Gran Bretaña. No es propiamente la hermana ficticia sobre la cual Woolf saca conjeturas, pero se le acerca.

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora de la novela Malasangre (Anagrama, 2020), del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

El retrato de Maggie O’Farrell que encabeza este artículo es de Murdo Macleod.

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