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Foto Luz

En Luz, Elisabet Riera escribe de una “nínfula” y descubre a una madre

De la misma manera que en estos tiempos ya no podemos decir que Lolita sea una historia de amor, tampoco lo es Luz. La novela de Elisabet Riera comparte con la obra señera de Vladimir Nabokov, donde el profesor Humbert Humbert se escapa con la hijastra que lo tiene fascinado, Dolores Haze, el relato de la relación sentimental entre una persona adulta y una niña, que en el caso de la autora nacida en 1973 se expone como una extensa carta de amor dirigida a la “nínfula” Luz.

La trama comienza cuando durante una fría noche de invierno, huyendo de una ruptura amorosa, la narradora llega al hogar que dejó veinte años atrás. Allí la espera el vacío atávico con que la criaron. El invierno y la oscuridad son los símbolos de su melancolía. Es revelador que desde el principio, cuando apenas faltan horas para que encuentre a Luz, solo la acompaña su perra, Noche. La llegada de la niña de doce años arroja claridad sobre los lugares perdidos de su infancia, en especial el recuerdo de la madre desaparecida; a ratos, el lector sospecha que la pequeña es un trasunto de la narradora. Donde esta había dejado oscuridad, mutismo y vacío, la doncella trajo claridad, palabras y plenitud. Una se recicla en la otra, igual que aquella florece por acción de esta; se trata del ciclo de la vida en las edades de dos mujeres. “Tu carne era como un oráculo de quién ibas a ser, y yo buscaba en ella la respuesta de quien adentra la mano en la boca de la verdad; quién eras tú, quién era yo, qué seríamos la una para la otra”, reflexiona la narradora en Luz: “Si podía seguir mirándote de aquella manera, ya no como se mira a una niña, sino como se busca a la mujer que la niña encierra. El dilema sólo duró un segundo, el instante en que tu cuerpo se zambulló [en el agua] y desapareció del mundo, y me dejó a mí sola, junto a la poza, temblando por dentro”.

“Las palabras, Luz, la fuerza de las palabras no pronunciadas”

La poza es una imagen del afecto – romántico tanto como materno– que empieza a llenarse. El vacío es la melancolía, una necesidad de plenitud; el amor, la saturación. En la novela, la intrincada madeja símbolos naturales se presenta en pares de opuestos como los efectos de la oscuridad y la luz sobre la melancolía, los ciclos naturales del invierno y la primavera o la relación con la maternidad que establecen la doncella y la adulta. He aquí la diferencia fundamental entre Lolita y Luz, una sobre la cual Riera presenta un elegante relato de formación donde su predecesor construyó la crónica de una patología. La fuerza metafórica de este libro es su característica determinante. Igual que la narradora acelera la maduración de la niña, la pequeña también viene a llenar el lugar de la madre que la otra nunca conoció. Esto se hace evidente con el hallazgo de una foto con la inscripción “Este hijo que llevo en el vientre, a este hijo, ámalo”. Pero el símbolo más fuerte de esa relación entre la madre-hija y la hija-madre de emociones desordenadas no es la foto ni la casa que ha recobrado del pasado, sino la poza, donde comienzan sus escarceos eróticos: “Me zambullí como si entrara en el vientre líquido y oscuro de una mujer embarazada. Bajo la superficie, tan sólo veía luces y sombras verdosas y grises, algún rayo de luna iluminaba el fondo vegetal de manera intermitente, como la imagen y las palabras que, dispersas y repetitivas, emergían en mi pensamiento. Unas manos redondeadas, una sonrisa triste una larga cabellera. ‘Hijo’, ‘vientre’, ‘ámalo’”.

«El vacío también tiene nombres más particulares y pequeños: se llama madre, se llama tú, se llama yo, se llama Kate, y lleva, uno tras otro, el nombre de todas las mujeres del mundo»

Se trata, como puede verse, de un mundo notablemente femenino, pero no porque exista allí la reflexión sobre la identidad que acostumbra a exigirle el canon patriarcal a la mujer escritora, sino porque se mueve en el universo simbólico de los ciclos de la vida, estableciendo una conexión con el cuerpo (biológico) de la mujer. Cada matiz de la relación entre la narradora y Luz apunta a una dimensión del amor que es unas veces entre madre e hija y otras, entre novias. Algunos de los gestos maternales hacia la protagonista incluyen las escenas donde se refiere a su alimentación –“te dirigías a la cocina y abrías la nevera para servirte una Coca-Cola”–, su vestimenta –“me agaché frente a ti y te la arremangué [la blusa] con suavidad, cogiéndote las manos, deslizándome por tus brazos huesudos, hasta doblar la tela por debajo de tu codo”– y, en especial, por su educación, que apunta tanto al intelecto como a la emoción.

«La ley decía que era un delito. A gente diría que era una inmoralidad aberrante. ¿Y tú? ¿Qué pensarías tú? ¿Cómo te sentirías? ¿Qué dirías de mí?»

El aspecto pedagógico de la obra permite encontrarle características de Bildungsroman, o novela en formación. Las referencias literarias son fundamentales para la trama porque profundizan el contenido simbólico de la interacción entre los personajes y la formación de la pupila. Tanto el cuento de Sarah Orne Jewett, La garza blanca –que aparece con su título en inglés, A White Heron–, donde la protagonista se adjudica las nobles características que durante siglos eran para los personajes masculinos, como Orlando, donde Virginia Woolf parodia la escritura biográfica en Inglaterra, que por lo menos hasta 1928 (fecha de su publicación) se dedicó a exaltar la “heroicidad” de los hombres en la historia, se establece una discusión sobre los límites de los roles de género. Sin aludir nunca a la masculinidad, la visión que propone esta forma de instrucción afianza la lo femenino, incluso por encima de lo erótico en el texto. La alusión a Las canciones de Bilitis, una colección de poemas eróticos adjudicados a una poetisa con ese nombre que vivió en la isla de Lesbos en tiempos la Antigua Grecia –pero que en realidad escribió Pierre Louÿs en París hacia 1894–, así como a Carol, la novela de tema lésbico que Patricia Highsmith publicó por primera vez en 1952 con el titulo El precio de la sal, sustituyen la educación literaria por la sentimental también en un marco de formación del carácter. La naturaleza y la humanidad en los libros y en el ambiente, la instrucción para la vida. Es en lo inaprensible de la relación entre estas mujeres, su carácter a la vez maternal y erótico, donde la joven es más una nínfula de lo que nunca fue Lolita, porque representa al mismo tiempo el mundo de las ideas y el de los instintos; la creatividad y la fertilidad; el vacío y la plenitud.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

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