Luis Mateo Díez (foto)

Luis Mateo Díez: “El humor es crucial para entender la complejidad del ser humano”

En El hijo de las cosas, Luis Mateo Díez ha construido una trama familiar disparatada con un secuestro en el centro de la historia. Uno de los triunfos de la novela es el criterio con que el autor equilibra el humor, un rasgo característico de toda su obra, y el suspense de un argumento casi policiaco. Con una vasta trayectoria literaria a sus espaldas, Díez se considera “un autor prolífico, y eso no es un mérito ni un demérito. Es una forma de vida, un destino y un don que uno puede usar con mucho rigor”. Cuenta con dos Premios Nacionales de Literatura y dos Premios de la Crítica y, sin embargo, no tiene ningún interés especial en asaltar el olimpo literario a partir de determinados reconocimientos. Eso sí, “como escritor sí soy ambicioso”, admite.

Dicen por ahí que es fácil reconocer una novela de Luis Mateo Díez en la tercera página. Las atmósferas que proyecta sobre cada una de sus historias conforman el universo de un autor que apuesta desde hace mucho tiempo por un estilo muy personal. Esto, unido al planteamiento que hace sobre el tiempo, siempre indeterminado y normalmente concentrado en periodos cortos, ha conseguido que su literatura tenga identidad propia. Aunque, en este sentido, el mayor baluarte de su escritura se asienta sobre la construcción de los personajes, una de las habilidades más celebradas del autor. “Mis personajes son frágiles, la vida se les rompe a la vuelta de la esquina. A la vez son poderosos en la conciencia de lo que son. Me gusta llamarles ‘héroes del fracaso’ porque saben asumir sus desgracias”, dice.

¿Cómo surge la idea de abordar este conflicto familiar?

La familia es un lugar oscuro y confuso y yo quería trabajar la idea de un trío familiar clásico y arquetípico: dos hermanas y un hermano. La peculiaridad es este tipo de responsabilidad que habitualmente asumen las hermanas cuando fallecen los padres y les dejan la encomienda de velar por los hijos. Procreo un mundo de afectos y el problema llega cuando el chico es un pusilánime que supone una sobrecarga para ellas.

En esta novela sigue con su política literaria de ambientar los espacios en ciudades imaginarias de un tiempo indeterminado. ¿Algún día veremos delimitados esos elementos espacio-temporales?

En principio, sigue interesándome la novela que contiene una fábula y que incita o sugiere determinadas valoraciones o formas de mirar que están por encima de lo sociológico, la actualidad o lo concreto; ese tipo de novela que tiene pautas más simbólicas o metafóricas. Para eso utilizo este mundo imaginario de “ciudades de sombra”, lo cual no quiere decir que no tenga un espejo actual consistente.

Su obra es muy simbólica. Precisamente en esta novela la menstruación representa la culpabilidad que siente la hermana menor por la desaparición de su hermano. ¿Podría decirse que ésta es una novela sobre la culpa?

Sí, la culpa es muy importante en mi escritura, y esta es una novela de culpabilidades inducidas: cómo asumes la culpa sin tener nada que ver, si tiene que ver con tu manera de ser, tu fisiología, tus relaciones… y sobre todo la culpa como un espacio moral y obsesivo. Respecto a la simbología, en mi novela hay elementos físicos muy simbólicos: siempre hay estaciones, cines siempre vacíos o bailes perdidos en sitios donde la gente fue feliz y subsiste lo que queda de aquella felicidad. Siempre hay espacios vacíos que tuvieron sentido en su día y que hoy son restos de vida sobre los que hay una mirada muy melancólica.

¿El hijo de las cosas es, como dicen sus editores, su novela más divertida?

Seguramente. El humor siempre ha formado parte de mis novelas, aunque a veces tenga comunicaciones con la melancolía o la desgracia. Mi obra en este momento se ha decantado por el humor, es como si hubiera hecho un camino de regreso a mis primeros libros. Ahora voy hacia la literatura de lo absurdo, y trato de crear situaciones estrambóticas y sorprendentes.

¿No se supone que con la edad uno se vuelve más serio y cabal?

A mí los años, además de una experiencia de la vida con muchos elementos de infortunio y de desgracia, me han proporcionado una lucidez humorística, una capacidad de interpretar las cosas de una manera más distorsionada. Esto me ayuda a convivir con la realidad que vivimos, muy desquiciada y poco interesante. Vivimos en un mundo donde los excesos de comunicación procrean una vida exterior que parece que está en contra de la vida interior. Mis personajes tienen una vida interior intensa, un punto muy secreto y esas ciudades amparan esa intensidad y ese secreto. Son novelas que se pueden leer para contrastar con la vida que llevamos.

“Vivimos en un mundo donde los excesos de comunicación procrean una vida exterior que parece que está en contra de la vida interior. Mis personajes tienen una vida interior intensa”

Los personajes de esta novela están llenos de sombras y muchos de ellos adoptan comportamientos poco honorables. Sin embargo, las hermanas protagonistas parecen poseer un mayor sentido de la dignidad que los hombres, más golfos y pervertidos. ¿Hay una intención en que esos personajes sean mujeres?

Por supuesto. Con frecuencia se asume la idea de que ellas tienen menos poder, son más sumisas, pero yo quería construir a dos mujeres poderosas, activas, con convicciones actuales, que reivindican lo que son. Siempre he tenido la idea de que la condición de ser mujer es un don muy especial dentro de la especie humana que no alcanza el hombre. Es ese don de lucidez y de mirada interior, que puede servir para que sea más frágil pero también puede contribuir a su grandeza.

¿Cómo se consigue mantener el suspenso en una trama deliberadamente hilarante? No debe resultar sencillo gestionar ese equilibrio.

—Al construir una trama, al margen del género, me gusta mucho que la historia esté supeditada a los personajes, pero también me gusta que pasen cosas. Tengo dos novelas con una indagación de intriga muy fuerte: Fantasmas del invierno y El animal piadoso.

¿Antes de ponerse a escribir, ya ha sopesado cuánto de imaginación y cuánto de realidad tendrá la novela?

—No, yo soy partidario de escribir para descubrir. Escribo con una espontaneidad absoluta, igual que vivo. Ahora tengo unas pautas y sé por donde voy y lo que quiero. Eso forma parte del reto de lo que supone escribir con convicción y también saber que lo que haces debe tener un punto de autoexigencia. Yo no podría escribir por encargo porque no sé hacerlo.

En este libro no parece haber una intención moralista, sino una voluntad de entretener, aunque se perciban críticas hacia algunos aspectos sociales.

—Una buena novela es siempre algo que engancha al lector, no engañándole. Lo primero que tiene que hacer es colmar unas expectativas de interés. Hay muchos grados de entretenimiento: el mejor es el que también te sirve para alimentar la experiencia de leer. Las novelas sirven para conocer gente. El magisterio de la ficción es que te enseña cosas de lo que es el secreto de la vida.

 

Jaime Cedillo (@JaimeCedilloMar) es periodista, músico y poeta. Colabora con El Cultural, publicación del diario El Mundo y con otros medios de comunicación. Se graduó en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Rey Juan Carlos I y cursó el Máster de Crítica y Comunicación Cultural de la Universidad de Alcalá de Henares.

 

 

Tags:
0 shares

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *