Luis García Montero

Luis García Montero: “La poesía muere para resucitar y por eso se transforma”

Luis García Montero (Granada, 1958) creció entre lecturas hasta que llegó el momento de definir su postura ideológica. En su juventud, España era un lugar convulso que atravesaba los años de la Transición, en los que la política era demasiado importante y “pensar en la subjetividad te convertía en un reaccionario”, según cuenta. Por eso emprendió un proyecto poético e ideológico junto a Álvaro Salvador y Javier Egea, para reivindicar un estilo sencillo y personal, muy lejos de los que “te llamaban revisionista si te gustaba una poesía que tuviera que ver con tu propia intimidad”. Se trata de la llamada “otra sentimentalidad” o “poesía de la experiencia”, que comenzó en los ochenta como un intento de limpieza de la práctica del género lírico y de ruptura con el esteticismo radical de la época. Su búsqueda privilegia la experiencia cotidiana del poeta. Y fue una revolución en la cultura española.

 

— Casi 35 años después del manifiesto por La otra sentimentalidad, ¿ahora lo suscribes?

— En muy buena parte sí. Lo escribí para El País en 1983 resumiendo los debates de un grupo de gente que habíamos estudiado literatura con el profesor Juan Carlos Rodríguez. Nosotros sentimos que podíamos llevar nuestro compromiso político a una poesía instalada en la meditación de la subjetividad. En ese intento por participar en una meditación que le diese una dignidad política a la transformación de las costumbres que se estaban dando en España, firmamos ese manifiesto.

— Un poeta de línea clara también tiene influencias de autores más complejos, por más que cada uno luego tome su rumbo.

— Claro. Se equivoca quien por leer a Antonio Machado desprecia a Luis de Góngora. Eso sí, a la hora de escoger tu propia voz como autor tienes que elegir caminos. En aquella época dominaba una poesía muy experimentalista que tenía que ver con un estado de ánimo de la cultura española: rechazar a los poetas de la posguerra porque eran muy catetos. Estaban más atentos a las tradiciones esteticistas que llegaban de la Sorbona de París. Nosotros en cambio decíamos que para ser un poeta de calidad no hay que ser un poeta oscuro o difícil. Tampoco había que escribir poesía para los poetas y no para la gente de la calle. Así, adoptamos la “poesía de la experiencia”, que era escribir de la manera más personal posible pero con el lenguaje de todos.

 

— Si ahora tuvieras la edad de entonces, ¿firmarías otro manifiesto como este, quizás defendiendo otra cosa?

— Por no traicionarme a mí mismo, apostaría por algo parecido a lo de entonces. Si pienso en los chicos jóvenes que comienzan a escribir, me gustaría que su apuesta fuese un modo de responder al mundo en el que viven hoy. No podemos pedirles que lo hagan con los valores de 1979 ni regañarles por que estén en Facebook o Instagram, pero yo sí les pido un ejercicio de honestidad. Les digo que vivan su mundo pero no se crean que el éxito se limita a tener 5.000 “me gustas” en Facebook o que al sacar un libro vendan decenas de miles de ejemplares por ser muy populares en las redes.

 “Adoptamos la ‘poesía de la experiencia’, que era escribir de la manera más personal posible pero con el lenguaje de todos”

— ¿Qué opina sobre la polémica en torno al cuestionamiento de su calidad literaria o incluso a veces su naturaleza de poetas por parte de un sector de la crítica?

— Una de las cosas que le falta a la literatura es una reivindicación del diálogo generacional. Sin esto, corremos el riesgo de que el mundo se llene de viejos cascarrabias que creen que los jóvenes son tontos, o de jóvenes adánicos que creen que están inventando el mundo y no tienen nada que aprender de los mayores. Los jóvenes tienen esa exigencia de la honestidad que ha tenido siempre la poesía. Un poema puede ser claro o puede ser oscuro, pero no puede confundirse nunca con la palabrería o con una campaña publicitaria de El Corte Inglés para San Valentín. Hay que buscar siempre profundidad, y no creo que vaya a venir de los que están encerrados en su biblioteca, alejados del mundo de hoy. Lo bueno que pueda aportarse a la poesía saldrá de estos nuevos instrumentos porque la poesía siempre ha encontrado sus propias respuestas al mundo en el que vive.

 

— ¿La poesía entonces no morirá, tal y como plantea en la hipótesis de su último libro, Balada en la muerte de la poesía?

— Tuve la necesidad de preguntarme qué pasaría en mi vida si la poesía se muriese. Llegué a la conclusión de que si la poesía se muere, se muere algo más que un género literario, porque es una forma de mantener los valores de la dignidad que siempre ha defendido el humanismo. La poesía muere para resucitar y por eso se transforma.

 

Testigo generacional.

García Montero, también profesor de Literatura en la Universidad de Granada, siempre se ha manifestado de manera ferviente por la defensa de las humanidades. Pero no cree que se puedan “defender las humanidades desde la nostalgia de un pasado glorioso”. Y de la misma forma que le parece un “cretino aquel que critica a la ciencia”, también lo es quien critica a las humanidades, porque estas “son las que pueden responder desde una perspectiva de la dignidad humana al progreso de la ciencia o de la técnica”. Explica que es importante “recordar a la gente lo importante que es el conocimiento de la historia para que el ser humano no sea un sujeto vacío, sin memoria, y sometido al consumo”. Preguntado por cómo se convence a un gobernante de que la importancia de las humanidades es equiparable a las ciencias, responde que “la mayor apuesta que pueden hacer las humanidades no es intentar convencer al poder pidiendo limosna, sino justificarse con un proyecto que evidencie su importancia”. 

 “Una de las cosas que le falta a la literatura es una reivindicación del diálogo generacional”

— ¿Su apuesta al respecto se corresponde con un proyecto a gran escala o con un propósito individual? En su condición de docente, ¿qué es lo mejor que puede hacer un profesor por un alumno?

— Las dos cosas son fundamentales. Estar en el gobierno puede servir para invertir en cultura, educación y darle utilidad a la palabra. Para eso sigo defendiendo una educación pública. Pero luego hay una segunda cosa: ahora llegas a clase, cierras la puerta y te encuentras con la mirada de los alumnos. Y tienes la vocación necesaria para decirte a ti mismo: “Lo que ocurre en esta clase es responsabilidad mía, no voy a echarle la culpa a nadie más y voy a intentar que esa alumna que me está mirando descubra la emoción que puede provocar un poema o descubrir que los seres humanos no son objetos de usar y tirar”.

— Usted dice que la poesía no debe ser cursi y Joaquín Sabina dice que una canción, cuanto más cursi mejor. ¿Cómo os las habéis arreglado para poneros de acuerdo y escribir canciones a cuatro manos?

— La cursilería es una de las amenazas de la poesía, cuando el sentimentalismo barato impide un ejercicio de conocimiento a través de las palabras. Joaquín sabe perfectamente que no es lo mismo escribir un texto para ser leído que escribir una canción para ser bailada en una plaza. Y sobre todo él, que viene de las rancheras de José Alfredo Jiménez, del bolero, el tango o la copla, sabe que escribir no es dar la lata con una guitarra, sino llegar a las emociones de la gente. Y yo digo que un poeta no puede abandonarse a la blandenguería, renunciando a la capacidad de conocimiento de las palabras sobre su propia intimidad.

 

Jaime Cedillo (@JaimeCedilloMar) es periodista, músico y poeta. Colabora con El Cultural, publicación del diario El Mundo y con otros medios de comunicación. Se graduó en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Rey Juan Carlos I y cursó el Máster de Crítica y Comunicación Cultural de la Universidad de Alcalá de Henares.

EL video que acompaña esta nota s el trailer oficial de la película documental “Aunque tú no lo sepas. La poesía de Luis García Montero”, una película de Charlie Arnaiz y Alberto Ortega.

 

 

 

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