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Los cuentos de Julián Herbert y León Plascencia Ñol construyen un “Tratado de la infidelidad”

Es infrecuente encontrar libros escritos a cuatro manos, aunque de muchos se pueda tener la sospecha de que más de un autor invisible ha intervenido en la confección del resultado final. Pero ese no es el caso del libro de cuentos Tratado de la infidelidad, firmado por sus dos autores, los mexicanos Julián Herbert y León Plascencia Ñol. No conozco suficiente sus obras anteriores para determinar si han dado origen a otro autor (como sucedió con la suma de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, cuyos libros en colaboración no se parecen a la obra propia de cada uno) o encontraremos las constantes temáticas y estilísticas de cada autor repartidas de forma desigual o uniforme.

Pero, por supuesto, más allá de esa curiosidad el Tratado de la infidelidad se ofrece a los lectores desde su propia unidad e individualidad.

Aunque el título es, en realidad, un anuncio bastante exacto de lo que encontraremos, se puede prestar al mismo tiempo para algunas expectativas falsas. Un “tratado de la infidelidad” dispara nuestro imaginario hacia los asuntos amorosos, sexuales, a las formas ingeniosas o ingenuas que los seres humanos nos hemos inventado para gozar con las parejas que no nos han sido destinadas en suerte. Y sí, de eso hay en el libro de cuentos que comentamos, pero también mucho más, y en esa diversidad, en esa exploración de variados registros anímicos y emocionales se encuentra mucho del interés del libro, que, en definitiva, no solo trata de la infidelidad amorosa, sino, de manera mucho más interesante, de las infidelidades y traiciones a sí mismos. Digamos, al verdadero ser de los personajes, a su auténtico destino si asumieran este en todas sus consecuencias.

En estas historias, de manera singular, el amor es también pérdida, extravío de sí mismo; no entendido en el sentido tradicional de “amor loco”, ese que rompe con los convencionalismos, sino en uno más patético: el fracaso del amor y su sustitución por algo similar, que puede ser el sexo, la nostalgia, la tristeza de la vida cotidiana y su desgaste.

La trayectoria vital de los personajes de “Tarjeta postal con el Tajo al fondo” ilustra de manera ejemplar esta idea. Los protagonistas, un guionista de televisión y una artista conceptual son amigos y amantes ocasionales. Durante una temporada, aprovechando la ausencia del marido de la artista, mantienen una relación apasionada que, sin que los involucrados quieran enterarse, da paso al amor. Pero este nuevo sentimiento asusta al protagonista. ¿Qué teme? Solo podemos intuirlo: el abismo de un sentimiento verdadero, el trastrocamiento de su comodidad… El protagonista prefiere volver al mundo de sexo fácil que le aguarda en la industria televisiva. Le da la espalda a su destino; muere, simbólicamente, junto al Tajo al despedirse de la amante. Es infiel a ella y, fundamentalmente, a sí mismo.

Para otros personajes, en otros relatos, el sexo puede ser una especie de encantamiento que propicia el olvido.

De cierta manera, la infidelidad cobra un sentido trascendente, que no se agota en las tramas amorosas, y otorga densidad a las anécdotas de Herbert y Plascencia Ñol, en las que es persistente una condición agridulce resultado de la ironía y el humor negro presentes en diversas dosis en los distintos relatos.

Tratado de la infidelidad está narrado en un estilo sobrio, contenido y rápido, y resulta suficientemente personal como para mantenerlo felizmente alejado de ciertos productos inspirados en la “escuela norteamericana del relato corto” que ya lucen fabricados en serie. Sin ser injusto con Hemingway, Cheever, Carver y otros grandes autores norteamericanos que crearon las bases de la escuela (el realismo, la parquedad expresiva, la reiteración de pequeños gestos, el universo de relaciones humanas desgastadas…) me atrevo a afirmar que la reproducción de estas particularidades, transformadas en fórmulas, hace previsibles y monótonos muchos cuentos españoles y latinoamericanos actuales. Como dije, no es el caso del libro que nos ocupa, que encuentra en la variedad de sus estrategias textuales el camino del interés de los lectores.

 

Rubi Guerra es narrador, editor, periodista y promotor cultural. Es fundador de la sala de arte y ensayo Ocho y Medio y asesor de la Casa Ramos Sucre en Cumaná, Venezuela. Ha publicado casi una decena de libros, entre los que se encuentra La tarea del testigo (Premio Rufino Blanco Fombona, 2007), Las formas del amor y otros cuentos (Premio Salvador Garmendia, 2010), El discreto enemigo, que editó en 2016 Madera Fina.

 

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