Graffiti en Nueva York

Leonardo Cano llega a La edad media para contarlo

Éramos la generación de la síntesis porque no fueron nuestras las tesis autoritarias ni las antítesis de la supuesta liberación. Se suponía que teníamos lo mejor de ambas realidades. Pero Nirvana nos dejó sordos. Internet nos hizo abúlicos. Y algunos todavía estamos preguntándonos dónde está la bruja del Blair Witch Project. Antes, en la década de los noventa, todavía creíamos en la magia; éramos adolescentes y el futuro estaba para conquistarlo. Ahora, en la medianía de edad, la certeza de nuestra vulgaridad nos pesa una tonelada. No fue la crisis que barrió nuestras expectativas; es mucho más simple: no teníamos la medida de nuestros sueños.

La edad media escrita por Leonardo Cano recorre temas como estos desde tres hilos argumentales narrados (como si fuera la cartilla de conjugaciones del modo indicativo) en pasado, pretérito imperfecto y presente, tiempos que protagonizan el hijodelRana, Fauró y Moya, compañeros del Colegio el Bosco, “un trío al que no podías parar de meterle pescozones”.Portada de La edad media

La narración en pretérito perfecto describe el imperativo de convertirse en alguien; es un bildungsroman que a ratos es la crónica escolar del hijodelRana. “Y, al menos, el abuelo de Moya había regalado a los Salesianos el terreno del pabellón acristalado, y a Fauró solía recogerlo su madre en un Mercedes 500SL color berenjena porque su marido andaba siempre de congreso, pero el muy hijodelRana estaba gratis en el Bosco por su padre”, escribe el autor murciano. Resulta una verdadera proeza que en esta primera novela pudiera mantener la conjunción copulativa “Y” al principio de cada párrafo cada vez que se refiere a la historia del pequeño que quiso estudiar Aeronáutica pero que terminó convirtiéndose en un reconocido abogado. Así construyó una metáfora: igual que la “y” une cláusulas, los breves momentos de maduración sirven para encadenar una serie de acciones sobre las cuales no tenemos control.

Donde resulta más interesante la experimentación es en el caso de la relación entre Fauró y Julia, cuyos detalles conocemos a través de los mensajes de correo electrónico que intercambian. Es el pretérito imperfecto, el tiempo de la nostalgia que no termina de acabarse. Allí el autor toma la decisión más arriesgada: mantener la escritura errática que usamos en redes sociales. Al principio resulta un choque, pero luego no es muy raro y sirve para acelerar la trama. Walter Ong la llama “la segunda oralidad”, propia de la comunicación digital, donde aunque la comunicación ocurre por escrito tiene la torpe inmediatez del habla coloquial.

A estos dos hilos narrativos se le añade el presente. Está ambientado en una oficina del Ministerio de Justicia donde el anonimato de los funcionarios se signa porque apenas se les nombra con una letra. Moya se convierte en M, que “ha aceptado destinos entre todas las ramas del Derecho conocidas y fue destinado a la selección civil de esta oficina judicial hace menos de un año”. En otras palabras, se ha convertido en un hombre que ejerce lo que le toca, pero sin un apego mayor por su trabajo. Ni por nada más.

Los tres tiempos coinciden en la “Cena del Quince Aniversario de Promoción del San Juan Bosco”, donde los personajes no encontrarán el significado de su medianía de edad, sino un cúmulo de preguntas. He allí la gran realización de nuestra generación: que los finales felices no solo no existen sino que son imposibles.


Michelle Roche Rodríguez 
(@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

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