fbpx
Laura freixas

Laura Freixas: «Lo difícil es luchar contra el silencio»

El primer libro que Laura Freixas publicó en 1988 fue una colección de relatos, El asesino en la muñeca, editado por el sello Anagrama. Su siguiente obra salió en 1997 y fue una novela, Último domingo en Londres, que sacó Plaza Janés. Entre una y otra obra no sólo pasaron casi diez años en los que terminó de crear un perfil literario propio, sino que se casó con un francés que había conocido mientras vivía en Inglaterra y fue lectora de español en las universidades de Bradford y Southampton. En el verano de 1990 se reunió con él en París y pronto se mudaron a Madrid, ciudad donde estaba la sede del grupo empresarial al que se integró la editorial para la que ella trabajaba. La sensación de adultez que le daba la vida en pareja, el cambio de residencia, la nueva situación laboral, sus intentos de quedar en estado y el origen de las reflexiones literarias que luego vertería en libros como la novela Entre amigas (1998) y el ensayo Literatura y mujeres (2000) son la materia prima del diario que la autora nacida en Barcelona en el año 1958 publicó hace poco, Una vida subterránea. La nueva obra y sus casi 30 años de trayectoria son una excusa conversar sobre la relación entre la identidad y la literatura.

– Ahora que las redes sociales se han convertido en una vitrina de nuestra intimidad casi es un acto de pudor publicar un diario.

– Decía André Gide que no tenemos que ser hombres (o mujeres) de nuestro tiempo sino contra nuestro tiempo; ser conscientes de la época en que vivimos y tratar de entenderla, sin tener que someternos a sus dictados. Me gusta ir a contracorriente. También me gusta llevarle la contraria a mi época y a mi país. Por razones que son largas de explicar, pero que deben tener que ver con la religión católica, el diario no tiene tradición en España. De hecho, los primeros diaristas importantes aquí aparecen en el siglo XX. Lo sé porque una vez dirigí un número monográfico de la Revista de Occidente sobre este género y comprobé que los diaristas son catalanes –por lo tanto, alejados de la idiosincrasia española– o exiliados –condición que te obliga a inventarte una identidad, porque esa en la que creciste se ha desmoronado–. A mi me marcó ser descendiente de una familia catalana burguesa y de una familia castellana pobre de pueblo, inmigrante. Además estudié en un colegio francés y he vivido en Francia, como también en Inglaterra. Me tuve que crear una identidad porque mi identidad social y lingüística no estaba clara.

«Me tuve que crear una identidad porque mi identidad social y lingüística no estaba clara»

– ¿Cómo ayuda la escritura del diario para el resto de las actividades intelectuales?

– Me sirve como una primera elaboración de las cosas. Si quiero expresar una reflexión o una vivencia tengo que armar una novela, idear un cuento o plantear un ensayo. Pero el diario es una forma cómoda porque vuelco directamente la idea o la anécdota. Además, me permite mostrar toda la heterogeneidad de la experiencia sin solución de continuidad, incluso en su banalidad y su incoherencia. Cuando escribo un libro unifico sus contradicciones, pero con un diario voy dando palos de ciego: hoy pienso una cosa que mañana no sólo no pensaré, sino que quizá la voy a renegar.

– El problema es cómo lidiar con eso cuando se dispone a publicar el diario.

– Intento ser honesta y no eliminar nada porque me parece demasiado fuerte, en el sentido de que expreso ideas que luego me horroriza haber pensado. Aún así, en Una vida subterránea hay cosas que me costó mantener porque ahora no me gustan.

Cuestión de género. Una de las preocupaciones recurrentes de Freixas es la invisibilidad de las mujeres en la cultura. La semana pasada, en el curso de verano titulado “La Mujer y el Canon” y organizado por la Universidad Complutense en El Escorial describía las estrategias que han hecho que lo femenino no represente lo universal, en contraposición a lo masculino cuya prerrogativa es la individualidad. “El hombre es visto, a la vez, como varón y humano, pero la mujer sólo como persona de su sexo; nunca son lo individual, sino su condición femenina. Ellos son la tradición y el canon, ellas, el rol afectivo y los sentimientos, lo cual permite su descalificación como cursi, desvalorizándolas a priori”, explicó la también presidenta de Clásicas y Modernas, una asociación enfocada en visibilizar el trabajo de las mujeres y homenajear a las creadoras del pasado para devolverlas al lugar de donde la historia las ha borrado.

Más tarde, durante la entrevista que sostuvimos, Freixas me comentó que el mundo literario concede protagonismo a las mujeres que corroboran los estereotipos de género: La joven “follable”, la dama elegante y la esposa de alguien. “La joven sexy en cuatro días dejará de serlo, así que no la culpo si lo aprovecha. El segundo estereotipo es la dama elegante: una mujer que lo que no tiene porque no es hombre lo tiene porque es de una clase social elevada y porque (esto es lo más importante) no es conflictiva; queda muy bien en lugares como la Academia, porque es elegantísima”, explicó la autora de El silencio de las madres y otras reflexiones sobre las mujeres en la cultura, antes de añadir que el tercero es la esposa de: “la mujer al lado o detrás del (hombre) intelectual. Aquellas que no coinciden con ninguno de estos modelos están marginadas”.

«Algunos críticos van a las librerías y en las mesas de novedades no ven los libros escritos por mujeres… tienen una ceguera violeta»

– ¿Cómo batallar contra la naturalización de la perspectiva androcéntrica?

– Quienes tienen este discurso lo repiten sin pensarlo, se hacen eco de la ideología dominante y es fácil refutarlo con el diálogo. Lo difícil es luchar contra el silencio. Contra la costumbre de invisibilizar a las mujeres. A esto lo llamo la ceguera violeta. Algunos críticos van a las librerías y en las mesas de novedades no ven los libros escritos por mujeres… tienen una ceguera violeta. Pueden citar cien libros en un año y apenas diez de mujeres, sólo autoras clásicas. Viven en un mundo falso… de ceguera  violeta, a las escritoras no las ven.

– Una muestra del estado de la cuestión es el Premio Nóbel. Las dos últimas veces que premiaron a mujeres, Alice Munro (2013) y Svetlana Alexiévich (2015), la prensa señaló que también se hacían visibles dos géneros “menores”, el cuento y el periodismo.

– Es verdad. Ya puestos, vamos a matar dos pájaros de un tiro. No lo había pensado así. Pasa mucho también que a las mujeres las premian o las reseñan de dos en dos. Cuando yo publiqué mi primer libro, El asesino en la muñeca, me llamó la atención que en El País hicieron una crítica conjunta de mi primer libro de cuentos y del más reciente de Cristina Peri Rossi. Ambas somos de generaciones diferentes y tenemos poco en común. Para mi era un honor, pero para ella no podía serlo: yo estaba comenzando. Esto con los hombres no lo hacen, quizá sea la idea de que valemos menos o de que, al final, todas las mujeres son una: distintos avatares de una misma identidad.

Tags:
0 shares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *