Madres negras

En Las madres negras, Patricia Esteban Erlés aterroriza a las hijas de Dios

La obra de Platón describe al “demiurgo” como una divinidad y en los textos gnósticos se le identifica como el alma del universo. En ambos casos se trata del principio activo de las cosas: su génesis y gramática organizadora. El problema es que esa palabra no tiene femenino. Ni en el griego antiguo ni en el (algo) más moderno Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Y he allí el asunto de Las madres negras, una novela gótica que presenta una visión metafórica del sometimiento de la mujer. Porque, ¿cómo puede Dios —o el Destino, si preferimos llamarlo así— comprender el sufrimiento de una mujer si no habita, ni si quiera desde la empatía, su carne?

El libro con el que Patricia Esteban Erlés ganó el IV Premio Dos Passos para la Primera Novela trata el escabroso asunto de la condición femenina a través de la descripción de la vulnerabilidad de las niñas. Porque en Las madres negras las atormentadas existencias de las mujeres mayores configuran los espantos de la infancia del puñado de huérfanas que habitan Santa Vela.

La novela transcurre entre los polos que representan la pequeña Mida y su antagonista, la Hermana Priscia. A la primera, hija de una bruja y de un lobo, Dios le ha jugado la travesura de confesarle que no existe, con el solo objeto de revolucionar Santa Vela. La segunda es la autodesignada directora del orfanato que lleva su matrimonio de monja con Dios hasta temibles consecuencias, comportándose como una esposa engañada que busca vengarse.

Entre ellas, por supuesto, se encuentra el demiurgo. Su conflicto es ser eterno. Todo en este personaje implica cansancio: “Dios mira a Dios, su perfecta desnudez. Contempla los brazos nervudos de mármol, sus manos enormes de creador, siempre impolutas. Mira su costillar, sus largas piernas y sus pies descalzos. Palpa con interminable hastío su larga cabellera de león. Suspira de nuevo, sin que importen demasiado las consecuencias”, se lee en la novela. Y es ese tedio divino el origen de los sucesos del argumento. Es su desidia lo que configura el destino desgraciado de estas mujeres. Porque, como Dios se aburre, las chicas sufren.

El gótico “es la manera más visual y hermosa para contar la contradicción entre la claridad a la que aspira el ser humano y la oscuridad que nos contiene”

Atravesando y rodeando el triángulo (no precisamente amoroso) construido entre la Hermana Priscia, la joven Mida y el demiurgo del destino de ambas se encuentran una multitud de personajes con sus historias. Una es la del hacedor de muñecas que compra los cabellos de las huérfanas, cortados al rape cuando entran al orfanato. Otra es la anécdota del doctor Rudin, que buscando la cura para una enfermedad contagiosa se convierte en un torturador. O el relato de la pobre Lavinia quien es, al mismo tiempo, una niña y su hermana.

 

El gótico maravilloso.

El terror causado por los claroscuros entre la negación y la aceptación de Dios configura el principal aspecto gótico del libro. Otros son la narración de sucesos sobrenaturales, la personificación de las cosas y el erotismo vedado. Según explicó la autora durante la rueda de prensa organizada en Madrid, este género del siglo XIX ofrece un mundo fotogénico que aún en el XXI puede explicar nuestro lado tenebroso: “Es la manera más visual y hermosa para contar la contradicción entre la claridad a la que aspira el ser humano y la oscuridad que nos contiene”.

Sin embargo, la ficción caleidoscópica de Esteban Erlés trasciende el gótico al añadirle la misma textura real maravillosa del Gabriel García Márquez de Cien años de soledad. Porque esta novela coral está hecha de cuentos. Cada capítulo cierra una historia de las mujeres y niñas que habitan Santa Vela o quienes las rodean. De esta manera, la autora no se separa del género referencial de su escritura, el cuento. El mismo que la ha puesto dos veces en la lista de finalistas del Premio Setenil al mejor libro de relatos del año y le ha adjudicado reconocimientos como el Premio de Narrativa Santa Isabel de Aragón (con Abierto para fantoches, en 2008) o el de microrrelatos de la Revista Eñe (en 2010).

Al terminar Las madres negras, el lector descubrirá con alegría que sí existe, por lo menos, una “demiurga”. Porque la narración de Patricia Esteban Erlés es como el Destino, que no se detiene por nada: multiplica huérfanas como anécdotas para cuentos, ordena monjas sin pasarlas por una iglesia, describe el cansancio que lleva en la piel una mansión y habla por la boca de Dios. Y como todos estos elementos están hilados conservando la unidad de estilo que Edgar Allan Poe recomendaba para los relatos y los poemas, en cuanto cierre esta novela, el lector no dejará de preguntarse para cuándo será la siguiente.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

En el video de Youtbe Patricia Esteban Erlés habla de su novela “Las Madres Negras”, IV Premio de Primera Novela Dos Passos en la rueda de prensa en Madrid. A su derecha Fernando Marías y Ramón Pernas está a su izquierda

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