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Las crisis sociales, germen de la literatura distópica

Si el mundo se desvanece, el hombre tratará de inventar uno nuevo. Es una especie de mecanismo de defensa al que se aferran algunos escritores y responde a la contemplación de una crisis económica, social o de valores que asola a la comunidad en la que habita. Quizás la primera referencia que se tiene sobre la creación de un nuevo universo literario, alternativo a la realidad del presente, sea el Libro del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía, de Thomas More. El texto es de 1516 y es la primera vez que sea aborda el término “utopía”, que habrá de transformarse con el paso de los años en función de cómo se manifieste el contexto temporal en el relato, o sea, en pasado, en presente, o en futuro. Si la utopía representa un lugar ideal, tal y como indica el propio título de la obra de More, la distopía surge para expresar lo contrario. Esta designación fue acuñada por el filósofo Stuart Mill a finales del siglo XIX, significa “mal lugar” y casi siempre recrea una sociedad indeseable.

Cada época tiene unos problemas que la identifican y no son, a menudo, los mismos que en otras. Mientras que en los siglos XVIII y XIX había una gran pesadumbre por las pestes, las plagas o las enfermedades venéreas, el siglo XX fue el de las grandes guerras mundiales, la incertidumbre ante la eugenesia o la amenaza robótica, entre tantos asuntos. No obstante, preocupaciones de este calado, u otras de carácter más social como la discriminación sexista, la dictadura tecnológica, el cambio climático o las distintas formas de violencia, son temas supeditados al problema central: los sistemas de control que ejerce el poder en las sociedades. Tres grandes obras distópicas del siglo XX reconocidas por la comunidad literaria abordan este asunto: Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell; y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury.

1984, una novela publicada en 1949 y quizás la que mejor representa la pureza del género, es un relato futurista que retrata a una sociedad oprimida y temerosa tras las dos grandes guerras que acababan de asolar el mundo. En lo que se percibe como un mal presagio del autor, el Gran Hermano es un estado totalitario y aterrador que controla el pensamiento y la actividad diaria de los ciudadanos. Huelga decir que el popularísimo programa estrenado en 1999 por John de Mol, primera distopía cumplida para muchos, toma prestado el nombre. Por su parte, Un mundo feliz (1932) es otro clásico de los mundos futuros antiutópicos. Huxley construye un universo ficticio en el que todos los individuos tienen su vida programada, incluso antes de ser embriones. Fahrenheit 451, la novela de Bradbury, es la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde. Seguramente sea la crítica más contemporánea de todas las obras distópicas clásicas.

Es procedente señalar que, aunque estas novelas ya citadas sean las referencias distópicas más reconocidas, poco tiempo antes se publicó la que podría considerarse como obra adánica de todas aquellas que retrataron la sociedad occidental en el siglo XX. Se trata de Nosotros (1921), de Yevgueni Zamiatin, y está ambientada en una cápsula de cristal que encierra a una sociedad sin derecho a la intimidad. Por otro lado, la obra Bienvenidos a Metro-Centre, de J. G. Ballard, rompe la norma que vincula al género distópico con el relato futurista.

“Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas”

George Orwell, 1984

En esta parábola ambientada en un nuevo fascismo basado en la actitud consumista, Ballard inventa un universo paralelo que rastrea los elementos distópicos del presente. El cuento de la criada (1985) de Margaret Atwood, una distopía feminista que ha experimentado una resurrección con la producción de una serie televisiva basada en la novela, y Congreso de futurología (1971), de Stanislaw Lem, son otras obras distópicas de referencia.

 

La narrativa distópica en España.

En España este tipo de narrativa se ha concebido desde el siglo XX como un género fronterizo que la crítica no se ha atrevido a delimitar de forma contundente. Las obras distópicas que logran escapar de los márgenes que imponen la fantasía y la ciencia ficción corresponden, en su mayoría, al siglo XXI. Autores como José Ovejero, Ricardo Menéndez Salmón, Andrés Barba, Sergi Puertas, Ray Loriga o Jesús Carrasco se han apropiado de universos literarios muy singulares que retratan a sociedades decadentes. Cada uno de ellos tiene su propia concepción del género; algunos ni siquiera consideran que su obra sea distópica. Pero lo cierto es que sus propuestas van más allá de la novela realista tradicional, en tanto que construyen nuevos espacios conforme a un imaginario personal muy luminoso, y utilizan formas ficcionales alternativas.

Algunos de estos autores, que han concedido su testimonio para Colofón Revista Literaria con motivo de la publicación de este texto, reconocen influencias distópicas más contemporáneas que algunas de las que ya han sido citadas. La obra de Don DeLillo, por ejemplo, alguna novela de Michel Houellebecq, y muchas referencias audiovisuales como el cine de David Cronenberg, series como Black Mirror han inspirado su narrativa. José Ovejero, por ejemplo, que en su novela Los ángeles feroces (Galaxia Gutenberg, 2015) propone una fábula apocalíptica en la que incluso tiene cabida el don de la inmortalidad, plantea un interesante discernimiento acerca del concepto ideológico de las distopias.

Según Ovejero, “la distopía es crítica, pero puede ser también conservadora; pretende sacudir, pero a veces incluye un discurso sobre el deterioro de las costumbres y los valores, sobre lo dañino de ciertas formas de progreso que pueden funcionar como sermones morales”. En esta línea se expresa Andrés Barba, ganador del más reciente Premio Herralde de Novela que convoca la editorial Anagrama. El autor de República luminosa, una novela notable cuyo título no parece tener una relación muy estrecha con la gran historia que narra —niños violentos que atemorizan a una población—, coincide en que “el aire moralista es lo que hace antipáticas a las distopías”.

Ricardo Menéndez Salmón, ganador con su novela distópica El sistema del Premio Biblioteca Breve de 2016, convocado cada año por la editorial Seix Barral, considera que “la clave es advertir”. Y añade: “Se diagnóstica un mal presente y se proyectan sus consecuencias, casi siempre ominosas. El escritor, en definitiva, se convierte no necesariamente en un profeta, pero sí en un patólogo”. En base a estas declaraciones se comprende que en su novela más reciente, Homo Lubitz (Seix Barral, 2018), el autor utilice como punto de partida para todo el desarrollo de los acontecimientos un suceso que asiste, también, como leitmotiv: el asesinato múltiple del piloto Andreas Lubitz a manos de un avión que estrelló deliberadamente contra los Alpes franceses.

Menéndez Salmón se expresa así en el libro para referirse a este suicidio que terminó con la vida de 149 personas: “El suceso que debía calificarse como un punto de no retorno en la consideración del Homo sapiens y de su paso sobre la Tierra […] Aquel acontecimiento había abierto el más profundo abismo al que el ser humano se había asomado”, pues iba, según el autor, en contra de “la existencia de un principio moral”. Esta reveladora reflexión es el eje sobre el que gira el significado de la novela. Una obra que, según el propio autor, “se ha calificado de distopía de un modo un tanto gratuito”.

Por otro lado, el escritor y periodista experto en el género Ricard Ruiz Garzón publicó en 2014 una antología de cuentos distópicos, Mañana todavía, más cercanos a la fantasía. Nombres como Rosa Montero, José María Merino, Elia Barceló, Susana Vallejo, Javier Negrete, Emilio Bueso o Laura Gallego componen esta caleidoscópica propuesta distópica. Ruiz Garzón considera que “la gente ha empezado a creer que el género fantástico, y la distopía con él, permiten prepararse mejor para la imprevisibilidad de lo que se avecina”. Es su forma de interpretar las advertencias sobre el destino “si las cosas no cambian”.

“La gente ha empezado a creer que el género fantástico, y la distopía con él, permiten prepararse mejor para la imprevisibilidad de lo que se avecina”

Ricard Ruiz Garzón

Menéndez Salmón, en cambio, cree que en realidad “la literatura no nos prepara para nada”. Y expone el ejemplo del citado Zamiatin, que “insinuó en Nosotros hacia dónde se encaminaba la experiencia revolucionaria rusa y nadie le creyó”. Además, señala que “unas cuantas generaciones han leído 1984 para luego arrojarse voluntariamente en brazos de Facebook o de cualquier sucedáneo del Big Brother”. Este escepticismo es compartido por algunos de sus coetáneos como Ovejero, que opina que lo que la literatura hace no es prepararnos para el futuro, sino que “nos empuja a resignarnos a un determinado futuro”.

 

Un género reacio a la esperanza.

En cuanto al cariz emocional que supuestamente habría de tener un relato distópico, existe cierta disparidad de opiniones, pero lo cierto es que casi todas las historias están teñidas de un tono desesperanzado. Si, como afirma la historiadora Jill Lepore, “la utopía es el paraíso y la distopía, el paraíso perdido”, arguyendo que en todas se visibiliza una pérdida de las libertades del individuo, es más que comprensible la aparición de obras como la última novela de Ray Loriga, Rendición, Premio Alfaguara 2017. Bajo una clara influencia de Zamiatin en Nosotros, el autor narra la historia de una familia que es desterrada de su casa y obligada a vivir en una ciudad de cristal. Es el retrato de una sociedad superficial, donde incluso las paredes son transparentes, en clara alusión a la deplorable falta de intimidad a la que la sociedad se ha visto avocada en el siglo XXI, por culpa del desarrollo fulgurante de las redes sociales.

Elia Barceló, autora del cuento “2084. Después de la revolución”, incluido en la antología ya citada Mañana todavía, coincide en que “el interés por las distopías aumenta en épocas en las que sentimos que no avanzamos en la dirección correcta”. Otro cuentista, Jordi Puertas, propone en su libro de relatos Estabulario (Impedimenta, 2017) varios universos distópicos muy diferentes entre sí, con la dificultad que ello supone. Destaca el que abre el libro, donde un hombre se resigna a vivir con un aparato impregnado en el cuerpo a sabiendas de que puede costarle la vida. Una crítica tremendamente mordaz hacia la inhumanidad de las nuevas tecnologías.

Respecto al contexto temporal en el que son inscritas estas narraciones, Andrés Barba no contempla “ninguna razón por la que no pueda hacerse una distopía en el pasado”. Como casi siempre sucede, el problema reside en la terminología que cada académico conceda atribuir a las obras distópicas. Pero lo que no parece tener sentido es tratar de separar la ucronía, “reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos” según el diccionario de la Real Academia Española, del género distópico, en tanto que se trata de un relato imaginario, en este caso sobre las consecuencias que se hubieran producido si el pasado hubiera sido distinto. Una obra clásica, El hombre en el castillo (1962), de Philip K. Dick, plantea qué habría sucedido si hubieran sido Alemania y Japón los que resultaran ganadores de la II Guerra Mundial.

“Somos un país vacante, sin criterio, sin inteligencia, sin proyecto alguno que no sea el de la supervivencia personal. España se merece distopías porque ahora mismo es un país aterrador”

Ricardo Menéndez Salmón

Uno de los ejemplos más recientes de ucronía es la novela La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco. Se presenta una España invadida por un gran imperio europeo a comienzos del siglo XX. El autor mantiene el tono desasosegado de su primer libro, Intemperie, un éxito abrumador que, aunque no comparte todos los requisitos de una utopía “al uso”, sí se muestra como un relato apocalíptico al modo de Cormac McCarthy en La carretera. Ricardo Menéndez Salmón tiene su propia teoría sobre esa tendencia reciente de la literatura española hacia la distopía: “Somos un país vacante, sin criterio, sin inteligencia, sin proyecto alguno que no sea el de la supervivencia personal. España se merece distopías porque ahora mismo es un país aterrador”.

 

Jaime Cedillo (@JaimeCedilloMar) es periodista, músico y poeta. Colabora con El Cultural, publicación del diario El Mundo y con otros medios de comunicación. Se graduó en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Rey Juan Carlos I y cursó el Máster de Crítica y Comunicación Cultural de la Universidad de Alcalá de Henares

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