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La novela Toño Ciruelo, de Evelio Rosero, transita el camino del abismo

 

Evelio Rosero es un escritor colombiano nacido en 1958 que se dio a conocer internacionalmente con la novela Juliana los mira, de 1986, traducida a una decena de idiomas. Con Los ejércitos su reconocimiento internacional se vio consolidado al obtener el Premio Tusquets de Novela en 2006. Su más reciente novela, Toño Ciruelo transita el camino del abismo, o como reza en el título de cierta película alemana sobre Francisco de Goya “el diabólico camino del conocimiento”.

La novela de Evelio Rosero relata la vida, desde la adolescencia hasta los cincuenta años, de Antonio Ciruelo y Eriberto Salgado, aunque centrada casi exclusivamente en Toño. Ambos personajes, junto a un tercero: Fagua, que desaparecerá de la historia al comienzo de la vida adulta, se conocen en un colegio de curas en Bogotá y juntos vivirán esas aventuras imprescindibles en toda historia de crecimiento. Luego se separarán y Eri tendrá noticas de su amigo por terceros, que relatarán extravagantes anécdotas, como cierta experiencia teatral escandalosa y la vivencia de una comuna, terminada en desastre. Cada tantos años, Toño Ciruelo aparece brevemente en la vida de Eri para estremecer sus convicciones. Los últimos capítulos son fragmentos de un cuaderno de Ciruelo donde ha recogido de manera caótica, en una escritura fractura como su conciencia, su tránsito vital, el camino del abismo que lo ha convertido en un asesino.

La presencia del mal en nuestra vida y la fascinación que este ejerce sobre nuestra conciencia parece ser el tema principal de la novela; pero al contrario del Mal metafísico, esencialista por naturaleza, en la novela tiene implicaciones claramente sociales. Toño pertenece a una clase social privilegiada y esa clase no está lejos de esa noción social del mal. El mismo Ciruelo los presenta como ladrones de guante blanco, ex gobernadores, concejales, congresistas, saqueadores del erario público, alcaldes, magistrados, graduados de Harvard, líderes del hampa nacional, narcos, ex generales. “Es que Somos del País de los Vivos, te decían esos pájaros sin ninguna vergüenza”, afirma. Si el mal existe, no se encuentra sólo entre los que manejan el cuchillo o la pistola.

La primera aparición de Antonio Ciruelo en casa de su amigo Eri Salgado tiene tintes rabelesianos, que si bien están ausentes luego del resto de la novela, establece eficientemente el carácter que el personaje tiene para su amanuense, narrador y testigo, amigo-enemigo, la desmesura escatológica, visceral, la inmensa capacidad para producir repulsión, asombro y fascinación al mismo tiempo: “la ciudad entera cayó pulverizada: eran los ruidos de la carne de Toño, un terremoto más aterrador por lo íntimo, sus vísceras se rebelaban, su mundo de intestinos estallaba…”. Y este exceso se verá reafirmado en la descripción de Toño, que es tanto física como espiritual: “su vasto pecho de marinero subía y bajaba precipitado, el vello de macho cabrío afloraba por su camisa abierta… en las puntudas orejas, era un erizo, el ruin que siempre conocí, un rictus de ángel, pero la oscura perfidia se imponía al final, era el mal…”

“la ciudad entera cayó pulverizada: eran los ruidos de la carne de Toño, un terremoto más aterrador por lo íntimo, sus vísceras se rebelaban, su mundo de intestinos estallaba…”

La personalidad de Toño domina toda la novela: su inteligencia, su capacidad para enamorar a todas las mujeres, su encanto, su violencia, su falta de escrúpulos morales aparecen resaltados durante todo el cuerpo la novela. De Eri, en cambio, narrador y testigo, conocemos muy poco más allá de la perversa fascinación que lo lleva a aceptar los abusos y desmanes del otro, oponiendo, a veces, una muy débil resistencia. Tal vez sea un aspecto necesario del diseño de la obra, aunque no dejo de anotar mi deseo de conocer más sobre este personaje. Su función parece ser la de ofrecer un contraste, ser una sombra, un doble: “¿Por qué seguía con Toño Ciruelo y brindaba con él, con el demonio?,… ¿también yo –me maldije– me encontraba sumido en su potestad?”

No hay una respuesta clara o única para las preguntas de Eri. ¿Por qué nos seducen los monstruos? ¿Por qué necesitamos el dolor, el relato del dolor, el recuerdo del dolor, para recordarnos que estamos vivos? Eri ensaya una respuesta: Toño entendía el mundo y se entendía a sí mismo y eso lo ayudó (a Eri) a vivir. Pero hay otra respuesta, que nos coloca más cerca de la famosa frase de Nietzsche sobre mirar en el abismo: “…das miedo, Ciruelo, espantas, por eso mismo quiero escucharte, grito por grito.”

 

Rubi Guerra es narrador, editor, periodista y promotor cultural. Es fundador de la sala de arte y ensayo Ocho y Medio y asesor de la Casa Ramos Sucre en Cumaná, Venezuela. Ha publicado casi una decena de libros, entre los que se encuentra La tarea del testigo (Premio Rufino Blanco Fombona, 2007), Las formas del amor y otros cuentos (Premio Salvador Garmendia, 2010), El discreto enemigo, que editó en 2016 Madera Fina.

 

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