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En “La extinción de las especies”, Diego Vecchio propone su propia versión de la historia

Cuando Diego Vecchio escribió La extinción de las especies, la novela finalista del Premio Herralde 2017 de la editorial Anagrama, sabía que podía ser tildado de pretencioso. Las primeras páginas anuncian una historia con una importante carga científica que se antoja, cuanto menos, solemne. Pero lo que verdaderamente propone Vecchio en esta novela es una parodia sobre el relato científico de la Historia. “Por momentos, el relato científico peca de ingenuidad. Sigue creyendo empedernidamente en el progreso ilimitado de la técnica”, asegura el propio autor. Y añade: “Continúa idolatrando los grandes inventos, olvidando que estas mismas invenciones provocaron y siguen provocando la ruina del planeta y la aniquilación de una parte de la humanidad”.

El humor es imprescindible en esta suerte de ucronía sobre la historia de un museo, que se erige como elemento protagonista de la trama. “Es verdad que introducir un poco de ciencia en un relato literario puede llegar a arruinarlo todo”, reconoce Vecchio. Por eso, considera que “el mejor antídoto contra este mal es el humor. La ciencia resulta menos nociva para la literatura cuando penetra por la trastienda, sigilosamente, como un gato que viniera a robar comida”.

Durante la Guerra Civil estadounidense, se construye en Washington D.C. un museo de ciencias naturales que pretende ser el mejor del mundo. El Museo de historia natural es el resultado de una herencia del británico Sir James Smithson que cae en manos del gobierno americano. Dado que, según el testamento, el patrimonio “había de estar destinado al progreso y difusión de la ciencia”, el Congreso decide construir un museo de especies naturales, cuyo primer director sería Zacharias Spears, un ciudadano honorable y respetado por haber servido a los soldados mutilados en la Guerra Civil. A partir de este planteamiento, Vecchio teje un relato dividido en siete capítulos, siendo el segundo, “Historia Natural”, el más interesante de todos. En él propone su propia versión de la historia de la humanidad, según la cual los seres humanos descendemos de una mutación de las ardillas.

“La ciencia resulta menos nociva para la literatura cuando penetra por la trastienda, sigilosamente, como un gato que viniera a robar comida”

Con un cariz humorístico tratado de manera muy sutil, Vecchio se remonta al principio de los tiempos para contar cómo los hongos se convirtieron en los primeros habitantes del planeta. El surgimiento de los mamíferos gracias a la mutación de una especie de cangrejos es la prueba final de esta disparatada “teoría fallida con potencial literario”, como él mismo la define. El humor en este libro adopta muchos contornos, aunque generalmente toma forma de “humor británico” por la elegancia con la que el autor lo infiltra a través de brillantes pasajes como éste, en el que cuenta cómo el dinosaurio fue capaz de volar: “Un día, uno de estos pobres animales se resbaló y se desplomó. Pero en lugar de precipitarse en el vacío y estrellarse contra el piso, haciéndose añicos, aprovechó la fuerza de la caída para convertir la energía potencial en fuerza cinética, inventando un nuevo medio de locomoción: el vuelo”.

 

Humor e ironía.

El humor de Vecchio suele ser de carácter agudo e inteligente, como en el momento en que “Eleanor fue reincorporada al museo como coordinadora adjunta del guardarropa”. Pero otras veces es pretendidamente mordaz. Por ejemplo, cuando se burla de los cultismos utilizados usualmente por las élites artísticas. Habla de “condiciones de vida infrapictóricas” para referirse irónicamente a un cuadro en mal estado en lo que se antoja como una crítica sutil hacia este segmento social. Por otro lado, hay una frase brillante con una pizca de humor negro cuando el protagonista, Zacharias Spears, obedece los consejos de su secretaria y realiza una exposición con niños momificados: “Los dos niños estaban tan resplandecientes como cuando habían acabado de nacer”.

Con este pasaje, Vecchio expresa su reflexión acerca del museo como institución. “Cualquier cosa puede ser exhibida en un museo —un esqueleto, un cuadro, un fetiche, una lata de sardinas, una locomotora con pijama— siempre y cuando se invente una fábula que le dé sentido. De ahí el enorme potencial literario de los museos”, cuenta el propio autor para Colofón. Además, de esta forma cuestiona la influencia que tiene el público en el contenido de las exposiciones que propone el museo. “El comportamiento de los visitantes era imprevisible. Un día se encaprichaban con un pájaro disecado. Al año siguiente, sin razones demasiado claras, por un cráneo esculpido”, sugiere en uno de los capítulos finales de la novela.

“La naturaleza nunca da marcha atrás. Cuando se le presenta un obstáculo, se aventura por senderos laterales”

La extinción de las especies utiliza numerosas fórmulas para encandilar al lector, como el humor ya mencionado o los relatos trepidantes que recuerdan a un “western” sobre las luchas de las tribus, en la segunda parte del libro. Pero el verdadero triunfo de esta novela es su capacidad para abordar un asunto tan denso como la institución museística sin que decaiga el relato. Por más troncos a los que se agarre —es necesario para mantener viva a la trama—, en ningún momento obvia el tema principal de la novela. Vecchio juega limpio a la hora de poner en marcha este complejo artefacto literario que, tan pronto habla de las tradiciones y costumbres de una tribu, como de la locura a la que llega el director de un museo. Ha tenido la habilidad de abordar un tema como este, a priori tedioso, desde una perspectiva interesante y atractiva.

Hay numerosas referencias artísticas e históricas, además de científicas. Pero el lector no siente que los tecnicismos lo extraigan de una lectura que se pretende equilibrada. Vecchio trata, entre otros asuntos, la financiación en los museos, las operaciones financieras entre agentes del arte o las expediciones en busca de material para la institución, donde se deja entrever una referencia al colonialismo. Dejando atrás el museo, otorga mucha importancia a la simbología de las tribus: la cultura, las batallas, los relatos de los sabios. Es una novela coral que casi todo lo abarca. Por supuesto, son abundantes las reflexiones existenciales sobre la historia, la realidad, el presente. “La naturaleza nunca da marcha atrás. Cuando se le presenta un obstáculo, se aventura por senderos laterales”, dice en el libro.

 

Jaime Cedillo (@JaimeCedilloMar) es periodista, músico y poeta. Colabora con El Cultural, publicación del diario El Mundo y con otros medios de comunicación. Se graduó en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Rey Juan Carlos I y cursó el Máster de Crítica y Comunicación Cultural de la Universidad de Alcalá de Henares.

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