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Algo palpita en el centro de La condición animal, el primer libro de Valeria Correa Fiz

De un primer libro de narrativa siempre se tienen expectativas encontradas, cuando se tienen algunas. Por un lado están las del autor, al no saber cómo será recibida su obra, las del editor, que suele expresarlas en entusiastas notas de contratapa, y las del público lector, entre curioso y desconfiado. En el caso de La condición animal, primer libro de la argentina Valeria Correa Fiz, confieso que lo me llevó hasta él fue la curiosidad de leer a una autora latinoamericana sobre la que no tenía ninguna referencia.

Lo primero que se hace evidente en La condición animal es la búsqueda de unas historias fuertes, escabrosas, incluso viscerales en su sentido más lato, como nos lo recuerda el primer cuento, “Una casa en las afueras”, en el que una mujer semiabandonada, es decir, en ese estado en el que un matrimonio se sostiene en unas pocas rutinas y nada más, pero al que falta un elemento catalizador para que se termine de desintegrar, enfrenta (es una manera de hablar) a un grupo de jóvenes delincuentes que invaden su casa. La resolución, a mi parecer innecesariamente sangrienta, deja claro el tono de muchos de los relatos. La muerte del gato parece recordarnos que, después de todo, la condición animal no es distinta de la condición humana.

Algo similar ocurre en “La vida interior de los probadores”, narrado en primera persona por un joven que sufre algún tipo de trastorno. La narración, en la voz del personaje, extraña y contradictoria pero convincente, se ve afectada por la escena del probador de ropa en exceso cercana al gore; lo que, de nuevo, me parece innecesario.

No me atrevería a afirmar que Valeria Correa Fiz busca impactar demasiado deliberadamente a los lectores, pero en algunos de los cuentos es la impresión que produce. Puede ser revelador que cuando se aparta de estos efectos, como en “Lo que queda en el aire” y “Las invasiones”, alcanza un tono sugestivo que indica que puede manejarse con soltura en distintos registros: “Qué poco sabrán de ella y de Japón las generaciones por venir, piensa de pronto, y se siente nuevamente triste. ¿Habrá volcanes nevados allá, del otro lado del mundo? ¿Y cerezos? ¿Tendré un jardín?, se pregunta. Está afligida y cansada y el niño, al que le ha dado por moverse, le está haciendo daño en la pelvis, pero quiere recordar este momento en el que ella secretamente ya ha decido la partida.”

“Está afligida y cansada y el niño, al que le ha dado por moverse, le está haciendo daño en la pelvis, pero quiere recordar este momento en el que ella secretamente ya ha decido la partida.”

El cuento más logrado del conjunto es “Nostalgia de la morgue”, casi una novela corta en su extensión, que logra combinar armónicamente la exploración de los aspectos más extremos y turbadores de la existencia y la belleza. En él se narra, transcurridos más de tres décadas de los sucesos, la amistad en un hospital entre un homosexual y un muchacho al que han amputado las manos. Crueldad y ternura se unen en un único cauce narrativo de innegable poder narrativo: “Así lo conocí, inválido a causa de una infección. Sin cerrar los ojos, veo aún el trajín de las enfermeras que le atravesaban el cuerpo con atenciones y gasas mientras Esteban lloraba con ese aire de gánster de ballet que lo hacía irresistible. Al principio, se le soltaron un par de lágrimas lentas de los ojazos azules. Después, el llanto creció en progresión geométrica. Se derramaba sobre la cara imberbe, haciendo la pelusa aún más rubia… Cuando lo trajeron del quirófano esa mañana hace ya más de treinta y cinco años, me pregunté qué habría sentido el médico al cortar una masa elástica de músculos, nervios y huesos jóvenes.”

A pesar de mis reservas que, reconozco, se pueden deber a simples prejuicios, el primer libro de narrativa de Valeria Correa Fiz es un conjunto altamente recomendable que nos descubre a una autora con pleno dominio de sus materiales y segura en sus elecciones estéticas.

 

Rubi Guerra es narrador, editor, periodista y promotor cultural. Es fundador de la sala de arte y ensayo Ocho y Medio y asesor de la Casa Ramos Sucre en Cumaná, Venezuela. Ha publicado casi una decena de libros, entre los que se encuentra La tarea del testigo (Premio Rufino Blanco Fombona, 2007), Las formas del amor y otros cuentos (Premio Salvador Garmendia, 2010), El discreto enemigo, que editó en 2016 Madera Fina.

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