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En La cámara sangrienta, Angela Carter expone la sexualidad femenina en diez cuentos “de hadas”

La cámara sangrienta es un conjunto de diez cuentos de la escritora británica Angela Carter en los que ensaya, de muy afortunada manera, nuevas versiones de algunos cuentos populares muy conocidos, de los llamados “de hadas”, aunque el término no sea muy exacto. También hay acercamientos a la figura del vampiro y el hombre lobo. Estos cuentos son narraciones híbridas, difíciles de clasificar, melancólicas en muchos casos, pero recorridas por un humor irónico que en ocasiones aparece como una corriente subterránea en el relato y en otras ocupa el primer plano. En estas líneas de “La cámara sangrienta” aparece ese humor que deriva, en gran medida, más de una forma de decir que de una situación: “Me desnudó, dada su naturaleza glotona, como si estuviera arrancando las hojas de una alcachofa; pero no imaginéis demasiado refinamiento en aquel acto; ni esta alcachofa era un capricho especial para la cena, ni él sentía todavía un ansia voraz”.

Por cierto que deseo y voracidad parece ser términos equivalentes en estas historias, o al menos estar fuertemente asociados, ya que casi todos los personajes parecen estar bajo la amenaza de ser devorados literalmente (sobre todo las mujeres) al tiempo de ser poseídos sexualmente, o estar dominados por el ansia de devorar y alimentarse y poseer. Por supuesto que esta asociación ha sido más que suficientemente expuesta por la psicología y el psicoanálisis, pero Angela Carter logra arrancar a estas imágenes que pudieran parecer gastadas unas resonancias emocionantes y diría que hasta conmovedoras.

En contra de lo que pudiera esperarse, las mujeres de estos cuentos no son víctimas aun cuando se vean constreñidas a un papel tradicional (el de la pasividad y el acatamiento) o se encuentren en una situación peligrosa que amenaza sus vidas. Así, la joven protagonista de “La cámara secreta”, versión de “Barbazul”, “ingenua pero no inocente”, enfrenta con ánimo y resolución la amenaza de violencia y muerte que representa el esposo. O la Caperucita de “El hombre lobo”, segura y dueña de su sexualidad, como se expresa en este párrafo maravilloso: “Se planta y camina dentro del pentáculo invisible de su propia virginidad. Es un huevo sin romper; es un recipiente sellado; tiene en su interior un espacio mágico cuyo paso permanece cerrado con un tapón de membrana; es un sistema cerrado; no sabe sentir escalofríos. Lleva su cuchillo y no tiene miedo de nada”.

Ninguna de las heroínas de Carter es temerosa; siempre hay en ellas una manifiesta o insinuada rebeldía, un afán de independencia, una capacidad insólita para enfrentar sus temores, estén representados estos por esposos asesinos, hombres lobos, trasgos o seres híbridos de hombres y bestias.

“Se planta y camina dentro del pentáculo invisible de su propia virginidad. Es un huevo sin romper; es un recipiente sellado; tiene en su interior un espacio mágico cuyo paso permanece cerrado con un tapón de membrana; es un sistema cerrado; no sabe sentir escalofríos”

En La cámara sangrienta la fuerza de lo sexual es un asunto primario, esencial en su sentido original, que dota a las mujeres de un ímpetu del que carecen los personajes masculinos, más frágiles e indefensos, inclusive los malvados, con lo que se invierten los roles clásicos en las historias populares y de hadas. Un buen ejemplo lo constituye el personaje masculino de “La dama de la casa del amor”, un extraordinario cuento de vampiros, quien entra al castillo de la condesa “Con su juventud, su fuerza y su belleza rubia; con el pentáculo invisible y hasta ajeno a él de su virginidad…” Y la repetición de las palabras con las que se describe la virginidad de Caperucita no hace sino destacar las diferencias entre uno y otro personaje. Igual sucede con la Bestia de “El cortejo del señor León”, el Tigre de “La novia del tigre”, el ser de los bosques de “El rey trasgo” y el hombre lobo de “La compañía de los lobos”; todos, de distintas maneras, se hallan sometidos al influjo poderoso de lo femenino y su sexualidad. Tal vez por eso el personaje masculino de “La cámara secreta” sea comparado con una flor, “un lirio fúnebre”, carnoso, pesado y repugnante, pero flor al fin y al cabo.

La cámara sangrienta  destaca entre otros libros que también han bebido de las fuentes del cuento popular de manera más o menos abierta y con variada habilidad, por su profundidad, su belleza y su sentido del humor.

 

Rubi Guerra es narrador, editor, periodista y promotor cultural. Es fundador de la sala de arte y ensayo Ocho y Medio y asesor de la Casa Ramos Sucre en Cumaná, Venezuela. Ha publicado casi una decena de libros, entre los que se encuentra La tarea del testigo (Premio Rufino Blanco Fombona, 2007), Las formas del amor y otros cuentos (Premio Salvador Garmendia, 2010), El discreto enemigo, que editó en 2016 Madera Fina.

 

La ilustración que encabeza esta reseña es una de las que aparece en el libro hecha por Alejandra Acosta.

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