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La banda de los niños, de Roberto Saviano, dispara con ferocidad contra todos

En La banda de los niños, el periodista y novelista italiano Roberto Saviano sigue la historia de Nicolas Fiorillo, un adolescente napolitano contemporáneo, y los amigos que lo acompañan en su empresa criminal: tomar el control del negocio de la delincuencia en Nápoles, ser los reyes de la ciudad, los capos de todos los capos. Para esto se valen de una mezcla de violencia y alianzas con viejos jefes de la Camorra caídos en desgracia. Como muchos, comienza en el escalafón más bajo: vendiendo drogas en las calles a cuenta de un “jefe de plaza” de quien reciben un pequeño sueldo. La Nápoles de Nicolas y sus amigos es la que ha surgido luego de los grandes procesos judiciales de los últimos años que han llevado a decenas de jefes camorristas y sus secuaces a la cárcel o a la prisión domiciliaria luego de haberse “arrepentido” y confesar sus crímenes; es decir, una ciudad en la que el crimen no ha desaparecido, tal vez ni siquiera disminuido, pero en la que sus estructuras de poder han sido seriamente afectadas, lo que conduce a una situación de alianzas inestables y desconfianza generalizada, ideal para el surgimiento de bandas criminales dispuestas a medrar en el nuevo ambiente sin respetar las jerarquías legadas por la tradición. Y los integrantes de estas bandas son cada vez más jóvenes y más violentos, lo que les permite “Crear desconcierto y reinar sobre el desorden y el caos para un reino sin coordenadas.”

La novela de Saviano relata, paso a paso, cómo Nicolas —a quien llaman Marajá— y una docena de amigos se elevan de simples peones del crimen organizado a una banda a la que hay que tomar en cuenta, a la que se desprecia, se odia, se teme y se respeta al mismo tiempo, dedicada, principalmente, a la venta de drogas y a las extorsiones en el barrio de Forcella, en el centro de Nápoles. En ese camino hay varias estaciones que parecen obligatorias: algunos robos, el entrenamiento con las armas, el asesinato como muestra de coraje (aunque esos asesinatos se cometan contra inmigrantes desamados y en absoluto peligrosos), el desafío y enfrentamiento con los jefes criminales ya establecidos.

“Reinar sobre el desorden y el caos para un reino sin coordenadas”

La intención de Saviano es clara: denunciar una situación que pone en peligro el tejido social de Nápoles, y por extensión de Italia y Europa (ya que las ramificaciones y complicidades del crimen llegan a todos lados), mostrándola desde el interior, desde su cotidianidad más gris, haciendo visible de esta manera lo que las estadísticas no pueden mostrar, el fracaso de una sociedad que no ha sabido ofrecer más que una seguridad material que siempre resulta escasa, y en la que cualquier método para obtenerla es lícito. Porque, en definitiva, lo único que desean los niños y jóvenes que integran la banda del Majará, desde la perspectiva del autor, es más cosas para consumir, sea ropa de marca, videojuegos, bebidas (lo único que beben es champán, lo que resulta bastante exótico para este cronista), armas y drogas. No son rebeldes ni vengan agravios, no cuestionan nada ni desean cambiar nada, en otras palabras, están perfectamente integrados a una cultura en la que la ostentación de la riqueza obtenida de cualquier manera genera respeto automático.

“Niños los llamaban y niños eran de verdad. Y como quien aún no ha empezado a vivir, no tenían miedo de nada, consideraban a los viejos ya muertos, ya enterrados, ya acabados. La única arma que tenían era la ferocidad que los cachorros de hombre aún conservan”

“Niños los llamaban y niños eran de verdad. Y como quien aún no ha empezado a vivir, no tenían miedo de nada, consideraban a los viejos ya muertos, ya enterrados, ya acabados. La única arma que tenían era la ferocidad que los cachorros de hombre aún conservan”. Pero estos niños feroces son también víctimas de la sociedad en la que viven y crecen. Matar, morir y consumir parecen ser sus únicos propósitos, aunque tal vez esta visión del novelista italiano sea reduccionista. Es notoria la ausencia de vida interior de los personajes, y es inevitable preguntarse si una mayor atención a este aspecto no habría producido una novela más matizada y rica en sus modulaciones emocionales. Sea como sea, La banda de los niños se lee con interés y cierto asombro (¿Estas cosas en realidad pasan así?, se pregunta el lector en varios momentos), también con alarma.

 

Rubi Guerra es narrador, editor, periodista y promotor cultural. Es fundador de la sala de arte y ensayo Ocho y Medio y asesor de la Casa Ramos Sucre en Cumaná, Venezuela. Ha publicado casi una decena de libros, entre los que se encuentra La tarea del testigo (Premio Rufino Blanco Fombona, 2007), Las formas del amor y otros cuentos (Premio Salvador Garmendia, 2010), El discreto enemigo, que editó en 2016 Madera Fina.

 

La foto que abre este artículo fue tomada el 9 de Mayo de 1910 por Lewis Wickes Hineen St. Louis, Estados Unidos.

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