judith Butler

Judith Butler escribe sobre lo que significa estar dentro de los “Marcos de guerra”

El punto de partida del libro Marcos de guerra, de la filósofa estadounidense Judith Butler, es claro y categórico: “Si ciertas vidas no se califican como vidas o, desde el principio, no son concebibles como vidas dentro de ciertos marcos epistemológicos, tales vidas nunca se consideraran vividas ni perdidas en el sentido pleno de ambas palabras”. A partir de allí, su libro es una indagación en aspectos políticos y morales (además de epistemológicos) de las guerras contemporáneas, particularmente aquellas en las que ha participado Estados Unidos. Su posición, patente en toda la extensión del texto, no es la de una investigadora imparcial, sino la de alguien implicado desde una postura política a favor de quienes considera sometidos a la injusticia de un sistema que determina quién es o no miembro de la especie humana.

Butler llama la atención sobre el concepto de “marco” (frame, en inglés, tiene connotaciones que se escapan en español: en particular, framed puede significar ser falsamente acusado por la policía, y ser sometido a una acusación fraudulentamente con pruebas inventadas), al que considera cultural y políticamente determinado, y que nos permite aprehender o no las vidas de los demás “como perdidas o dañadas” y la posibilidad de que estas vidas sean o no dignas de ser lloradas. Como dije, estos marcos conceptuales están políticamente determinados, es decir, responden a una operación política que invisibiliza ciertas vidas o el daño que se produce en ellas, en aras de una superioridad moral o histórica asumida como incuestionable. Por ejemplo, al encarnar Occidente la noción de progreso y democracia, condena otras culturas (principalmente, en la argumentación de Butler, la musulmana) a una valoración fuera de la escala humana. En épocas de guerra, esta operación alcanza sus más radicales extremos y encontramos justificado someter a otras personas, a las que hemos negado previamente su condición de humanidad, a la tortura, las vejaciones de todo tipo y la muerte.

Hay normas para lo que consideramos humano, pero Butler pone el acento no simplemente en cómo incluir más personas en las normas existentes, sino cómo establecer nuevas normas que permitan “una serie más igualitaria de las condiciones de reconocibilidad” y se pregunta “qué podría hacerse para cambiar los términos mismos de Ia reconocibilidad con el fin de producir unos resultados más radicalmente democráticos?”.

“Si ciertas vidas no se califican como vidas o, desde el principio, no son concebibles como vidas dentro de ciertos marcos epistemológicos, tales vidas nunca se consideraran vividas ni perdidas en el sentido pleno de ambas palabras”

Butler destaca que es condición misma del marco romper con su contexto y desplazarse buscando contextos nuevos y creando nuevos sentidos guiados por la razón política. Así, estos marcos epistemológicos parecen invencibles, ya que continuamente encuentran esos nuevos contextos para seguir creando normas diferenciales en la valoración de la vida humana. Sin embargo, la autora deja una puerta abierta: “Como el marco rompe constantemente con su contexto, este autorromperse se convierte en parte de su propia definición, lo cual nos lleva a una manera diferente de entender tanto la eficacia del marco como su vulnerabilidad a la inversión, la subversión e, incluso, a su instrumentalización crítica.” En ese sentido, “romper” el marco, “escaparse” del marco, puede significar para las personas o las comunidades “enmarcadas” encontrar maneras en que las vidas humanas lleguen a otros lugares más propicios.

Si todos somos humanos, ¿por qué unas vidas merecen ser lloradas y otras no? Es la pregunta de fondo en los cinco ensayos que conforman el libro. Y la respuesta parece estar en la fragilidad, es decir, en la posibilidad de ser dañado; y es allí donde Judith Butler encuentra nuestra común condición humana; esta fragilidad de los humanos es lo que nos permite reclamar el derecho a ser llorados.

 

 

Rubi Guerra es narrador, editor, periodista y promotor cultural. Es fundador de la sala de arte y ensayo Ocho y Medio y asesor de la Casa Ramos Sucre en Cumaná, Venezuela. Ha publicado casi una decena de libros, entre los que se encuentra La tarea del testigo (Premio Rufino Blanco Fombona, 2007), Las formas del amor y otros cuentos (Premio Salvador Garmendia, 2010), El discreto enemigo, que editó en 2016 Madera Fina.

 

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