juan rulfo

“Juan Rulfo no existe: existes tú. Empieza”, escribe Cristina Rivera Garza

En ocasión de recibir el Premio Príncipe da Asturias en el año 1983, a Juan Rulfo le entrevistaron en Televisión Española con el objeto de indagar en las características de su proceso creativo:

– Lo que pasa es que yo trabajo, contestó el autor de la novela Pedro Páramo y la colección de relatos El llano en llamas.

Además de escritor, Rulfo fue editor, fotógrafo y creador audiovisual, pero el trabajo que ejerció como agente de ventas de la compañía de cauchos Goodrich-Euzkadi desde 1947 hasta 1952 es el que ofreció más material a su literatura. La sospecha sirve de punto de partida para el libro más reciente de Cristina Rivera Garza, Había mucha neblina o humo o no sé qué. “Tal vez en esa respuesta impensada, en esa respuesta casi automática, haya más verdad de la que hemos estado dispuestos a conceder. Los trabajos de Rulfo, después de todo, fueron los que lo llevaron en persona a todos los lugares y a todas las personas que terminaron marcando la obra que plasmó en párrafos y que desplegó en imágenes”.

En la obra híbrida de no-ficción la catedrática del Colegio de Artes Liberales y Ciencias Sociales de la Universidad de Houston contempla el currículum profesional de Rulfo, a veces desde la academia y otras desde la ficción, para referirse a los elementos extraliterarios que sirvieron de cantera para la redacción de los dos únicos libros que componen la obra del autor fundamental del canon literario mexicano. El libro de Rivera Gaza aparece cuando se cumple el centenario del nacimiento del autor oriundo de Jalisco. Se trata de uno de los estudios menos ortodoxos de su obra, lo que causó polémica con los miembros de la institución guardiana de su legado, la Fundación Juan Rulfo, que tacharon a su libro de “difamatorio”.

México, la modernidad y la literatura.

Uno de los mejores momentos de Había mucha neblina o humo o no sé qué es cuando la autora mexicana residenciada en Estados Unidos ubica a Rulfo en el paradigma de la modernidad a través de la comparación de Pedro Páramo con El laberinto de la soledad. En contraste con el ensayo de Octavio Paz publicado en 1950 que define una identidad mexicana desde la psicología social, la narrativa del autor jalisciense en donde su única referencia “real” era la descripción del campo desde la ruina y el silencio “sin proveer explicaciones de las que carece el personaje mismo”, Juan Preciado, y creando la forma experimental de la novela.

Para Rivera Garza, el libro de Paz mira hacia el siglo XIX, porque resume “el conocimiento de un status quo nacional e internacional”, mientras que el de Rulfo mira hacia el futuro, que más de medio siglo después de su publicación es nada menos que el presente mexicano. Tales diferencias de “temperamento” no borran las similitudes entre ambas obras marcadas por su compromiso con la modernidad. “Independientemente de la temática que abordan y el género dentro del que se inscriben son libros que se ven de frente, sin hablar, o hablando lenguajes distintos, pero que se comunican igual. Repito: no se trata de un diálogo entre un México rural y un México urbano”, señala en Había mucha neblina o humo o no sé qué. En el caso de la novela fundamental de Rulfo se trata de algo más profundo: “Su legado dice, sobre todo: la realidad es extraña y está fragmentada en mil pedazos. Piensa en ella, tócala. Nada está resuelto hasta que tú lo leas. Dice: Juan Rulfo no existe: existes tú. Empieza.”

“Rulfo tenía que utilizar sus habilidades con la palabra y con la lente para producir un paisaje desolador y, a la vez, un futuro promisorio. Las dos cosas al mismo tiempo. Prometerlo todo, sí.”

Rivera Garza piensa que el escritor intentó menos ofrecer un recuento de su época que producir una realidad textual singular de contexto propio, pero esto contrasta con su fe en el progreso –a ratos didáctica, en especial mientras editó publicaciones de antropología e historia para el Instituto Nacional Indigenista–. Era una manera de pertenecer a su tiempo porque El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1956) resultaron de una escritura que comenzó una década antes de sus respectivos años de publicación y que coincide con el sexenio en que Miguel Alemán Valdés gobernó México (1946-1952), época de medidas económicas y políticas modernizadoras que contribuyeron a la formulación del estado mexicano contemporáneo. Tal optimismo ante el desarrollo le permite compararlo con el ángel de progreso que describió Walter Benjamin el siglo pasado porque en su vida profesional tanto como en su literatura encarna una figura contradictoria: un apasionado del desarrollo social “que va hacia delante sobre los vientos de la Comisión del Papaloapan y, a la vez, el solidario defensor de las comunidades indígenas que, melancólicamente, mira la ruina, la miseria, la orfandad”.

En la comparación palpita la duda: ¿es posible creer en el desarrollo de México –y del resto de América Latina, si me permiten decir– a la vez que observar que su realidad está fragmentada y es ruinosa, como propone su literatura?. La también autora de novelas como La muerte me da y El mal de Taiga concluye que “testigo y ejecutor del espíritu modernizador del período alemanista, Rulfo lamentaba, en efecto, el estado de las cosas, lo que estaba apunto de desaparecer, mientras, simultáneamente, elogiaba las oportunidades que el quehacer de ingenieros, agrónomos y biólogos ofrecía a las comunidades de unas tierras hasta ese entonces volcadas hacia adentro”.

“Rulfo llegó a todas esas comunidades indígenas, pues, no sólo como un observador empático e interesado, sino como un activo agente de la modernidad”

Aunque no atenta en verdad contra el canon literario mexicano –por mucho que la Fundación Rulfo quiera demostrar lo contrario–, Había mucha neblina o humo o no sé qué propone una lectura novedosa de la obra de Rulfo que vale la pena conocer ahora que se cumplen cien años del nacimiento del autor que falleció en 1986. Su interpretación se sustenta a grandes rasgos en la noción de Ricardo Piglia sobre una “historia material de la literatura” expuesta en El último lector, donde propone mirar a los escritores fundamentales a través de los aportes que a su obra hizo la manera como se ganaban la vida. Queda la pregunta en el ambiente: ¿Qué hubiera sido de Pedro Páramo y de El llano en llamas si Juan Rulfo, en lugar de ser agente de viajes dentro de su país para una compañía de cauchos –“llantas”, dicen en México– hubiera trabajado, por ejemplo, como agente aduanero en la costa de Sinaloa?

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

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