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JOvejero (Isabel Wagemann)

José Ovejero: “Escribir es una forma de generar una comunidad, emocional e intelectual, alrededor de ciertas tensiones y preocupaciones”

La obra más reciente de José Ovejero es una nouvelle de 144 páginas titulada Humo (Galaxia Gutenberg) cuya lectura invita a reflexionar sobre la soledad y la deshumanización del presente. Allí el autor nacido en Madrid en 1958 reúne a una mujer y un niño que no es su hijo en una cabaña aislada en el bosque para refugiarse de una catástrofe indeterminada. Los acompaña una gata llamada Miss Daisy y, a veces, un hombre que trae provisiones. Con el resto de los personajes de Humo ni el niño ni la protagonista-narradorapueden establecer reacciones. Esto en sí mismo puede tomarse como una alegoría del presente, un relato moral sobre las grandes cuestiones del mundo contemporáneo como ha hecho el autor en obras anteriores, como Insurrección (Galaxia Gutenberg, 2019), Añoranza del héroe (2018) y Los ángeles feroces (2015).

Ovejero es un autor prolífico que escribe en todos los géneros, y más o menos cada año saca un libro nuevo. Sus obras han sido premiadas con prestigiosos galardones, como el Premio Anagrama de Ensayo en 2012, por La ética de la crueldad; el Alfaguara de Novela en 2013, por La invención del amor y el Setenil de Cuentos por Mundo extraño (Páginas de Espuma, 2017). Justamente acaba de terminar un libro de narrativa breve con el que se declara satisfecho —otro libro suyo en este género es Mujeres que viajan solas (Alfaguara, 2004)— y ha respondido las preguntas de Colofón Revista Literaria mientras adelanta su próximo poemario.

—En Humo hay elementos que permiten una comparación con el momento actual, con la pandemia del coronavirus, principalmente, la amenaza periódica e incomprensible de las abejas que mantienen a las personas aisladas dentro de sus casas. ¿Fue el coronavirus lo que te llevó a escribir Humo o era una idea que ya tenías antes?

—Escribí la novela antes de la pandemia, pero entiendo que resulta imposible leerla ahora sin tener en cuenta ese contexto. Y sin embargo esto no significa que Humo y la pandemia no estén relacionados. Creo que las sensaciones presentes en la novela y que ahora relacionamos con lo que ha provocado el coronavirus —conciencia de la fragilidad, aislamiento, sensación de que la naturaleza se comporta de formas imprevisibles y amenazantes— estaban ya ahí antes: porque en los últimos años ha habido otras amenazas de enfermedades nuevas —que no se extendieron tanto—, y también miramos la naturaleza con preocupación porque parece comportarse de formas imprevisibles: oleadas de temperaturas extremas, desajustes de las estaciones, especies invasoras, virus desconocidos… Así que lo que hace Humo no es adelantarse a la catástrofe, sino hacerse eco de vibraciones y tensiones con las que ya convivíamos.

—La narración está en presente continuo, como si advirtieras que los asuntos de Humo están pasando ahora y continuarán pasando por mucho tiempo. ¿De qué manera crees que la literatura de ficción sirve para profundizar en coyunturas sociales trágicas como la pandemia que estamos viviendo ahora a la vez que en las íntimas?

Humo, como cualquier obra literaria, tiene varias lecturas: una tiene que ver no con sus posibles significados, sino con el placer; el placer de adentrarse en un mundo con sus propios ecos, con su atmósfera propia, con un lenguaje que pretende contribuir a dicha atmósfera; y por otro lado se puede leer, también como cualquier obra, en su contexto temporal, y en ese sentido toda novela contribuye a trazar —en una pequeña porción— el mapa de la realidad en la que vivimos. Si la novela está narrada en presente es porque me parecía que esa decisión contribuía a introducir al lector en la situación de los personajes: una mujer, un niño, una gata que viven en una cabaña en el monte, intentando sobrevivir con sus propias fuerzas, conscientes de que viven bajo amenaza, y el uso del presente hace que los lectores y los personajes sepan lo mismo: ignoran qué va a suceder; los hechos se revelan ante sus ojos al mismo tiempo. No es entonces una manera indirecta de referirme a la realidad que nos rodea sino precisamente de encerrar a los lectores en la cabaña, de hacerles partícipes de la vida de los personajes.

—¿Cuáles crees que son las grandes lecciones que escritores y escritoras aprendemos de esta situación? ¿podemos transmitir este (llamémoslo) «aprendizaje» a los lectores?

—No creo que los escritores y escritoras sean más listos que el resto de la población. Tampoco estoy seguro de que la ficción sirva para transmitir enseñanzas. La literatura de ficción rara vez funciona como pedagogía; más bien se trata de crear espacios que producen ecos de nuestra realidad, en los que los lectores se reconocen, se encuentran, se ven acompañados, en los que nuestras emociones se amplifican y se vuelven reconocibles en el espacio seguro que es el libro. Escribir es una forma de generar una comunidad, emocional e intelectual, alrededor de ciertas tensiones y preocupaciones, de miedos y deseos compartidos. Cuando leemos estamos a la vez solos y acompañados, y creo que esa combinación es muy útil, porque nos permite casi a la vez la comunicación y la introspección. Pero las enseñanzas que salgan de ahí son más cosa de los lectores que de los escritores.

—Como Humo, la novela Los ángeles feroces también puede describirse como una distopía. ¿De qué manera crees que estas obras pueden servir de espejo una de otra?

—Antes te referías al uso del presente en Humo, y me viene a la cabeza una frase de Los ángeles feroces: “Todo está sucediendo ahora.” Pero la estrategia de Los ángeles feroces es distinta: allí en lugar del presente, para subrayar la atemporalidad, se pasa de un tiempo a otro, igual que se pasa de una voz narrativa a otra, de un personaje a otro, de un lugar a otro. Es como si todo lo que en Los ángeles feroces era disperso y simultáneo se hubiese concentrado en Humo. Y lo que me hace pensar que no he escrito en realidad novelas distópicas es esa idea de que no hablo del futuro, sino de algo que está ahí: en realidad, tampoco sabemos por qué la mujer se ha refugiado en la cabaña; hay incendios a lo lejos —ese humo inquietante pero que podría significar cualquier cosa—, pero podría tratarse de incendios naturales o de una guerra; no lo sabemos y no importa para la novela. También en Los ángeles feroces todo lo que ocurre lo podemos encontrar en distintas partes del mundo ahora mismo; lo distópico es reunir en un solo lugar los desajustes de muchos.

Pienso que Humo dialoga con mi novela anterior, muy distinta: Insurrección. Casi pienso que la protagonista podría ser la misma; Ana, que en Insurrección es una adolescente que busca su propio lugar y rechaza el que le ofrece la sociedad, que no quiere un futuro de competitividad y precariedad, de normas sociales hipócritas, y que por ello se va a vivir a una casa okupada, podría ser esa mujer que, más desengañada y más cansada de un mundo que no la satisface, se refugia en una cabaña para vivir según sus propias reglas aunque tenga que sacrificar sus relaciones afectivas, que quiere conseguir una independencia y una autonomía absolutas aunque poniendo en riesgo su vida.

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora de la novela Malasangre (Anagrama, 2020), del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

El retrato que acompaña a esta entrevista es de Isabel Wagemann.

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