margarit (principal- Jordi GArcía Monte)

Joan Margarit: Dos lenguas después sigue en la búsqueda del poema

El punto crucial de la biografía poética de Joan Margarit ocurrió casi a sus 40 años de edad, gracias a su amistad Miquel Martí i Pol. Casi llegaba a su fin la década de los años ochenta y desde hacía tiempo se carteaba con el célebre escritor y traductor en lengua catalana, que ya para entonces presentaba las dificultades motoras asociadas a la esclerosis múltiple que causó su muerte, en 2003. Martí i Pol mostró una carta suya a su hija (era la persona más cercana que tenía, puesto que ya le costaba salir de casa) y le preguntó si la persona que firmaba la misiva podía escribir también poemas en su lengua materna.

Fue ese el momento que definió la poesía de Margarit.

“No sé, ni me interesa, qué contestó la hija, porque cuando Martí i Pol me contó aquello, me pregunté: ¿Y si fuera esto?”, recuerda y eleva un poco las manos. Está sentado en una mesa de la cafetería del museo Thyssen Bornemisza, la misma mañana del 24 de octubre en que son exhumados los huesos de Francisco Franco del Valle de los Caídos. El poeta pronto recibirá el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana correspondiente a 2019 en la Universidad de Salamanca y el domingo 3 de noviembre cerrará la IX edición del Festival de Poesía de Madrid en el auditorio del Centro Cultural Conde Duque, a las 19 horas. Ha publicado más de 20 poemarios, ganado varios premios prestigiosos y, sin embargo, considera que el trabajo en sus poemas aún no ha terminado.

“¿Y si fuera esto?”, se preguntó después de hablar con su amigo. Pero, exactamente, ¿qué era “esto”?

 

La búsqueda del poema.

Desde la adolescencia, Margarit escribía poemas en castellano. A los 25 años, en 1963, publicó su primer libro con prólogo de Camilo José Cela, Cantos para coral de un hombre solo. “No le conocía de nada, pero le envié aquello, y a la vuelta del correo, él me había enviado el prólogo, donde dice que soy un ‘surrealista metafísico’ y no sé qué cosa más”, apunta el también ganador del Premio Nacional de Poesía en España, del Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (ambos en 2008) y del Premio Poetas del Mundo Latino de México (2013). Aún faltaban 26 años para que Cela se alzara con el Premio Nobel de Literatura, pero era ya una figura central en la literatura española. Por eso, la atención se volcó sobre el joven rapsoda que, ahora, medio siglo después es uno de los poetas más conocido de España, a pesar de que no puede asociársele con una escuela literaria.

“Neruda fue un padre peligroso para mí”

“Es decir que yo tampoco debía ser muy malo”, bromea Margarit, que tiende a excluir ese libro de su amplia bibliografía porque se nota la gran influencia de una de sus figuras líricas tutelares —junto con Rainer María Rilke—, el chileno Pablo Neruda: “Fue un padre peligroso para mí. Yo era muy joven y su influencia fue tan grande que tuve que aprender a librarme de él”. Para Margarit, las bondades de la lengua castellana están en las obras del autor de Residencia en la tierra o Memorial de isla negra: “Durante el franquismo, la enseñanza del catalán estaba prohibida, así que la poca cultura que tengo la he aprendido en castellano, en esa lengua comencé a leer a Neruda y a Antonio Machado. Lo único bueno que me dejó el general Franco fue el castellano y no se lo pienso devolver.

Cuando el gesto de Martí i Pol le planteó la posibilidad de escribir en catalán, la lengua que de pequeño apenas había escuchado en alguna nana de su abuela y que aprendió de adulto, con dificultad ya había acumulado cuatro libros en castellano: Crónica (1975), El orden del tiempo (1984) y Luz de lluvia (1986), además del poemario citado antes. Es cierto que no pensaba que hubiera llegado a ninguna meta con esos libros, pero no es Margarit una de esas personas a quienes le interesa tenerlo todo hecho cuando publica.

Lo contrario: para él, un libro es un ejercicio de autocrítica. “La dificultad de la autocrítica es que tú siempre te enamoras de lo que escribes. A la mañana siguiente, si lo lees en tu letra, te identificas y lo encuentras magnífico. Por eso es bueno pasarlo a máquina —bueno, antes, ahora sería ‘pasarlo al ordenador’ (ríe)—. Es bueno alejarte del poema lo más posible. Incluso, verlos publicados. Leyendo tus poemas como libros te avergüenzas de aquello que no has podido decir”, señala y añade que otra estrategia de autocrítica es introducir un poema a medio hacer en un recital: “Al decirlo en público, lo que está mal te avergüenza mucho más porque no puedes evitar preguntarte: ¿cómo he sido capaz de escribir esta tontería?”.

El problema para Margarit es que sus poemas son buenos, por eso desde 1982 no ha parado de ganar premios, a su obra en catalán tanto como en castellano.

 

Dos lenguas después.

Cuando Margarit empezó a escribir en su lengua materna, sintió que las aguas rompían “una barrera”. Lo describe gesticulando con las manos en los aires y con la onomatopeya de una explosión: “Tenía años buscando algo sin conseguirlo y allí estaba una respuesta. Al principio pequé de un exceso de entusiasmo; por eso, la fuerza de aquellos poemas era excesiva. Pero ya sabía cuál era mi camino. Había comenzado a resolver el problema de la expresión, porque, dime: ¿qué gran poeta conoces tú que escribiera en una lengua distinta a la materna?”. Desde se momento, Margarit interrumpirá la conversación cada cierto tiempo para dejar colgadas en el aire preguntas retóricas que le ayudarán a construir reflexiones. “Mi lengua materna es culta”, dice: “pero si no tengo cultura en esa lengua es por culpa de la Guerra Civil. ¿Cuántas lenguas cultas existen en el mundo sin estado?”. Usa la palabra “culta” para identificar al catalán con una amplia historia: “en calidad, la literatura en esa lengua es tan importante como la castellana; la diferencia entre una y otra es de cantidad. Hay 300 millones que escriben en castellano y en catalán no deben pasar de los tres millones”.

Desde este descubrimiento, Margarit ha publicado más de una docena de libros bilingües, entre los que destacan Cálculo de estructuras (2005), Casa de misericordia (2007) y Un asombroso invierno (2017). En el año 2018, Austral Ediciones reunió todos sus poemas escritos desde 1975. Pero, lo que es más importante para él es que ha logrado cambiar su modo de construir poemas en uno que honra sus dos experiencias y sus dos lenguas, la catalana y la castellana. Primero los escribe en catalán y cuando tiene una primera versión los traduce al castellano y los va trabajando en paralelo hasta que queda contento con el resultado. Esto le ha permitido establecer una poética particular en la que la regla es la austeridad.

“La poesía es como una catedral: está llena de cosas maravillosas, pero como no empieces a construirla desde la cripta no hay catedral. Y la cripta es nada más que un agujero en el suelo, con unas cuantas reliquias y unos huesos”, explica, estableciendo un símil donde el catalán es la lengua originaria y el castellano la (lujosa) añadidura. No considera, sin embargo, que la poesía esté tan emparentada con la literatura como con la música y considera necesario conocerse uno mismo para escribirla, algo que no pasa con la prosa. Según explica, esa “personalidad propia” de la poesía la convierte en la mejor herramienta que tiene la humanidad para afrontar las situaciones difíciles de la vida. “Cuanto más viejo me hago, más me convenzo de que la poesía no es literatura”, dice el bardo que a sus 81 años piensa que el tiempo se le está acabando y sigue escribiendo versos con el mismo ímpetu que como cuando buscaba la lengua de sus pasiones.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

El retrato que acompaña a este perfil es de Jordi García Monte y ha sido tomado de la página web oficial de Joan Margarit.

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