Foto Caupolicán Ovalles 1

J.J. Armas Marcelo: La grandeza de Caupolicán Ovalles

Cada cierto tiempo, tal vez con una fuerte dosis de melancolía, recuerdo los tiempos de El Techo de la Ballena; memorizo conversaciones inolvidables con algunos de los más conspicuos personajes de aquel grupo cultural, literario y revoltoso. Eran verbalistas geniales que hacían de su habla una lengua culta e inventaban, en cada frase, una poética tan inextricable como inquietante. Eran muy jóvenes, conquistadores de su propio destino, jugadores de las cartas de la vida, creadores de su lenguaje cotidiano. Eran escritores que, contra lo que parecía evidente, no creían demasiado en el valor de la literatura. Eran, también, humo, licor, mucho licor, y talento. Tengo hoy que centrarme en el poeta Caupolicán Ovalles, a quien rendimos homenaje en este texto por razones obvias: su poesía lo ha sobrevivido por lo menos estos años. Esta antología de los poemas, locos y lúcidos, del gran Caupolicán, Padre de la Patria de la República del Este de Caracas, es la mejor radiografía vital y literaria (que en él son la misma cosa: la vida y la literatura) que se puede hacer de alguien, sobre todo de quien figura en la memoria de la gente que lo conoció con ribetes de leyenda y mitología, la misma que él se fabricó en los años de su vida loca.

¡Caupolicán, que grande eres!, le decía yo, entre tragos en la interminable tarde del bar Camilo’s, una de las esquinas del famoso Triángulo de las Bermudas de Sabana Grande, a mediados de los 70, cuando pisé por primera vez la fértil tierra de Venezuela. Recuerdo que era verano, Franco había muerto en Madrid un año antes y, por fin, a mí me entregaron por primera vez en mi propio país un pasaporte. La dictadura franquista me había prohibido viajar al exterior desde el momento en que publiqué en Inventarios Provisionales un libro poético de José Ángel Valente y, por responsabilidad subsidiaria, de editor (y residiendo Valente en Ginebra, Suiza), me formaron consejo de guerra y me condenaron a seis meses y un día de cárcel, y a no tener en mí ninguno de los supuestos derechos civiles que me correspondían. Entre ellos, el pasaporte para poder viajar al mundo. Así pude hacer mi primer viaje al mundo, a Venezuela, donde estuve un mes hospedado en el Hotel Tamanaco organizando una semana cultural canaria y financiado por instituciones insulares deseosas de entrar en los nuevos tiempos libres y democráticos con la cara limpia de Franco y otros polvos y pajas.

Ahí, en el restaurante Franco’s, conocí al poeta Caupolicán Ovalles, de la mano de mi amigo el historiador Guillermo Morón. Caupolicán llevaba puestas sus gafas negras, detrás de cuyos oscuros cristales se avizoraban unos ojos escudriñadores y una mirada un tanto felina. Iba vestido completamente de negro, se reía a carcajadas de cualquiera de los chistes que hacía a cada momento con su propio lenguaje cotidiano. Bebía a sorbos largos y, como los gatos, se relamía sus también largos bigotes con una lengua que se adivinaba inmediatamente viperina y muy viva. Era gritón, muy locuaz, simpático, lleno de humo en sus alrededores (así lo recuerdo: todos fumando en torno a él), poeta loco siempre, seductor con gestos y palabras. “Tremendo tipo”, me dije desde los primeros momentos en que lo conocí. Y yo tenía razón, y por la sinrazón que fuera se hizo amigo mío, le caí bien, hablaba de Canarias como si fuera de Guía de Arona, Tenerife, o de cualquier otro pueblo profundo de nuestras Islas queridas. Imitaba, burlón, el habla del español peninsular, frente al habla vivo de los americanos del sur y de los isleños atlánticos. Tremendo tipo Caupolicán. Me hizo, en ese mismo día, una propuesta irresponsable: como él era Padre de la Patria de la República del Este, quería hacerme socio de honor de ese club de indeseables porque yo me lo merecía, “ya eres medio venezolano”, me dijo. Y fue como él dijo. Al día siguiente, sin reunión de Junta ni nada, me trajo al Franco’s el papel oficial de socio extraordinario, firmado por él mismo. Increíble, pero cierto: esto también formaba parte de la Venezuela Saudí, espejo y espejismo al mismo tiempo, llena de petróleo, carcajada, fiesta, licor y responsabilidad política y social.

“Tremendo tipo Caupolicán. Me hizo, en ese mismo día, una propuesta irresponsable: como él era Padre de la Patria de la República del Este, quería hacerme socio de honor de ese club de indeseables porque yo me lo merecía, ‘ya eres medio venezolano’, me dijo”

Otro día de aquel verano inolvidable, Caupolicán Ovalles me habló, entre verso y verso, de un proyecto que lo traía “de cabeza”. Una novela sobre Bolívar que se titulaba Yo, Bolívar Rey, y que iba a ser, por sí misma y exclusivamente, “un boom, un bombazo literario”, me dijo. Añadió durante muchos minutos que ese era el texto de su vida, y trajo a colación párrafos completos de la novela que, años más tarde, entendí que eran invento, fabricación sobre la marcha y camino del olvido de aquel texto con el que soñaba el poeta loco y lúcido, contradictorio, sí, pero también poeta total, al fin y al cabo. Poeta también de la amistad, de la vida, de la jarana, del trago interminable, de la caravana verbal de la invención poética, de la alegría y de la borrachera. De modo que, durante algunos años, en mis viajes a Venezuela, una y otra vez, hablaba con el poeta Ovalles (y con su hermano Lautaro, en España) de su novela en progreso, cuyo texto iba inventando conforme hablaba conmigo, a sabiendas de que yo sospechaba ya que en aquellos ratos lo único que hacía era recitar un imposible texto escrito que iba siempre camino a la perdición y el olvido. Es decir, Yo, Bolívar Rey, nacía y moría en el mismo instante en que el poeta, ebrio de sí mismo, iniciaba la recitación de jaculatorias poéticas que, según él, se sabía de memoria de tanto que las había escrito. Todo formaba parte de un invento instantáneo e inmediato, de manera que cuando después, bastante después, recibí un ejemplar de Yo, Bolívar Rey, mi pasmo fue mayúsculo. ¡La novela del poeta era verdad, existía, y yo la tenía en mis manos! Otra cosa, eso es cierto, era el resultado de aquella verbalidad del poeta palabroso que no pudo quitarse de encima su totalitarismo poético para escribir lo que llamamos una novela. Era, pues, una novela, y no era una novela: al mismo tiempo, la realidad y su contradicción. Porque además era un poema interminable aquel texto y era también al mismo tiempo un texto novelesco sin terminar. Como la misma vida del poeta Ovalles, era un texto largamente esperado que se truncaba en cada página, en un quiebro poético que estaba muy lejos del género narrativo. Pero, a trancas y barrancas, el poeta había luchado a brazo partido, pulso a pulso, con el fantasma de la novela y había terminado por escribir un poema irrespetuoso, irreverente y, al mismo tiempo, benéfico. Un texto sobre el Libertador, pensándose el poeta Ovalles como patrimonio si fuera el Libertador, pensándose, en fin, Bolívar de la poesía y siempre Padre de la República del Este, vasto reino imaginario y real, al mismo tiempo, de Sabana Grande, Caracas, capital de la Venezuela Saudí.

Y en esas conversaciones ¿de qué le hablaba yo al poeta?, ¿de qué le hablaba una y otra vez al poeta Ovalles cada vez que nos veíamos, cada vez que nos encontrábamos en el mismo centro de la República del Este, en viajes y viajes a Venezuela, aunque a veces bajábamos al litoral, sobre todo a Macuto, a comer pescado fresco y frito? Claro: yo era joven, arriesgado, vanidoso, febril en mis creencias, ambicioso. Me sentía capaz de cargar el mundo a mis espaldas, de viajar por todo el universo montado en el palo de una escoba, de arrastrar mi sombra creciente por los papeles que iba emborronando sin parar mientras crecía en edad, saber y gobierno. Y le hablaba al poeta con la misma contundencia que él jugaba conmigo como un consumado espadachín. “Yo voy a escribir veinte novelas a lo largo de mi vida”, le espeté una vez a la cara, sin más, y me eché después un largo trago de ron seco. Caupolicán Ovalles me miró con sorna amistosa pero superior. Eso es: me miró con superioridad vital e intelectual. “¿Y por qué no pueden ser dieciocho o veintiuna, por ejemplo?”, me preguntó sin perder la sorna, casi a un milímetro del precipicio de la ironía Caribe y tierna. “Puede, claro que sí, puede ser”, le envié yo mi golpe al hígado grasoso del poeta, al hígado que para el poeta gritón y lúcido era un corazón más, como otro cualquiera, una suerte de armario donde el alcohol se transformaba poco a poco en palabras y en destino final.

“Yo, Bolívar Rey nacía y moría en el mismo instante en que el poeta, ebrio de sí mismo, iniciaba la recitación de jaculatorias poéticas que, según él, se sabía de memoria de tanto que las había escrito. Todo formaba parte de un invento instantáneo e inmediato”

Escribo estas líneas, sentado en la silla de un bar, en la esquina del interior de un bar de Manhattan, un bar de la calle 45 con la 8ª Avenida, en el momento en que el sol se oculta para dejar paso a unas nubes peligrosamente negras y a la ventisca que alumbra el inmediato otoño. A veces, salgo a fumarme un “señoritas”, unas caladas de descanso para mi escritura melancólica y para mi recuerdo del poeta Ovalles.

Anoche he leído sus poemas, los poemas de la antología para la que escribo esta adenda de mi memoria. Cuando leo los poemas, leo la locura del poeta al que le hubiera gustado ser un exiliado en París, un cantor de madrugadas, un guerrillero del llano, un macró de los más grandes de Pigalle, un saxofonista callejero, un jugador de cartas marcadas en el Far West, un actor de “El tesoro de Sierra Madre”, un bailarín ruso del Bolshói. En fin, un aventurero, un poeta, un tremendo tipo, que es lo que era, un tipo de antología como sus propios poemas, sus huellas dactilares y las huellas dactilares de su corazón de amante insaciable de la vida y la literatura. Esa era su poética, la misma a la que huele cada uno de sus poemas, cada uno de los versos de esta antología que dice más de lo que cualquier lector puede ver. Aquí está Caupolicán, pero están también los nombres y los tragos de todos sus amigos, las botellas de veneno que no dejaron nunca de beber, desde secretas ausentas hasta las públicas Old Parr. ¡Ah, Caupolicán, qué grande eres! Como decía Leó Ferré, otro poeta, te recuerdo y lloro. Te leo y te recuerdo. Vuelvo a admirarte cuando te pienso. Eso es: eres una sombra perenne en mi memoria, como la de esos tantos otros febriles amigos y poetas que han ido desapareciendo, tal vez hundidos por los mismos motivos que tú, la vida, al fin, vivida a todo trapo, con la velocidad del barco del corsario que atraviesa los mares como cualquier burgués atraviesa un trozo de queso en una tertulia vespertina y doméstica.

Lo dejo aquí, en Nueva York, entre la nostalgia, la ceniza y la melancolía del recuerdo del poeta, lleno tras leer anoche su antología: una botella al mar del tiempo, mientras mi memoria contempla el horizonte del poeta, el dueño del sarcasmo, de la risa, el Padre de la Patria, tremendo tipo, el gran Caupolicán Ovalles.

 

J. J. Armas Marcelo es narrador y periodista canario residenciado en Madrid. Algunas de sus novelas son Así en La Habana como en el cielo (1998), La Orden del Tigre (2003), Casi todas las mujeres (2004, Premio Internacional de Novela Ciudad de Torrevieja), La noche que Bolívar traicionó a Miranda (2012) y Réquiem Habanero por Fidel (2014). En 1998 obtuvo el Premio González-Ruano de Periodismo y está en posesión de la Orden de Miranda. Es director de la Cátedra Vargas Llosa.

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