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Inge Schilperoord: Aunque me inventé al protagonista de No volverá a pasar, su lucha es real y me siento identificada

Inge Schilperoord no recuerda una época en la que no estuviera escribiendo; es lo único en la vida que le gusta hacer. Pero aunque colabora regularmente en distintos medios de comunicación neerlandeses y tiene montones de borradores de obras a medio terminar, el oficio que paga sus cuentas es el de psicóloga forense. Y la conjunción entre el amor y el deber dio a luz en el año 2015 a su primera novela, No volverá a pasar.

En este thriller, que la casa editora Catedral acaba de publicar en castellano traducido por Goedele De Strecke, un hombre acusado de violar a una niña es liberado por falta de pruebas y debe regresar a su casa donde le toca luchar contra los impulsos de la pedofilia. Jonathan tiene 30 años. Sale de la cárcel en la época más caliente del año para volver a su trabajo limpiando pescado ocho horas al día y a vivir con su madre. Con ella tiene una relación asfixiante que encuentra una metáfora en el ambiente que crea la canícula. Para mantenerse alejado de la tentación, Jonathan vuelve una y otra vez sobre las evaluaciones psicológicas que pretendían determinar su perfil. “Desde el inicio de la llamada preterapia, hacía más de un mes, había tenido cada semana una conversación con el psicólogo de la cárcel. Y había resuelto a diario una tarea en el libro de ejercicios. Aunque no entendió todo lo que le explicaba el psicólogo, los términos sonaban prometedores: plan de prevención de la reincidencia, protocolo de alerta”, piensa el protagonista de No volverá a pasar: “El diagrama que le habían facilitado estaba lleno de casillas con textos breves sobre cómo tenía que comportarse. Lo que era bueno y lo que no, las fuentes de riesgo. Gracias a ese esquema se estaba caminando a sí mismo. Radicalmente.” Narrada desde el punto de vista del pedófilo, la novela muestra la complejidad de las patologías criminales y lo difícil que resulta la inserción social de ciertos casos.

“Era un pedófilo, sí, pero también era una persona que me inspiró lástima; estaba encerrado en sí mismo, tratando de ser diferente de lo que era (…) Intentaba con toda su fuerza cambiar y seguir el tratamiento, pero lo hacía de manera tan compulsiva que terminó siendo contraproducente”

Schilperoord conoce bien el tipo de tratamiento que siguió Jonathan. Trabaja para una clínica de psiquiatría forense. Allí los convictos invierten unas seis semanas durante las cuales ella y el resto del grupo de psiquiatras y trabajadores sociales hacen los perfiles de sus personalidades para comprender sus comportamientos. “Los entrevistas, los evalúas y hablas con sus familias para comprender qué los lleva al abismo. En mi profesión damos demasiado valor a las categorías y los números. Es difícil comprender a las personas y predecir sus comportamientos. No creo que el psicólogo siempre tenga la razón”, explica la escritora cuyo primer aprendizaje literario fueron las posibles similitudes entre ella y un criminal: “Porque aunque me inventé al personaje, su lucha es real y con eso me siento identificada. Para la sociedad es fácil mostrar a esta gente como malvada y aislarlos, pero la realidad es que este hombre es también un poco su propia víctima”.

 

Uno y distinto.

La novela que obtuvo el premio Bronzen Uil por el mejor debut literario y quedó finalista en cuatro de los galardones más prestigiosos que se conceden en los Países Bajos y en Bélgica fue primero un relato que Schilperoord escribió para Tirade hace una década. Como era muy largo para publicarlo en la revista, los editores le pidieron que lo cortara. Pero a pesar de que lo intentó durante todo un verano, sólo tuvo éxito en alargarlo: quería conocer mejor la psicología del protagonista. “El cuento estaba basado en un personaje que conocí, pero el argumento desarrollado en la novela es ficción. Era un pedófilo, sí, pero también era una persona que me inspiró lástima; estaba encerrado en sí mismo, tratando de ser diferente de lo que era. Había trabajado con agresores sexuales y nunca había sentido nada, pero en este caso podía ver que sus remordimientos eran reales. Intentaba con toda su fuerza cambiar y seguir el tratamiento, pero lo hacía de manera tan compulsiva que terminó siendo contraproducente. Su lucha me interesó lo suficiente como para escribir al respecto. Intenté ponerme en sus zapatos y reflexionar sobre lo difícil que debe ser vivir con algo prohibido y oscuro dentro de mí”, explica la autora nacida en La Haya en 1973.

Cuando el cuento se convirtió en novela, el personaje cambió. Lo hizo más joven que vive con su madre, en otra ciudad. “De hecho, lo único que queda del hombre de la vida real en la novela es su lucha consigo mismo”, explica durante su visita a España.

Ahora Schilperoord está escribiendo su segundo libro, que es otro thriller. Allí vuelve a la psicología forense.

 

La foto que encabeza esta entrevista es de Arianda Arnés.

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