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En La maldición de Hill House, Shirley Jackson refleja en una casa el terror que sale de lo más personal

“En la larga historia de los fantasmas, no ha habido ninguno que dañara físicamente a nadie. Todo el daño se lo hacen las víctimas a sí mismas. Ni si quiera se puede decir que el fantasma ataque la mente, la conciencia, el cerebro es invulnerable; ahora mismo, sería imposible detectar el menor atisbo de creencia en los fantasmas”, explica el doctor en filosofía John Montague en la novela clásica de Shirley Jackson, La maldición de Hill House, traducida al castellano por Carles Andreu y publicada por la editorial Minúscula, que en el último lustro ha rescatado y traducido las obras emblemáticas de la autora estadounidense que sirve de bisagra entre el legado de Edgar Allan Poe y el terror contemporáneo de Stephen King.

En la novela, el doctor Montague convoca a tres personas para que pasen un verano en una cómoda mansión con el objeto de observar y explorar “diversas historias desagradables que habían acompañado a la casa en sus ochenta años de existencia”. Responden a su llamado Eleanor, Theodora y Luke, el sobrino de a propietaria de Hill House. Mientras buscan pruebas de fenómenos paranormales, los cuatro personajes se dan cuenta de que la primera batalla contra los fenómenos psíquicos ocurre a nivel íntimo. Por esa razón, el laberinto de cuartos y pasillos de la casa se reproduce en la psique de cada uno, demostrando la máxima del gótico, el género literario que funciona como una alegoría del mundo amenazador donde vivimos y nuestras dificultades para metabolizar aquello que más nos asusta.

La mansión que, vista con objetividad, no es sino una construcción antigua diseñada por un orate quien, por otro lado, sufrió muy dolorosas tragedias familiares se constituye como la tabla rasa sobre la cual los personajes pintan sus frustraciones. “Una casa corriente no nos tendría a los cuatro sumidos en la confusión durante tanto tiempo y, sin embargo, una y otra vez elegimos la puerta equivocada, la habitación que andamos buscando nos evita”, dice el doctor Montague a Luke, Eleanor y Theodora. ¿No funcionan estas palabras también aquí para describir la vida y la manera como las decisiones que tomamos a lo largo de nuestra existencia nos la dificultan o nos hacen eludir una y otra vez la felicidad?

«En la larga historia de los fantasmas, no ha habido ninguno que dañara físicamente a nadie»

Lo mejor de la novela de Jackson es su estilo sucinto donde nada está de más, algo bastante difícil de lograr en un género cuya razón de ser es la descripción de lo ominoso. También son de destacar sus personajes con problemas cotidianos, con los cuales puede identificarse cualquier lector. Se trata de la hechura de un clásico: una novela que en cualquier lugar y en cualquier tiempo permite a quien la lee platearse los problemas de sus personajes, a la postre los propios o los de su congéneres.

Fallecida en 1965, Jackson ha sido una de las autoras de género más influyentes en la literatura estadounidense y La maldición de Hill House es una prueba de su dominio de la técnica narrativa y de la construcción de terroríficos escenarios. Entre otras obras destacadas de la autora se encuentran Siempre hemos vivido en el castillo, publicada en 1962 y considerada como la novela del año por The New York Times, y el cuento “La lotería”, considerado como un clásico de la narrativa breve de todos los tiempos.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

La maldición de Hill House sirvió de inspiración para una serie de Netflix, pero como esta guarda poca relación con el argumento original de Jackson no se ha tomado en cuenta para esta reseña. 

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