Foto principal de Luis Mateo Diez

El hijo de las cosas, la novela más humorística de Luis Mateo Díez

El escritor Luis Mateo Díez ha regresado al humor de sus primeros libros en su novela más reciente, El hijo de las cosas, que acaba de publicar la editorial Galaxia Gutenberg. Con una trayectoria avalada por el Premio Francisco Umbral, dos Premios Nacionales de Literatura y dos Premios de la Crítica, Luis Mateo Díez se niega a abandonar el universo literario por el que discurren todas sus historias, creado por él mismo hace años conforme a una provincia imaginaria que, a día de hoy, resulta muy reconocible. Las ciudades de esta provincia son melancólicas —siempre hay estaciones, cines vacíos, bailes perdidos, por ejemplo— y parecen desmoralizadas, según su aspecto de escenario teatral expresionista, pero es esta atmósfera la que, a lo largo de los años, ha conseguido que las novelas de Mateo Díez sean distinguidas por tener una identidad propia.

Oceda es una ciudad que vive de espaldas a sus habitantes y representa el vacío urbano: no hay más individuos que los personajes de la historia y todo el que aparece desempeña un papel. Allí suceden los hechos de El hijo de las cosas, una novela fresca y disparatada con una trama familiar que gira en torno a la relación de dos hermanas solteronas y un hermano perdulario, que ha sido secuestrado por deudas con el juego. A partir de este planteamiento, Mateo Díez exprime con maestría una trama rocambolesca que dura poco más de tres días y oscila entre lo trágico y lo cómico, en lo que el propio autor denomina como “realismo estrambótico indecente”.

Si algo brilla con luz propia en la novela es el criterio con que el autor consigue mantener el suspense de un argumento casi policiaco en una trama deliberadamente hilarante, un rasgo característico de toda su obra. Incluso algo tan vomitivo como la corrupción es susceptible al sentido del humor de Díez, que condensa en el personaje del juez Lamo Beraza todas las miserias de un sistema burocrático puesto en tela de juicio a través de expresiones como ésta: “Yo hago instrucciones y me rasco la entrepierna, prevarico y me quedo tan pancho”. Quién sabe si las constantes referencias a la corrupción aparecidas en la novela se corresponden con la experiencia del autor como funcionario en la Administración del Ayuntamiento de Madrid.

 

Novela de personajes.

De nuevo los personajes de Mateo Díez sorprenden por su complejidad y su descaro. La construcción de sus actitudes y comportamientos de estos “héroes del fracaso”, tal y como los denomina el autor, no dejan indiferente a nadie. Si su novela anterior, Vicisitudes (Alfaguara, 2017), habla de la pérdida y el fracaso, El hijo de las cosas aborda sentimientos como la culpa y la traición. Es obstinado en someter a sus personajes a macabros juegos morales. En esta novela tienen un enorme protagonismo los tullidos —es casi una novela sobre la ortopedia—, los enfermos mentales y las adicciones, en lo que se percibe una clarísima influencia del esperpento valleinclanesco, más si se cuenta con los dos personajes que hacen gala de su exhibicionismo en más de una escena.

“He conseguido construir personajes con tal punto de patetismo que pueden resultar entrañables”, expone. Este sospechoso interés por la literatura de la enfermedad, que ciertamente parece más un pretexto literario para el tipo de historia que el autor quiere contar, cristaliza siempre en una clara intencionalidad por ejercer la literatura del absurdo, heredera de Samuel Beckett, según reconoce el propio Díez. El escritor asume que su narrativa está dentro del irrealismo, por eso va “en busca de las imágenes desorbitadas y el expresionismo más radical, aunque siempre trato de que no destruyan la verosimilitud de la historia”, dice.

“He conseguido construir personajes con tal punto de patetismo que pueden resultar entrañables”

Ciertamente, los personajes de esta novela son bastantes desgraciados, pero la sensación que se percibe es que el autor no está imbricado tanto en los personajes como en el tono, una combinación de humor y erudición. El autor nacido en 1942 ha dejado claro que el humor en literatura sólo lo puede poner en práctica alguien con inteligencia. Por eso puede permitirse ser provocador y abordar temas espinosos como la sexualidad o la religión para salir indemne. Este libro no parece tener un ápice de intencionalidad moralista, pero sí se percibe una crítica, siempre en clave de humor, a distintos estamentos del sistema. Precisamente la religión tiene un especial protagonismo en esta novela. Los personajes siempre sucumben a la fe por muy mal que les vaya, en lo que pretende ser un retrato hiperbólico de una determinada sociedad, el universo creado por este escritor de atmósferas.

Habitualmente, estos ambientes suelen estar embellecidos por brillantes descripciones, precisamente una de sus habilidades más celebradas. Pero los espacios no serían tan importantes para un escritor si luego no tuviera el talento suficiente para enganchar con los hechos que ocurren dentro: una ciudad donde los coches de pronto se estrellan contra las farolas o la escena puramente surrealista del inspector que se quita la cabeza y la deja reposar en sus manos. A veces también se le escapa algún aforismo brillante: “La elegancia no es otra cosa que la invitación al espectáculo”.

 

Jaime Cedillo (@JaimeCedilloMar) es periodista, músico y poeta. Colabora con El Cultural, publicación del diario El Mundo y con otros medios de comunicación. Se graduó en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Rey Juan Carlos I y cursó el Máster de Crítica y Comunicación Cultural de la Universidad de Alcalá de Henares.

 

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