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Los hermanos Grimm cortan la madera Del enebro en una nueva publicación

No nos engañemos: Del enebro es una historia horripilante. Se trata de un sombrío y brillante cuento popular, recopilado hace más de 200 años por Jacob Ludwig y Wilhelm Karl Grimm en el libro Kinder- und Hausmärchen (1812). Allí se relata una terrible historia de infanticidio y canibalismo, botánica y ornitología, y también de amor, lealtad y venganza: una mujer le corta la cabeza a su hijastro y le hecha la culpa a su propia hija. Afortunadamente, hay un final feliz o, por lo menos, justo, cuando los huesos del asesinado se convierten en un pájaro vengativo.

La historia fue recogida por los hermanos Grimm de la versión original de Phillipp Otto Runge, pintor romántico y escritor que, a su vez, lo habría rescatado de la tradición oral. Así eran los cuentos que se contaban en los pueblos y así siguen siendo los que se pasan de boca en boca por generaciones. Cortantes como hachas. Sin edulcoramientos. Con toda su atrocidad. Quizás juzgue que no es una historia para niños, pero existen argumentos que lo contradicen.

La edición bilingüe que la editorial Jecky & Jill pone ahora en nuestras manos, traducida directamente de la obra original en Plattdeutsch (bajo alemán), ha sido exquisitamente ilustrada por Alejandra Acosta Argomedo (Santiago de Chile, 1975), desde las cubiertas y las guardas, hasta el pequeño regalo que esconde el libro en su interior. Sus collages, delicados y terribles, engrandecen aún más esta obra original de los hermanos Grimm, enriqueciendo los oscuros matices de la narración. Por si fuera poco su aporte literario y plástico, la nueva publicación cuenta con un prólogo de Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942), escritor y experto ornitólogo, en el que se desmenuzan algunos de los aspectos más turbios e interesantes del cuento.

Seguro que a Shakespeare le hubiera encantado haberlo escrito porque tiene reunidos, en un solo cuento, infanticidio, canibalismo, traición, envidia, crueldad extrema y una mala suerte cosmogónica. Es casi tan horrible como su obra más sangrienta, Titus Andronicus, donde el buen William le hace pasar a su protagonista todas las calamidades posibles: le mata varios hijos y, los que le quedan violan a una hermana para después cortarle las manos y la lengua, luego el padre termina por matarla por no poder soportar tanto deshonor y, al final, él también muere porque ya no le cabía más infortunio en el cuerpo. Y, sin embargo, nadie impide a sus hijos leer a Shakespeare. Todo lo contrario.

 

Formas del horror infantil.

Los cuentos tradicionales que hoy se consideran infantiles han estado llenos de situaciones escabrosas desde el principio de los tiempos. En la versión original de Cenicienta, antes de ser almibarada por Disney, las hermanastras se cercenan una los dedos, y la otra el tobillo, para que calzarse la zapatilla y así poder desposar al príncipe. En ambos casos, éste cae en cuenta de que ese no es el pie de su amada porque se lo advierten un par de palomas cizañeras y por la sangre chorreando por la zapatilla, que originalmente era de oro y no de cristal. Al final, la verdad resplandece y, durante la boda, las mismas palomas enviadas por el espíritu de la mamá muerta de Cenicienta llegan a sacarles los ojos a las hermanastras. Sí, todo lindo.

Algo similar ocurre con Blancanieves. En versión Disney, la bruja, que es la madrastra, le regala a Blancanieves una manzana envenenada y le ordena al cazador que le traiga su corazón para comprobar la muerte. En la versión de los Grimm también, solo que la bruja, malvadísima, es la propia madre de Blancanieves que además exige ver sus pulmones y su hígado. Lo de esta madre con su hija era odio visceral. Entonces, a la chica ya muerta, el príncipe se la lleva al bosque (no se sabe con cuáles intenciones malsanas) pero el bamboleo de la urna le desatora el trozo de manzana de la garganta y, aprovechando que vuelve a estar viva, se casan. La bruja llega al convite sin saber de quién es; en venganza, la hacen bailar con zapatos de hierro ardiente hasta morir. También, todo muy bonito. Afortunadamente, con el pasar de los años, Disney ha ido rompiendo moldes para mostrar situaciones menos estereotipadas. Los mundos ideales al ser perfectos, espléndidos y unilaterales impiden que el niño vea matices y entienda sus zonas oscuras. Mircea Eliade describe estas historias como «modelos de comportamiento humano [que], por este mismo hecho, dan sentido y validez a la vida». Para crecer se necesita la posibilidad de imaginar y lidiar con conflictos.

“Los cuentos tradicionales que hoy se consideran infantiles han estado llenos de situaciones escabrosas desde el principio de los tiempos”

Es verdad que los mismos Grimm se autocensuraron después de las primeras ediciones de sus Cuentos de la infancia y del hogar, traducido a más de 170 idiomas, donde se reúnen los 200 cuentos que los dos hermanos habían ido recopilando desde la tradición oral durante años. En ediciones posteriores se excluyeron o matizaron muchos de los cuentos por su crueldad, truculencia o alusiones sexuales. Algunos de los excluidos fueron Del enebro y La princesa que no sabía reír. Rapunzel también fue censurado por sus referencias al embarazo de una niña de solo doce años. Por la misma razón las madres malvadas, como las de Hansel y Gretel y Blancanieves, se convirtieron, entonces, en madrastras.

Pero volvamos atrás por un momento. Regresemos a la relación entre la comida o, más específicamente, entre las manzanas y las desventuras más profundas del ser humano.

 

La tradición “botánica” de los Grimm.

¿Por qué la manzana parece ser la predilecta de todo el que quiere contar una historia con dilemas frutales? Es por la manzana de la discordia que se desencadena la guerra de Troya. ¿Por qué no por un higo de la discordia? ¿O por una mandarina? ¿Por qué son manzanas las de la leyenda de Atalanta por las que, junto a Hipómenes, terminan convertidos en leones condenados a tirar eternamente del carro de Cibeles?

¿Por qué hay manzanas en los cuentos de Guillermo Tell y Blancanieves? ¿Por qué también en Del enebro el conflicto se desencadena por una malhadada manzana? ¿Por qué siempre la manzana está en el punto neurálgico de las catástrofes, como en la expulsión de Adán y Eva del paraíso? ¿Qué fue eso tan horrible que le hicieron las manzanas a la cultura judeocristiana? ¿Qué culpa tiene la manzana de todos los pecados que se le imputan? Son preguntas retóricas pero que, en algún momento, sería útil poder responder.

En Del enebro, igual que en Blancanieves, la manzana es el vehículo del mal. A la niña del cuento la acusa, nada menos que su propia madre, de haber matado a su hermano y la hace cargar con la culpa a través de actos macabros y crueles. La manipulación por medio de la culpa es un juego de poder y de control. La culpa está en la comida, que simboliza la muerte, cada vez que aparece. Se asume la comida y la muerte como rituales religiosos, y comer con avidez el cuerpo y la sangre del niño tiene una evidente relación con la eucaristía del catolicismo. Allí reside lo siniestro. Según palabras del doctor Freud «lo siniestro es lo espantoso que afecta a las cosas conocidas y familiares». Lo que más aterra es lo que perturba el equilibrio de lo doméstico, de lo familiar. De todo lo que antes representó seguridad. Pero lo siniestro también tiene un peso estético fundamental. Es necesaria la oscuridad para poder ver la luz. La realidad no se puede descodificar sin puntos de referencia.

Los cuentos de hadas, en consecuencia, tienen una importante labor formativa. Los personajes de toda la vida han acompañado a muchas generaciones en los ritos de paso o en sus transiciones de la infancia a la niñez. Charles Dickens lo expresó de manera poco catedrática: “Caperucita Roja fue mi primer amor. Tenía la sensación de que, si me hubiera casado con Caperucita Roja, habría conocido la felicidad completa”. Quizás Freud también tendría que decir un par de cosas o tres sobre esta declaración.

“En Del enebro, igual que en Blancanieves, la manzana es el vehículo del mal”

Si hilamos fino podemos ver que los cuentos de hadas, en general, tratan siempre de lo mismo: de superar las pruebas necesarias para llegar a la madurez. Por eso Dickens manifestó un profundo desprecio por aquellos que censuraban o racionalizaban estas historias, porque entendió desde siempre que los cuentos también eran manifestaciones del subconsciente que necesitaban una vía de escape. Al respecto, de nuevo Mircea Eliade escribió: “No se puede negar que los apuros y aventuras de los héroes y heroínas de los cuentos de hadas están casi siempre traducidos en términos de iniciación”.

Entonces, sin miedo, entréguese al terror y la maldad. Déjese llevar y abra los ojos: no existe claridad sin penumbra. Dele paso a los significados simbólicos de lo siniestro y, si puede, hágalo en voz alta. Créaselo. Quizás aun no le parezca un cuento infantil, o tal vez los niños alemanes del siglo XIX tuvieran un estómago mucho más resistente que las criaturas de hoy en día.

 

Adriana Bertorelli Párraga (@adribertorelli ) es poeta, publicista, guionista, articulista y correctora. Obras suyas han sido incluidas en las antologías Voces Nuevas, 2001-2002 (Celarg, 2002), 102 poetas en jamming (Oscar Todtmann Editores, 2015) y Microcuentos de amor, lluvia y dinosaurios (Colección Blackbird, Alfaguara, 2016). Escribe paraThe Wynwood Times de Miami, Vanity FairL´Officiel y en la Revista Cultural Turia.

 

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