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Gertrudis Gómez de Avellaneda contra las “academias barbudas”

El año de 1853 fue para Gertrudis Gómez de Avellaneda uno de infortunios. A la tristeza de ver morir a su mentor, Juan Nicasio Gallego, a principios de enero, la poeta, dramaturga y reputada novelista tuvo que añadir la negativa de la Real Academia Española a admitirla como sucesora de su maestro para la silla Q (mayúscula), a pesar de que él mismo la había instado a nominarse para el puesto cuando estaba en su lecho de muerte. Le informaron que una mujer no podía ostentar un cago tan público como el de académica; la ironía es que en aquellos tiempos reinaba Isabel II: ¿qué cargo más público que el de monarca podía ostentar una mujer?

El sillón para el que Gómez de Avellaneda había optado pasó a estar ocupado por Antonio Ferrer del Río. A la luz de la historia, la decisión de no aceptarla ha sido leída como una muestra de arbitrariedad imperdonable; aunque la Real Academia reivindique en sus páginas la figura de Ferrer del Río, este no ha sido ni de lejos tan influyente como la autora cuya obra representa un puente entre las dos orillas del castellano, porque nació en Cuba y murió en España. No le tocó a ella cambiar la historia del academicismo, por eso se queja amargamente en su ensayo La mujer (1860) de que “la mayor potencia intelectual” no hace “brotar en la parte inferior del rostro humano esa exuberancia animal que requiere el filo de la navaja”, porque esa es la “única e insuperable distinción de los literatos varones; quienes —viéndose despojados cada día de otras prerrogativas que reputaban exclusivas— se aferran á aquélla con todas sus fuerzas de sexo fuerte, haciéndola prudentísima sine qua non de las académicas glorias”. En la historia de la RAE nunca una mujer había intentado tal distinción y todavía faltaba mucho para que alguna ocupara un sillón. Décadas después (1889) intentó la escritora Emilia Pardo Bazán con similares resultados. No fue sino hasta 1979 en que Carmen Conde tuvo el honor de sentarse donde ninguna otra lo había hecho antes.

No era la primera vez que Gómez de Avellaneda se enfrentaba con la misoginia institucional del estamento cultural de su país. A pesar de que en 1845 había entrado al Liceo Artístico de Madrid de la mano de José Zorrilla —el mismo que pensaba que las mujeres que escriben son “un error de la naturaleza”— en 1847 sus compañeros rechazaron su petición para formar parte del Consejo Consultivo de Teatro de ese organismo. El problema es que ninguna de esas negativas se basaba en sus capacidades artísticas, que las tenía muchas sino en su condición de mujer. Solo para que nos hagamos una idea de lo importante que era esta autora voy a decir que solo el año antes (1852) se produjeron en el país cinco obras dramáticas suyas: La verdad vence las apariencias, Errores del corazón, El donativo del diablo, La hija de las flores o todos están locos y El héroe de Bailén. En cuanto a su poesía, la academia reconoce ya que su estilo y temática eran los propios del canon romántico de su época. Si no la reconocieron en su momento fue debido a que la hegemonía masculina veía en su obra “lampiña” representaba una amenaza al status quo, quizá porque era mejor que la de muchos hombres reconocidos ampliamente por las instituciones culturales de su época.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

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