Principal Francisca Aguirre

Francisca Aguirre: la voz imaginada

Existen preguntas que parecen incontestables. Desde una primera —y ahora lejana—, lectura de El coronel no tiene quien le escriba (1961), me he preguntado por qué no tiene nombre la esposa del Coronel. Poesía ciertamente no le falta a esa mujer, que hierve piedras para esconder de los vecinos la hambruna; como si sólo al ser contemplada por otros, el hambre se hiciera real. Y no obstante, lo que más rabiosamente vuelve a mí, es la cuestión de qué le dijo ella —desde su triste anonimato— al Coronel, cuando este (sintiéndose “puro, explicito, invencible”) le contesta que comerán “mierda”. Por supuesto, el relato acaba —literalmente— con estas palabras. Y el resto debe adivinarlo el lector…

Por desgracia, nadie más ha manoseado esta incertidumbre todavía. Intacta deseo dejar esta empresa a voces más capaces. Pero para esto, resultará imperativo leer la obra de Francisca Aguirre; poeta del desgarro cotidiano y la lucidez pretérita, quien desde Ítaca (Premio Leopoldo Panero, 1971) su primer poemario, ha conducido sus reflexiones por sendas poco visitadas, para encontrar allí criaturas del desamparo; “aventureras del infortunio”, como las llamó ella.

En contravía de las aparatosas bitácoras que testamentan la vida de muchos de los personajes masculinos de la Literatura Universal, Francisca Aguirre esculca los motivos mismos de la cotidianidad y ubica en ellos, la imaginada voz de la belleza. No admite el “machismo sobrio” (Benedetti, 1972) del García Márquez que difumina a la mujer en un abnegado silencio; ni se resuelve por la asimetría del mito homérico que convoca a Odiseo mientras que apenas advierte a Penélope, sino que relee vigorosamente la apoteosis sensual y reflexiva que perpetra Kavafis sobre el viaje a Ítaca… ¡Lo que Francisca Aguirre recupera del trasegar de Odiseo, es el revés cotidiano e invisible de Penélope en su espera inderogable!

De esta manera, Aguirre participa de una cuestión que ha sobrevivido desde Homero —pasando por la intriga poética de virilidad exultante de Kavafis—, y que llega hasta nuestros días, al imaginar un alma para los silenciosos personajes que crecen en los bordes mismos de nuestra literatura y que son, a menudo, mujeres. La Penélope que aguardó veinte años el retorno de su esposo, tuvo que esperar aún veintisiete siglos para que otra mujer inventara sus palabras y la arrancara de la herrumbrosa cárcel del silencio…

Lejos de ser una casualidad, la voz de Aguirre parece destinada a dirimir asuntos que la preceden. Es posible leer con verticalidad versos suyos sobre la muerte de su padre —el pintor Lorenzo Aguirre—, ejecutado durante la dictadura franquista y la figura misma de Penélope, cuando murmura: “Señor, qué imperdonable: / haber nacido demasiado pronto /y haber llegado demasiado tarde”.

Además, a estos hallazgo poéticos; en los que la deconstrucción de un sí femenino, abisma la memoria y el presagio, debe sumarse el grueso de su poesía, que comprende Los trescientos escalones (Premio “Ciudad de Irún”, 1976), Ensayo General (Premio “Esquío”, 1995), Pavana del desasosiego (Premio “María Isabel Fernández Simal, 1998), Nanas para dormir desperdicios (Premio Valencia Alfons el Magnànim, 2007) e Historia de una anatomía, que le valió en 2011 el Premio Nacional de Poesía, así como el Premio Nacional de Letras Españolas que se le otorgó en 2018 por el conjunto de su obra, entre muchos otros.

Aguirre parece confirmar —como oteaba Seifert (1965)—, que “el poeta está obligado siempre a decir más que lo que esconde el rumor de las palabras. Y eso es la poesía”. Sea por esto que quizá en su poema Última nieve reflexiona: “Una hermosa mentira te vigila/ aunque no puede verte, y tú lo sabes. / Lo sabes de esa forma inexplicable/ en que sabemos lo que más nos hiere”. Esta es una poética desgarrada, consolada por derivaciones del desengaño: Enaltece la mar como un destino que la melancolía nos promete y descubre la memoria como un sucesivo estar sin ser, en el que los muertos no mueren.

 

Arturo Hernández González es docente, traductor y poeta colombiano. Es autor de los libros Olor a Muerte, (Biblored, 2012) y Breviario de lo Incierto (2017). Ganó el I Premio Literario Internacional Letras de Iberoamérica – Poesía (2017) y dirige la Revista Internacional de Cultura y Artes Noche Laberinto.

 

El retrato de Francisca Aguirre que ilustra esta nota fue tomado de la página web La ciudad de la poesía, en donde se encuentra una interesante biografía y más fotos de la autora.

 

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