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Llegar es volver a una lengua materna que sangra: La versión extranjera de Florencia del Campo

Llegar es volver y es escribir, también. Así sucede con La versión extranjera de la argentina Florencia del Campo. La escritura de esta novela es un retorno; un feliz retorno a su obra de 2013 Novela roja y a la nouvelle titulada La Huésped (2017). En la obra ganadora del premio Ciudad de Barbastro 2019 que publica la editoial Pre-textos, Del Campo aborda también las relaciones familiares desde un yo femenino que exhibe su degradación en torno a las filiaciones y a la ls ajenidad que instala a su voz literaria fuera del tiempo, fuera de la historia. Fuera del cuerpo. Fuera de la familia. Si la novela ahonda, perpetúa y continúa la temática de la incomodidad familiar, como hace en Madre mía, editada en 2018 por Caballo de Troya, también vuelve a aquello que nos es habitual la lectura de los primero textos escritos por Del Campo: la redacción huidiza, el desplazamiento del lenguaje, el desborde narrativo.

La versión extranjera se divide en dos partes que narran el mismo argumento desde dos puntos de vista diferentes, evitando la duplicación. La primera parte se presenta en forma de diario de los 19 días que dura el viaje de la protagonista desde Madrid a Estados Unidos para reencontrarse con Madre y Hermano —los nombra así, en mayúsculas—. Sin embargo, no hay acontecimiento, el presente se diluye en asuntos banales, cosas estándares, conversaciones superfluas, comida medida por kilo o en cajas, y, desencuentros. La bitácora se mueve a destiempo. Es el pasado que acusa para instalarse. Es la infancia y sus rencores. Es el padre muerto y el hermano ocupando su lugar, su trono en el reino de la familia; es la madre tejiendo los hilos del deseo de la hija. Es hija-la madre con el hermano-padre cuando rellenan la sombra de un incesto.

Frente al tabú, el lenguaje se aquieta, la sintaxis se quiebra y la verdad se suspende. «La versión extranjera», título que identifica también a la segunda parte de la novela, es justamente eso: la suspensión de la verdad y su reemplazo por un relato replegado en decir y decirse lo mismo, pliegue, repliegue, acordeón de lenguas.

 

Lo que sangra.

En la novela, las bocas sangran, vomitan, se quedan sin voz. Se escupe sangre y no palabras. La afonía y los trastornos alimenticios de la protagonista evidencian la presencia de una lengua estancada: “Mi garganta se ha jodido. Incluso el español se me planta ajeno, irreconocible; es artificio, es una lengua materna que sangra”.

¿Es posible dejarle al cuerpo la misión de decir?, llega a preguntarse el lector ante esta novela plural. La autora construye una voz enferma, una literatura de garganta que engulle historias y no dice, un discurso que acaba siendo pura herida amordazada.

“Es mi cuerpo, al fin, de nuevo, la versión en la carne”, escribe Del Campo. Pero la novela no es solo un discurso del cuerpo, sino también uno sobre el sentido que viene signado en la lengua: “La lengua es madre, es cuerpo de madre”. Las dos versiones del mismo argumento, desprendidos de ese cuerpo, son, entonces, relatos hijos (en el sentido de que uno no “desciende” o se origina del otro) y relatos hermanos (uno se parece al otro, como dos gemelos: uno macho, otro hembra).

“Mi garganta se ha jodido. Incluso el español se me planta ajeno, irreconocible; es artificio, es una lengua materna que sangra”

Lenguaje superpuesto, uno escrito por encima del otro. ¿También hay un incesto en el puro lenguaje? . La segunda parte de la novela desteje la trama de la primera, desborda y se regodea con lo ya dicho: misma sangre, mismo lenguaje.

Pero la novela también narra un regreso, como se dijo al principio de esta reseña. Y esto es fundamental. Se trata de contar desde la extranjería un origen, de un punto de partida, de un vínculo justamente para reivindicar no pertenecer a ninguna parte. Se escribe para regresar y se regresa para escribir. La escritura es camino de ida hacia la oquedad del desconocimiento, nos dice Luisa Valenzuela en Escribir con el cuerpo. Y nada más acertado que esta reflexión para pensar esa zona oscura a la que se enfrenta la voz narrativa de La versión extranjera con el único poder posible: el lenguaje.

 

Lorena Pacheco es licenciada en Letras de la Universidad Nacional del Comahue (Patagonia, Argentina) e investigadora sobre poéticas migrantes en el tránsito Latinoamérica y España.

 

 

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