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En Estudios del malestar, José Luis Pardo rompe la imagen edulcorada de la democracia

Para José Luis Pardo en su libro Estudios del malestar, Premio Anagrama de Ensayo 2016, hay dos concepciones de la política de las que se siguen dos concepciones antagónicas del “malestar”. La primera la llama “contractualista”, en referencia al contrato o pacto social, que pone el estado de paz y el pacto social como condición de la política; y a la segunda la llama “conflictivista”, que sostiene que el estado de guerra (así sea en forma latente) es “lo único que autentica la política”. De la primera concepción se deduce que la fuente del malestar es “todo aquello que contribuye a minar, erosionar o anular ese contrato y a reponer el estado de guerra implícita.” Para los “conflictivistas” la fuente del malestar es el contrato social mismo, la “ilusión” de que se puede superar el estado de naturaleza y de enfrentamiento entre los hombres. El malestar, para estos, es fundamentalmente un malestar con el Estado, y sobre todo con el Estado de bienestar, porque entienden que la democracia social de derecho no es más que un mito.

“El estado de malestar no es sin más el estado de guerra. No se trata de una guerra declarada en fecha fija, entre enemigos explícitos y comparables… El estado de malestar consiste más bien en la inseguridad acerca de si estamos en estado de guerra o en estado de paz y, por consiguiente, en la imposibilidad de instaurar un estado (jurídico) de paz debido a la persistencia de las amenazas de sublevación, disturbios, atentados o insurrecciones, incluso aunque a veces estas amenazas no sean creíbles.”

Pardo no ignora que durante los periodos de malestar el contrato social tiende a parecer una ilusión; la población empobrecida y harta de los escándalos políticos se pregunta cómo se ha dejado desamparados a tantos ciudadanos.

En este escenario medran y prosperan quienes consideran que el Estado de derecho es un mito que esconde la verdadera naturaleza de las relaciones entre los hombres: la lucha, el enfrentamiento, el conflicto, que son, además, condición y esencia de la política.

Del malestar se puede sacar provecho electoral y fuerza política. Esto lo han entendido bien los grupos y personas que han crecido bajo el manto de la crisis, a pesar de que para estos políticos “realistas” o “auténticos” el juego parlamentario sea una pantomima, al que se accede llevados por las circunstancias pero que se denuncia como falso, encubridor de la verdadera naturaleza de la sociedad y la política.

En su ensayo, Pardo investiga la tradición filosófica y cultural de estas ideas (y, sobre todo, de esta práctica) y se remonta a Platón, al diálogo entre Sócrates y Calicles donde este argumenta contra la ley civil y a favor de la potencia irrefrenable de la naturaleza; al comunismo, con su inmenso prestigio intelectual fundamentado en las primeras décadas del siglo XX, y con su pretensión de ser la única fuerza transformadora de la sociedad y la encarnación del bien y la verdad; a las vanguardias artísticas, que propugnan la desaparición del arte en la vida; al derecho a la rebelión de Michel Foucault, y su idea del continuun del poder, en el que todo poder institucionalizado es malo; al rechazo de la democracia parlamentaria de Carl Schmitt y su dialéctica del amigo-enemigo.

Pardo nos recuerda que lo que hizo la crisis fue romper con la imagen edulcorada de la democracia del crecimiento económico sostenido durante varias décadas. Para quienes sólo conocían este ropaje brillante, las largas filas de parados, los desalojos, los escándalos de corrupción, las fortunas en paraísos fiscales y la doble contabilidad de los partidos políticos, parecían negar la idea misma de democracia. Pardo se pregunta: “¿Quién iba ahora a convencerlos de que no hay otra, que la democracia no es incompatible con las estrecheces económicas, ni con la corrupción política, ni con la colusión entre poderes fácticos, y que todo ello en lugar de animarnos a liquidar el sistema y a acabar con las instituciones que lo sustentan es lo que hace que resulte tan importante que los parlamentos, los tribunales, los gobiernos y la prensa funcionen bien, porque constituyen la única defensa legítima y creíble contra esos males?”

La argumentación de José Luis Pardo en su libro nos recuerda que la crisis y su malestar amenazan el Estado de bienestar y a la democracia misma tan duramente conquistada, y las libertades y la seguridad jurídica que le son inherentes.

 

Rubi Guerra narrador, editor, periodista y promotor cultural. Es fundador de la sala de arte y ensayo Ocho y Medio y asesor de la Casa Ramos Sucre en Cumaná, Venezuela. Ha publicado casi una decena de libros, entre los que se encuentra La tarea del testigo (Premio Rufino Blanco Fombona, 2007), Las formas del amor y otros cuentos (Premio Salvador Garmendia, 2010), El discreto enemigo, que editó en 2016 Madera Fina.

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