distopia

Estabulario, de Sergi Puertas presenta seis fábulas de la distopía que ya llegó

En el sentido en el que la ciencia ficción codifica en símbolos futuristas los problemas más contemporáneos, el primer libro de cuentos de Sergi Puertas es un noble ejemplo del género. Sobre las seis narraciones que conforman el volumen titulado Estabulario gravita la noción de que la tecnología, en lugar de facilitar la vida, la oprime y de que su omnipresencia establece una relación totalitaria con las personas que, a la larga, les anula toda forma de volición.

El relato que da nombre al conjunto propone un juego de palabras con el verbo “estabular” que identifica la acción de guardar al ganado en los establos. Es el mismo cuento que cierra el libro y muestra a dos personas en un “refugio” donde la acción gira alrededor de una pantalla en la cual se desarrolla una secuencia de hechos determinados a partir de una “caja de opciones”, como en un videojuego. No se necesita un gran esfuerzo para imaginar que la fantasía descrita por el autor nacido en 1971 se alimenta de la imagen cotidiana de la gente, un poco perpleja y otro poco agobiada, frente a las pantallas de su teléfonos móviles, audiencia y consumidores de informaciones y publicidad que se reproduce ad nauseam en llamadas, mensajes de textos, correos electrónicos, videos, notas de voz y toda suerte de comerciales multiplataformas. De la misma manera que un fabulario es un repertorio de fábulas, a la luz de los cuentos de Puertas, un “estabulario” podría ser un repertorio de lugares facilitados por la tecnología en donde la gente almacena sus recuerdos e ideas, como hacen los protagonistas del cuento, a riesgo de perder la conexión con la realidad.

La imagen de la humanidad que preocupa al autor es la de una masa de espectadores aislados. Paradójicamente, no existe un tiempo en que las personas estuvieran más incomunicadas que este de enormes redes informáticas y multitud de cacharros telefónicos. Confundidos los deberes y –peor aún– las expectativas de los ciudadanos con los de los públicos, el individuo se encuentra más solo que nunca: indefenso frente a la estructura de fuerzas encubiertas de un poder que no ve porque está en todas partes. Uno de los personajes en Estabulario lo pone en términos muy simples: “A veces, en la vida, nos sentimos víctimas de fuerzas que no controlamos, de poderes que nos sobrepasan. Meros espectadores de un mundo que trata de enterrarnos en su incomprensión, en su egoísmo”. Las herramientas de esos poderes invisibles son las máquinas cuyo alcance fluctúa entre nuestra intimidad y el espacio público. Lo mío y lo nuestro confundido, material para hacer mercado.

La desconfianza de Puertas hacia los medios tecnológicos generadores de contenido como la televisión y el Internet es especialmente puntillosa cuando ironiza sobre las desigualdades sociales. Los mejores momentos del libro son las recurrentes descripciones de comunidades distópicas, que no están pobladas por ciudadanos sino por públicos. Allí cada situación obedece a la lógica espectacular de los estudios de audiencia. “Distintos canales pero siempre las mismas imágenes: una marabunta de refugiados irrumpiendo en las poblaciones, internándose en ellas desde planos aéreos”, escribe en “Manos libres”, un relato donde solo un reality show puede salvar a dos mujeres presas en un lugar sitiado doblemente por soldados y por desplazados: “Escaparates estallando, refugiados entrando en los comercios cuchillo en mano, emergiendo de ellos ensangrentados. Los refugiados empujan carritos de supermercado en los que cargan televisores LCD, equipos informáticos, electrodomésticos, ropa de marca”.

“A veces, en la vida, nos sentimos víctimas de fuerzas que no controlamos, de poderes que nos sobrepasan. Meros espectadores de un mundo que trata de enterrarnos en su incomprensión, en su egoísmo”

La misma unión entre una indeseable sociedad totalitaria y la lógica televisiva se encuentra en “Torremolinos”, donde una exitosa serie está ambientada en una Andalucía independiente que es “mezcla entre Marruecos y Corea del Norte con un toque de Andorra por aquello del paraíso fiscal”. El protagonista de la serie es un exiliado andaluz y su material son los recuerdos de su vida antes de emigrar a España, que se convierten en audiovisuales a través de un procedimiento de “drenaje”. La visión de una biotecnología más cercana a G.H. Wells que a Michel Foucault también es motivo del cuento “Obesidad Mórbida Modular” con el que se abre el libro. Allí el empleado de una cadena de comida rápida se ve enfrentado a la desidia del servicio técnico que atiende al software que maneja su uniforme de trabajo, un traje que le aumenta unos cien kilos y que, como un parásito, se fusiona con su cuerpo. Así que cuando la ropa comienza fallar es el propio cuerpo que se avería.

¿Suena horrible eso de “drenar” las memorias? ¿No es lo mismo que hacemos en Facebook o en Instagram con nuestros recuerdos? ¿Resulta extraño un cuerpo fundido con un uniforme? ¿No es lo que hacen miles de profesionales, pongamos por ejemplo a las actrices, haciéndose atractivas a punta de implantes? Filtramos nuestros recuerdos y nuestros cuerpos o los embellecemos para ponerlos a conversar con la el colectivo de la audiencia. Es la intimidad expuesta al espacio público y convertida en herramienta de consumo. Lo privado hecho comunitario no es aquí una fantasía de la izquierda sino la materia prima del más salvaje capitalismo. Y todos nos hemos hecho sus cómplices. Hemos adelantado la distopía.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

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