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Esa sutil inocencia de las palabras en la obra de Aki Shimazaki: Hôzukim la librería de Mitsuko

Las cosas extrañas portan una sutileza encantadora. Vienen de a poco, nos son dadas gradualmente, como si tuviéramos que habituarnos a ellas para recibirlas. Quizá, sin titubeos, sea esta la experiencia que se deshilvana en la lectura de Hôzukim la librería de Mitsuko (2017), de Aki Shimazaki (Gifu, Japón, 1954), novelista y traductora canadiense de origen japonés. Un libro para acompañarnos durante un viaje o en una tarde de tibio sol. Traducida por Íñigo Júregui y publicado por Nórdica Libros, se nos ofrece una novela ligera por su extensión y no menos diciente por lo que se permite sugerir entre sus líneas.

Mitsuko vive con su hijo Tarô Tsuji y su madre, una anciana católica. Ella pasa sus días en una librería de su propiedad, especializada en la venta de libros de filosofía. Descubrimos una vida serena, apacible, la cual se complementa con un trabajo un poco distinto al habitual. Cada viernes en la noche cambia su tranquila posición de mujer vendedora de libros para trabajar en un bar de alta gama. Allí presta sus servicios y no se priva de variadas y particulares conversaciones con intelectuales y escritores. Mitsuko, de reservada personalidad, dice: “Cada uno tienen una vida única y problemas que pueden ser increíbles. Como se suele decir: ‘La realidad a menudo supera la ficción’. Pero, después de todo, la vida del prójimo no es asunto de nadie”. No le han interesado los problemas de las demás personas, no ha asistido al encadenamiento que impone otro ser. Hay en ella una ingenuidad que le permitía recordar una vida pasada donde abundaron los amantes, los viajes a otros países y algunas marcas propias de la vida que no reservarían esa áspera línea entre la alegría y la tristeza.

Tarô, hijo de Mitsuko, es sordomudo. En la novela se particulariza su condición a través de la mención de esa antigua lengua de señas que el niño aprende para comunicarse con su madre y su abuela. Sin embargo, no desconoce los ideogramas chinos (kanji) ni la escritura silábica japonesa (hiragana). En la infancia todos los comienzos son posibles: suerte de natalidad frente al mundo, acontecimiento de la mirada, experiencia de una poética del sentido. En este sentido, Aki Shimazaki ha recreado en Tarô la figura de un personaje inolvidable. Aficionado a la pintura, aprenderá ese silencio musical con el que se pueden mirar la cosas, no solo de su madre, sino también de su gato Sócrates, quien fue encontrado, en medio de la intemperie, por Mitsuko. Tarô, de siete años, conoce a Hanako, una niña que ingresa con su madre Sato a la librería buscando algunos libros de filosofía y psicología. El encuentro entre ambos niños será determinante para que otra historia vincule a las dispares Mitsuko y Sato. Un encuentro, único e indefinible, entre dos vidas que llegan a vincularse más allá del tiempo y del espacio, más allá de disímiles percepciones sobre la verdad y la mentira, dando a la historia un giro entrañable y sensato.

Si en la infancia asistimos a ese comienzo posible, es porque Torô nos revela otra dimensión del ser niño. Es decir, la inocencia es el fruto de una mirada honesta frente al mundo. No nos podemos privar de compartir este fragmento que resulta ser luminoso:

“Le explico a Tarô el significado de la palabra confesión.

—Si admito ante el cura el mal que hice, ¿de verdad Dios va a perdonarme? —pregunta, confundido.

—No lo sé, pero es lo que creen los católicos. A condición de que no repitas tu falta.

—¿El cura no le cuenta a nadie lo que ha oído?

—No. Su función es guardar el secreto.

—Incluso si le robo a alguien, ¿no me llevará la policía?

—No. El cura tratará de convencerte de que vayas tú mismo a la policía.

—Si me niego a ir, ¿llamará a la policía?

—No. Aun así, debe guardar el secreto.

—¿Y si la policía le pide que diga la verdad?

—Intentará convencerte, peo no te traicionará.

—¡Qué valiente! —exclama Tarô, impresionado.

—Sí, mucho, pero tú tampoco debes traicionarlo.

—¿Qué quieres decir?

—Que tú te arrepientes de lo que has hecho y no lo repites.

—Si todo funciona así —dice —, no hace falta policía ni cárcel”.

Aki Shimazaki propone en su novela una relación fría y tensa, en un principio, pero que se irá construyendo, a la manera de fragmentos que forman un objeto concreto. A través de Mitsuko y la distinguida señora Sato, la autora explorará la temática, siempre frágil y compleja, de la maternidad, el abandono, el aborto y la adopción. El lector que propone es un lector activo, como lo pensara Julio Cortázar. El lector habitará la historia, anudará las luces que se ocultan entre sombras, construirá una casa donde ambas mujeres habitarán en un destino común y compartido. La cercana amistad entre los dos niños, Tarô y Hanako, será ese puente entre el presente y el pasado. La analepsis abunda y el tejido tomará tramas y texturas no avizoradas. Será el lector quien las descubra, quien perciba al final un otro decir, para ligarse con hechos y recuerdos donde resuena, siempre, una cierta lección del amor.

Aki Shimazaki, en Hôzukim la librería de Mitsuko, nos comparte una visión íntima sobre cómo se anudan los lazos humanos. Es una novela que sigue diciendo luego de ser leída. La sugerencia ha sido una de las características más destacables en la literatura japonesa. No representar el mundo completamente, sino graduarlo para que se convierta en encuentro, en acontecimiento y, por qué no, en la felicidad de unos hechos que precisan de nuestra mirada para tomar la forma de la memoria en esa sutil inocencia de las palabras.

 

Wilson Pérez Uribe (@WilsonP_U). Escribe poesía y ensayo. Algunos de sus poemas y ensayos han sido publicados en Colombia, España y México en revistas como La Tagua, Aurora Boreal, Suma Cultural, Otro Páramo, Periódico de poesía UNAM, Literariedad, Desván y Cronopio, periodismo cultural, entre otros. entre sus poemarios destacan El amor y la eterna sinfonía del mar (Hombre Nuevo Editores, 2011) y  Movimientos (Universidad de Antioquia, 2018).

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