Eric distopía

Eric presenta una «distopía» construida sobre el miedo al otro

¿Cuál es la importancia de asumir el pasado para construir el futuro?, ¿quiénes somos cuando no somos nosotros mismos?, ¿cómo la biografía íntima reproduce la historia universal?, ¿es la violencia de nuestra época el resultado de un choque de culturas?… Son algunas de las preguntas que se formula el lector durante la lectura de la segunda novela de Rebeca García Nieto, Eric.

Eric es un poco como el individuo contemporáneo, incapaz de establecer lazos con el resto de sus congéneres. Y un segundo giro dramático comprueba esta hipótesis cuando en la ciudad donde viven, Nueva York, brota una peste que nadie atina a describir. Porque el lector descubre cuando la trama está avanzada que la novela de la autora nacida en Medina del Campo en 1977 narra una distopía. En ese género resulta más evidente la ironía política que parece el subtexto que García Nieto quiso crear en esta obra donde la alegoría tomo protagonismo. Como es de esperarse, el brote saca lo peor de cada ciudadano. Mientras los vecinos en Astor City, la comunidad de élite donde habitan Eric y sus padres, los aíslan o hacen lo posible por expulsarlos de allí, las autoridades policiales de la zona practican métodos fascistas como la segregación, la reclusión en campos aislados y la violencia sistemática para calmar el terror de la población ante la amenaza sanitaria. Este contexto permite interpretar el nombre de Eric, que “suena como aire, al menos en inglés”, como la metáfora de quien, igual que el viento, no encuentra asideros en el mundo material.La obra lleva el nombre del personaje protagónico pero referencial que funciona como la metáfora en el núcleo del argumento. Eric es hijo del matrimonio entre una judía estadounidense que reniega de su religión y un científico austríaco que se arrepiente de la historia europea. El primer giro dramático lo establece la sospecha de que el niño sufre un trastorno neurológico cercano al autismo. “Para Eric era casi imposible ponerse en la piel de otras personas”, explica el padre parafraseando el diagnóstico que hace el consejero de colegio: “Habló de las neuronas espejo, de cómo, cuando vemos a alguien haciendo algo (dar un brinco, por ejemplo), se activan en nosotros las neuronas necesarias para realizar esa acción”. Pero Franz no puede aceptar lo que le dicen de su hijo y prefiere pensar que su condición se articula como resistencia al entorno en que habita. “Eric era un espejo del mundo que le rodeaba: su colegio, sus vecinos, nosotros. (…) Era el reverso del niño que todos querían que fuese”, ironiza el padre cuya narración en primera persona ocupa las tres cuartas partes de la novela.

La condición del niño es peor que el autismo; lo trasciende y es producto de su familia balcanizada. Porque Franz no desprecia la historia del continente donde nació de una forma abstracta sino localizada en las personas de su familiares: la ciencia que practica, la astrofísica, mira hacia el cielo en abierta oposición al oficio de su padre, que se fundamentaba en revolver las entrañas de la naturaleza, porque era enterrador. Y Cindy (la madre de Eric) no desprecia las enseñanzas de su religión, sino una manera de vivirla. “Algunos judíos sacan a colación el Holocausto hasta para contar chistes”, se lamenta.

Como el tiempo en el que vive, porque la autora no nos dice en qué año ocurre esa distopía que a ratos el lector encontrará demasiado familiar, Eric simboliza su tiempo histórico. “Un niño necesita tener una vida antes de su nacimiento. Necesita un pasado, unas raíces familiares. De lo contrario, tendrá que apoyar a lo pies en un vacío. Y así es imposible no perder pie”, le explica el médico a Franz. Y, ¿qué puede esperarse de un chico que crece incomunicado con su pasado? Lo mismo que puede esperarse de una comunidad distanciada de su historia: nada.

Michelle Roche Rodríguez es autora del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

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