Margo Glantz (foto principal

Margo Glantz: “Siempre he favorecido el fragmento”

La cultura practica una forma de hacer invisible el trabajo de las escritoras incluso antes de que publiquen: la condescendencia. Se trata de disfrazar detrás del consejo de un amigo la convicción de que el trabajo producido por alguna de ellas es de menos calidad que el de los hombres. La mexicana Margo Glantz (1930) fue víctima de esta práctica y se lamenta de no haber publicado un libro de narrativa antes de llegar a los 40 años por escuchar las opiniones de sus amigos escritores. “Mire Margo, a mí me parece muy elegante lo que usted hace, pero son como las cuentas sueltas de un collar”, recuerda que le dijo el narrador, ensayista y político jalisciense Agustín Yánez (1904-1980), cuando a finales de la década de los 60 ella le mostró uno de sus primeros manuscritos.

Cabe preguntarse si el símil de las cuentas del collar lo usaría Yáñez también con los hombres que aspiraban a publicar. Eran tiempos de vanguardia en la cultura y quienes escribían hacían toda clase de experimentaciones con el lenguaje, muchas de las cuales encontraron destino editorial, mientras otras se quedaron, como quien dice, en el tintero. Glantz sabía desde ese tiempo que sus textos eran fragmentarios, sin la acostumbrada tríada del principio, el medio y el final, pero le ganó la inseguridad y el sistema, por supuesto, que para eso estaba. Para ella, el fragmento estaba satanizado. Hasta que escribió, y publicó por cuenta suya, Las mil y una calorías, novela dietética, en 1978. Piensa que es un libro fallido, pero lo pequeños textos que lo conformaban eran como fábulas y le demostraron que podía escribir, solo que lo hacía distinto. “Me interesa la ruptura absoluta del canon, la intertextualidad, el emborronamiento de los límites entre los géneros canónicos. Quiero doblar la teoría aristotélica de la causa y el efecto”, apunta la autora de las novelas Apariciones (1996) y El rastro (Finalista del Premio Herralde de Novela en 2002).

“Me interesa la ruptura absoluta del canon, la intertextualidad, el emborronamiento de los límites entre los géneros canónicos. Quiero doblar la teoría aristotélica de la causa y el efecto”

Desde entonces y hasta ahora ha publicado una veintena de narraciones y casi el doble de libros de crítica literaria o académica. En 1995 la nombraron miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua, en 2004 le otorgaron el Premio Nacional de Ciencias y Artes de su país y en 2010 recibió el Premio FIL de Literatura y Lenguas Romances. En todos esos galardones se ha subrayado su trabajo con el idioma y su capacidad de utilizar la experimentación para ensanchar los límites del discurso literario.

 

Vida en fragmentos.

“Siempre he favorecido el fragmento en mi obra”, declara Glantz cuando se le pregunta por su libro más reciente: Y por mirarlo todo, nada veía: un ensayo construido de pensamientos brevísimos, como las entradas en la red social Twitter, en donde la conjunción “que” une una larga fila de fragmentos con las más diversas informaciones. Interesada en las redes sociales desde hace más de un lustro, se tomó la tarea de ir juntando textos hasta que descubrió allí un filón literario y vio la oportunidad de un libro. Se trata del mismo gesto de “juntar las cuentas de un collar” con el cual comenzó su andadura literaria, de unir las partes, tanto en la narrativa como en el ensayo.

El interés por el fragmento le nació desde sus primeros tiempos como profesora de la Universidad Autónoma de México, cuando se dio cuenta de que el cuerpo femenino había sido desde siempre un objeto mirado por los hombres. “Traté de observarlo desde mi perspectiva y desmontar las conclusiones de los demás. Centré mi estrategia en mirar al cuerpo pedazo a pedazo y comencé haciendo un estudio de los pies”, explica la autora que luego se interesó por los ojos y las lágrimas en la novela María, de Jorge Isaacs: “El problema vino cuando comencé a trabajar el erotismo. Entonces me di cuenta de que estaba vieja para eso, así que tuve que dedicarme a trabajar el cuerpo enfermo. Por eso recurrí al cáncer de seno y estudié los pechos sin erotizarlos”.

Lo bueno —o lo malo, según desde donde se mire— es que la noción de una literatura fragmentada permite que nunca se agote el discurso… ni el trabajo. Por eso, ahora que ha abrazado el quiebre y la hibridez como estilo literario, Glantz se encuentra en una de las etapas más creativas de su vida, a tal punto que tuvo que rechazar el ofrecimiento que le hicieron de dirigir la prestigiosa editorial estadal Fondo de Cultura Económica de México. A sus 88 años de edad, tiene miedo de que la vida se le acabe antes de terminar de escribir todos los libros que tiene en la cabeza, entre los que se encuentran uno de viajes que publicará en Argentina, así como un borrador que afina desde hace décadas donde trata la representación del cabello en el teatro de Calderón de la Barca.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

 

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