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La trovadora encerrada en El Roman de Flamenca

El Roman de Flamenca, un libro medieval francés editado por la Universidad de Murcia que traduce Jaime Corbasí Carbonero, esconde una cantante en su interior. No, no me refiero a la que conquistó el mundo al trantrán. Esto no parece extraño, pues el relato siempre muestra un fondo musical. Y es que en toda la región francesa de Auvernia se compusieron canciones, estrofas y refranes sobre la manera en la que el señor Archimbaut trataba a Flamenca. Presa de los celos, él no dejaba que ella se descubriera el rostro, ni siquiera las manos, y por eso las llevaba enguantadas siempre. Sólo la dejaba sola por un instante, en misa, cuando el cura le daba la paz. Encerrada en una torre en donde su marido hace de carcelero, Flamenca ha muerto para las demás personas.

El caballero Guillem de Nevers escuchó esas melodías y se enamoró de Flamenca de oídas. Así que quiso abordarla y seducirla, para rescatarla de la soledad y del abuso. Y para eso fue a la iglesia. En las calles se celebraba la Fiesta del árbol de mayo. Después de cenar, en Occitania, todo el mundo “bailaba y hacían farándulas, y si hacia calor, se refrescaban”. Las jóvenes solteras ya habían levantado las ramas de mayo, plantadas en las vísperas, y cantaban sus adivinanzas. Durante esta exaltación, se entonaban las “canciones de mal maridadas”, en las cuales las jóvenes esposas no son satisfechas por maridos ancianos, penando en matrimonios de poca conveniencia. Por ello, los amantes jóvenes se adjudicaban el derecho a cortejarla y las esposas podían rebelarse, quedando libres como si fueran solteras. Así, todas se convertían en malcasadas, lo fueran o no, para ridiculizar al marido, al que se llamaba viejo, aunque no fuera propiamente un anciano. Los mozos rivales siempre tenían menos años, tan pocos como las mujeres, convertidas en ninfas gracias a un renovado frenesí colectivo. En unos casos, esto quedaba en una farsa. En otros, del fingimiento se pasaba a la consumación, incluso rompiendo los votos matrimoniales.

Dentro de la iglesia, lo profano quedó divinizado cuando Guillem de Nevers vio a Flamenca. Comprobó que tenía la piel blanca, delicada y tersa, que los cabellos rubios resplandecían al herirla el sol con sus rayos. Al ver la mano desnuda cuando ella se persignó, casi se desvanece. Más tarde, Flamenca, en sueños, le reveló a de Nevers cómo acercarse para dirigirle la palabra: durante la misa, cuando el cura le diera la paz. Sólo le daría tiempo para decir una palabra y ella respondería en la siguiente ocasión, estableciendo así una truncada conversación durante meses.

 

El salterio.

Por esa razón, el caballero De Nevers se hizo clérigo: no se disfrazó de religioso, sino que ejerció como “patarino” a las órdenes del sacerdote Justin. Eso permitía que en la misa se encargara de dar la paz a los congregados. Cuando vio a Flamenca, se fue a por su salterio. El término salterio viene del griego “psaltḗrion”, que puede significar tocar, como cuando se pellizca las cuerdas de un instrumento. Él ha “tocado” a Flamenca, y la hará cantar, iniciar una melodía. Al acercarse, ella besó una página del libro de salmos que el enamorado le ofrecía, y él vio con claridad su boca risueña. Él, lívido, sólo pudo susurrar un ¡ay de mí! (¡Hai las!).

De Nevers demostrará su sabiduría al hablar del querer, ese “parlar d’amor” en el que consiste la seducción. Pero también lo hará Flamenca. El desafío lanzado por él suponía algo importante: que entraría en el juego como una trovadora consumada. Tenía que saber qué decir, debía provocar la respuesta en el otro, dirigir la conversación, retardarla a conveniencia. Todo ello midiendo las palabras. El breve intercambio de bisílabos de ambos formará, si los juntamos al final, cinco versos de ocho sílabas, de igual medida que los del resto del poema.

La compositora no compartía tema con los demás trovadores, que solían cantar al desvivirse, regodeándose en las penas de la pasión. Sus rimas debían acordar un encuentro. Flamenca se convirtió en una “trobairitz” más, como las que se dedicaban a cortejar. En aquel tiempo, se podía ver a Castelloza en compañía de su caballero, sentada y sacudida, galanteándole mientras mostraba sus muslos y sus pies. Por contra, el hidalgo la escuchaba con la mano en el corazón, tapado y honesto.

 

De trovadoras y trovadores.

Otra trovadora famosa, la Comtessa de Dia, aparecía elegante, envuelta en su manto de armiño, cumpliendo con todos los preceptos de la “domna” de su tiempo: el pelo rubio recogido en trenzas y la tez clara, señal de que no trabajaba de sol a sol en el campo. A veces, sostenía un halcón en su mano izquierda, ave que solía señalar la lucha contra el pecado. Pero este rapaz aquí podría tener otro sentido. Quizás lo exhibía para destrozar al mal amor, a los malos amantes como Archimbaut. Otras veces sustentaba un cetro, o bastón de mando, rojo con adornos dorados, parecido a las ramas de mayo, a manera de emblema del poder creador de la primavera, de la mujer.

Algunos imaginan al autor del roman como un clérigo, de aquellos ambulantes, que peregrinaban de una corte a otra, haciendo de poetas, secretarios o juristas. También fantasean con su fealdad, con lo que De Nevers se convertiría en un bello avatar, un pulcro religioso que lograría consumar la fantasía amorosa. Si seguimos con esta cadena de cuentos, podemos aventurar que Flamenca cantó su propia desgracia. Estas canciones, estrofas y refranes sobre la manera en la que su marido la trataba, llegaron a oídos del autor. Al igual que De Nevers supo cómo llegar a ella a través de un sueño, en el cual la cautiva le donó la solución, gracias a otro coma llamado inspiración, el anónimo se basó en los versos cantados por la trovadora para componer El Roman de Flamenca.

 

Antonio Palacios colabora con las revistas Estación PoesíaClarínLetraliaEl Coloquio de los PerrosAriadna y Revista de Letras, entre otras. Publicó Yo sombra, en 2018, un libro que se comprende de una novela, un libro de entrevistas, una guía de viajes, una sátira y un ensayo poético sobre la verdadera naturaleza de los sevillanos.

 

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