fbpx
mcBRide (pricipal)

Eimear McBride apela a la herencia de Joyce en Una chica es una cosa a medio hacer

Entre las primeras tareas que se impone cada generación que profesa la literatura es la de reescribir a los maestros. En Una chica es una cosa a medio hacer, la irlandesa nacida en Liverpool Eimear McBride (1976) hace un bello tributo a la novela de formación de James Joyce, Retrato de un artista adolescente (1916). En la de McBride una chica que vive en un hogar monoparental en la Irlanda de finales del siglo XX narra su despertar sexual al hermano mayor, que tiene dificultades de aprendizaje y llega a desarrollar un tumor:

“El peso que pesas en mí tochos y piedras. Pero. Si te dejo. Si te suelto. Te caerías. Te caerás. No qué va. Y tanto que sí, pero da igual, estoy aquí.”

Como la novela de McBride, la de Joyce tiene una marcada atmósfera finisecular, solo que Retrato de un artista adolescente transcurre 100 años antes y por eso tiene un marcado ambiente político. A esta semejanza se pueden añadir el catolicismo y la obsesión con el pecado como motivos constantes a lo largo de ambas obras. En Una chica es una cosa a medio hacer, la opresiva atmósfera de religiosidad donde el trauma queda en segundo plano ante el tumor cuyos efectos sobre el hermano se relatan con naturalismo en cada detalle. El mismo abandono a la carne del Stephen Dedalus de Joyce marca casi todas las acciones de la protagonista de McBride. Pero el género impone una diferencia fundamental. Vistos en perspectiva y fuera de las cabezas de los protagonistas, los pecados del primero se limitan a la glotonería, la masturbación y las numerosas visitas a prostitutas; en la otra implican la entrega a hombres que con frecuencia la brutalizan, convirtiendo las rasgaduras del alma también en heridas del cuerpo. Cuando cambia el género del protagonista en el bildungsroman cambia el catálogo de dificultades que se enfrenta durante la formación del carácter.

Sobre una estructura clásica —esto es: que narra los hechos cronológicamente, casi sin vueltas al pasado—, McBride construye una novela donde la narración en segunda persona del singular convierte al lector, no solo en un testigo de las acciones relatadas, sino en uno de excepción, con un privilegiado acceso a la mente de la protagonista. Así, quien lee llega a tomar el lugar del hermano, haciéndose cómplice —aunque sea por omisión— de la violencia material y psíquica a la que se somete la protagonista, incluso por su propia voluntad. El periódico británico The Guardian —que desde su publicación en 2013 se ha referido a esta novela con frecuencia y entusiasmo— la clasifica en una lista de libros donde los personajes femeninos buscan el sexo violento o degradante, en la que también están Adèle, de Leila Slimani —que aún no está traducida al castellano—, Lo estás deseando, de Kristen Roupenian —traducida por Anagrama— y Gente normal de Sally Rooney —traducida por Random House—. Impedimenta, la editorial que publica la traducción que hace Rubén Martín Giráldez de Una chica es una cosa a medio hacer, destaca en su contraportada que este libro con el que McBride debutó en la narrativa ganó el Premio Goldsmith en 2013. También obtuvo los premios Desmond Elliot, Baileys Women’s Prize for fiction y Kerry Group Irish Novel of the Year (2014), entre otros.

Otros críticos han destacado en esta novela la herencia de autoras de la tradición anglosajona como Edna O’Brian o Virginia Woolf. Y la misma McBride se ha ocupado de citarlas en sus entrevistas. Yo, en cambio, no pude dejar de escuchar los ecos de Joyce en mi lectura. Un Joyce que hablaba con voz de mujer. Uno bajado del pedestal del genio que cuenta el relato trepidante de una infancia.

Joyce es considerado uno de los escritores más influyentes del siglo pasado porque su narrativa de vanguardia se encuentra en el núcleo del movimiento modernista, una fama que consiguió gracias al desarrollo del método del fluir de la consciencia, una variante del monólogo interior en donde trastoca los signos de puntuación y otras formas de la sintaxis porque prima el registro de lo íntimo al yuxtaponer pensamientos, sensaciones y recuerdos tal como afloran en la mente. Experimentó con la técnica en algunas partes de su primera novela, pero fue en Ulises (1922) donde llegó a la verdadera maestría. McBride la utiliza para narrar la manera en que la violencia contra una niña, incluso cuando ya es adulta, puede fragmentar la identidad:

“Dentro de mí. Pasándome de largo. Él. Duele. Pasado mi pecho apretados mis dientes apretados mis pulmones apretados mi cerebro apretado aplastar mi sangre sabiendo adónde ir mi corazón parando cuando bien puede pasar del tema. Hacer que. Me haga. Y le doy. (…) Soy. Un amasijo de sangre y vergüenza”.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora de la novela Malasangre (Anagrama, 2020), del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

Tags:
0 shares
  1. Estelio Mario Pedreañez

    Una reseña total. Otra prueba de la capacidad e inteligencia de su autora. Una nota: Joyce es guía. También el más español de los escritores en lengua inglesa, pero su
    gigante ego lo llevó a ocultar lo mucho que le debe a la literatura española. Góngora fue uno de sus maestros porque ante sus primeros fracasos al escribir con claridad y tradición cambió su estilo, como lo hizo Góngora en su tiempo, y se convirtió en un escritor «díficil», «oscuro», que debe ser «descifrado» y escribió «Ulises», que renovó la novela en el siglo XX. Y Góngora sólo fué uno de los muchos «maestros» del novelista irlandés. Otra cosa: Ya en La Odisea está el monólogo interior, en verso, claro, porque la épica es poesía narrativa. Homero es la semilla de toda la literatura de Occidente.

  2. Estelio Mario Pedreañez

    Estoy escribiendo desde mí celular en Caracas y son las 11 y 59 de la noche y estamos sufriendo un apagón en la ciudad, me queda 7% de batería y les cuento de memoria que Odiseo, al pensar que morirá en una costa escarpada del país de los feacios, al que llegó después de naufragar la frágil embarcación que construyó en la isla de Calipso, se lanzó su monólogo interior en versos siglos antes de Cristo.

    1. Colofón Revista Literaria

      Lo sentimos, suerte. Ojalá que las cosas mejoren.

  3. Estelio Mario Pedreañez

    En la traducción del griego al castellano de Luis Segalá y Estalella («Obras Completas», Homero, Buenos Aires, 1957) al final del Canto Quinto (La Balsa de Odiseo), está el primer monólogo interior de la Literatura Occidental: «… desmayaron las rodillas y el corazón de Odiseo; y el héroe, gimiendo, a su magnánimo espíritu así le hablaba: Odiseo.- !Hay de mí! Después que Zeus me concedió que viese inesperada tierra, y acabé de surgir de este abismo, ningún paraje descubro por donde consiga salir del espumoso mar… sé que el informe dios que bate la tierra está enojado conmigo. Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón, una oleada lo llevó a la aspera ribera…» (página 507). Queda probado así que Homero fue el primero en usar el monólogo interior y Joyce fue su inspirado alumno.

  4. Estelio Mario Pedreañez

    Pienso que James Joyce ocultó deliberadamente lo mucho que le debe a la Literatura Española porque siempre quiso aparecer como «creador original» pero esto siempre es difícil después de los antiguos griegos. El olvido del pasado hasta llevó a considerar que el alemán Berthold Brecht inventó «el teatro comprometido», una desmesura que toca la insensatez, porque allí están las obras de los grandes dramaturgos de la Antigüedad Clásica!!!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *