En El despertar, Line Papin sigue los pasos de Marguerite Duras

El amor absoluto, instantáneo y absorbente que salta sobre todas las precauciones y las convenciones, es un motivo recurrente en la literatura universal de todas las épocas. Algo (o mucho) tiene de locura. La joven autora franco-vietnamita Line Papin nos presenta su propia versión de este tema inmortal en su primera novela, El despertar, editado en España por Alianza.

El primer capítulo nos presenta a Juliet y Raphaël en un diálogo que establece el tono general de la narración, de lenguaje denso y poético, que recuerda el inicio de Hiroshima, mi amor, el guión cinematográfico escrito por Marguerite Duras. Pero Juliet y Raphäel no son amantes; éste es un amigo que viene a ayudarla a rescatar al amante de Juliet del estado de postración terminal en que se encuentra. De cómo se llegó a esta situación trata el resto de la novela.

“Estoy desnuda ante él, como no lo he estado delante de nadie, despeinada, desmaquillada, desvestida, completamente. Si supiera que he pasado una hora delante del espejo arreglándome los rizos, haciéndome la manicura, buscando el vestido adecuado, del color adecuado, y el peine, el peine bueno que no me encrespa el pelo… Tanta preparación, tanta agitación… Vanas. Y aquí estoy: desnuda y envuelta en su aura. Y le gusta mi cuello. Y mis senos. Todo, le gusta todo”, piensa Juliet en un momento de ensimismamiento amoroso, convencida de que ella significa para su amante lo mismo que él para ella.

Pero en la historia de Line Papin las cosas no ocurren así. Frente al amor incondicional de Juliet, su amante (no es mencionado por su nombre) sólo muestra un interés elusivo, lleno de silencios y miradas tolerantes, y eso queda claro desde el segundo capítulo de la novela. “Hay personas así, que te caen encima, sin razón, que asaltan tu puerta y no te queda más remedio que hacer lo que se pueda, adoptarlas, abrazarlas. No hay quien lo entienda.”

Tanto al narrar su historia como en el diálogo con Raphaël, que cruza toda la novela, Juliet se nos muestra madura, poseedora de una profunda compresión de su experiencia amorosa que se revela en un lenguaje altamente metaforizado. De ninguna manera se sospecha, en las primeras páginas, que sea una muchacha de dieciocho años; al contrario, creemos estar escuchando a una mujer de edad que hace balance de una relación que se ha desarrollado durante un largo tiempo. Esta Juliet contrasta de manera violenta con la que nos presenta su amante: una niña banal, ingenua, algo irritante, que parlotea incesantemente y lo abruma con su amor no solicitado; la quiere, pero de alguna manera carece de existencia real.

El tercer elemento de esta relación es Laura, el verdadero amor del amante de Juliet. Dice él: “era la primera persona cuyas palabras tenían sentido para mí. Sentí que a ella le pasaba lo mismo: Laura se abría para mí y solo para mí, porque me parecía ser el único que captaba plenamente esta brutalidad, el único que veía hasta qué punto era necesaria, verdadera, pura, vital”. Pero Laura arrastra su propio infierno. Es borracha, promiscua y autodestructiva. Sólo ha recibido de sus padres dinero y ningún afecto, y de esa misma manera se relaciona con los demás. Por supuesto, toda su actitud de mujer dura y envilecida se demuestra como una máscara. No es capaz de aceptar el amor porque significaría abandonar la imagen que ha construido de sí misma y que le permite defenderse de un mundo que la lastima.

“Hay personas así, que te caen encima, sin razón, que asaltan tu puerta y no te queda más remedio que hacer lo que se pueda, adoptarlas, abrazarlas. No hay quien lo entienda.”

Así que el futuro amante de Juliet abandona a Laura. No quiere saber nada más de ella, hasta que se entera de que está muy enferma. Desde ese momento revisa su relación ya acabada. Ahora Laura se le hace imprescindible, pero, sobre todo, se siente responsable. Comienza a hundirse en el mutismo y el estupor, porque “Había dejado caer a Laura, que lo era todo para mí, y ahora estaba vacío: me había caído yo con ella, inevitablemente”. El mundo, sin Laura, no tiene sentido. Esta ausencia lo enajena. Sucumbe al silencio, al vacío de la soledad. Juliet no significa nada, Raphaël no significa nada, su propia vida no significa nada.

Esta novela, como cualquier otra, no se deja atrapar en un solo tema o en su línea argumental central. La pasión, el desamor y la soledad, la búsqueda de un lugar en el mundo, están presentes en cada página, pero también, como una melodía que aparece, desaparece y vuelve, la belleza de Vietnam que se manifiesta como una y la misma cosa con el amor: “Me parece que todo sigue en su piel, bajo su piel, la humedad, el amor, el humo de las motos, de los hornos, los taburetes de plástico, los tobillos doblados que se rinden a los tendones y las pieles morenas, las pieles amarillas, las pieles oscuras… Me moriría si abandonase este país: aquí he amado demasiado… he amado allí, en la mezcla ardiente de los aromas, en el bazar de los gritos, de los ruidos, he amado como quien se hunde, me he hundido como se ama, todo está en mí, allí: este país me quema el corazón siempre y, ya ves, lo amo con amor”.

 

Rubi Guerra es narrador, editor, periodista y promotor cultural. Es fundador de la sala de arte y ensayo Ocho y Medio y asesor de la Casa Ramos Sucre en Cumaná, Venezuela. Ha publicado los libros La tarea del testigo (Premio Rufino Balno Fombona, 2007), Las formas del amor y otros cuentos (Premio Salvador Garmendia, 2010), El discreto enemigo, que editó en 2016 Madera Fina.

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