distopia china

Del homo sapiens al Homo Lubitz de Ricardo Menéndez Salmón

El hombre contemporáneo recibe toda clase de juicios políticos y morales en el caos y la incomprensión de una sociedad que parece no tener norte. Esta premisa ha permitido la creación de planteamientos distópicos en la literatura. No en vano, grandes representantes del género como Aldoux Huxley, George Orwell y Ray Bradbury han apelado a esas ficciones en obras que son patrimonio de la literatura universal: Un mundo feliz (1932), 1984 (1949) y Fahrenheit 451 (1953).

Imaginemos al hombre de este siglo inmerso en un país que, pese a sus grandes diferencias con la tradición occidental, representa un universo comprensible. Imaginemos, del mismo modo, que este mundo sea parte del contexto que bordea una historia que transcurre en el 2025, pero que inicia a partir de algunos hechos reales y bien conocidos. Estas referencias son la materia prima de Homo Lubitz, del escritor español Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971), un thriller dinámico que juega con los accidentes y ciertas referencias cinematográficas y plásticas; utilizando la ficción literaria para mostrarnos el mundo que nos ha tocado vivir.

La firma de un contrato millonario entre el Gobierno de China y compañías farmacéuticas occidentales es el comienzo de la historia. El responsable de que esta transacción se lleve a cabo es Richard O’Hara. Con la firma de este contrato, se logrará que millones de chinos accedan a un tratamiento que les permitirá superar la intolerancia a la lactosa. Sin embargo, O’Hara descubre caminos oscuros detrás de una simple negociación. Una vez en el país asiático acepta una nueva tarea: encontrar el paisaje que aparece en una antigua fotografía, por lo que inicia un viaje alrededor del mundo junto a Zhao, su intérprete; y a Amanda, una mujer alemana que se describe en la novela como “la historia del siglo veinte: vacío, violencia y culpa”.

“La historia del siglo veinte: vacío, violencia y culpa”

Menéndez Salmón explora estructuras sociales y políticas que convierten a la novela en una distopía funcional, la cual nos advierte del caos y sus repercusiones en una sociedad que no parece tener salidas ideales; por el contrario, según esta historia, es más bien un mundo que refleja los síntomas de nuestra contemporaneidad y que nos presenta la angustia perenne que nos sostiene como seres humanos, así como la necesidad del uso de lo teatral para hacernos notar. El personaje principal de la obra convierte a China en una esfera gigante que se confunde en un mar de infinitas posibilidades, y sobre todo de abismales diferencias con Occidente: “China se le escapaba entre los dedos como agua de un cubo sin fondo. (…) No es que las cosas fueran inefables, pero había un logaritmo interpretativo del que O’Hara carecía. (…) El núcleo de China estaba vacío para él. No lograba emocionarse con su música ni con su pintura. No comprendía sus silencios, su fatalidad, su indiferencia hacia la religión. Era incapaz de comprometerse con sus conquistas filosóficas y con su amor por la poesía. (…). Lo desconocía todo de una sociedad que había recorrido en tres generaciones el camino que otras habían fatigado en treinta”.

Imágenes de la distopía: arte y música.

El tejido sustancial de Homo Lubitz se enlaza con algunas referencias reales de la cinematografía, del arte contemporáneo y de los clásicos de ciencia ficción. Tal es el caso del cineasta David Cronenberg y su película sobre Andrés Lubitz, el hombre que trágicamente ocasiona el infausto accidente aéreo ocurrido en los Alpes franceses en 2015. Menéndez Salmón transfiere estas mismas inclinaciones temáticas a su personaje O’Hara. Por eso, en varios pasajes de esta novela se revela la extraña fascinación del protagonista por los accidentes y por lo que consideraba “el único mito monstruoso que sentía realmente humano”: el mito del vampiro. He aquí un ejemplo significativo: “Los accidentes de tráfico aún poseían aquella escala humana, reconocible, que a O’Hara le producía un breve pero intensísimo estremecimiento (…). –Un accidente –dijo O’Hara- es por definición algo indeseable, que uno no querría sufrir. Pero a todo el mundo, lo confiese o no, le atraen los accidentes (…). El accidente (…) es algo que anhelamos en secreto, la resolución de toda expectativa (…). Cualquier accidente es un sumidero. A él van a parar nuestros temores. También nuestros anhelos.”

En cuanto a la presencia del arte moderno, se hace palpable en apreciaciones críticas y reproducciones de Pollock ubicadas en un hotel de Shangái: “Aquellos cuadros, en Shangái, bajo el influjo de millones de vidas, se le mostraba en su desnuda transparencia. Como fragmentos del mundo sin enmarcar. Como si el mundo fuera una inmensa, inacabable pared, y el artista, eventualmente, hubiera decidido sustraer alguna de sus etapas al deterioro, al desorden”.

“Cualquier accidente es un sumidero. A él van a parar nuestros temores. También nuestros anhelos”

También se tocan aspectos en torno al consumismo de China, que dejan caer algunas ideas vinculadas a su cultura y a la enorme influencia que el capitalismo ha ejercido en los últimos años: “El dinero es el criterio que permite a las personas sentirse importantes en este país. Los americanos y los europeos nos lo han enseñado. Y como se lo dije antes, los chinos somos espléndidos pupilos”.

Por otra parte, no escapa tampoco para Menéndez Salmón la triste situación de algunos escritores que, sin tener un gran talento, figuran entre notables personalidades, más por las influencias de poder que frecuentan que por el talento verdadero de su trabajo creativo. La historia en sí cuenta muchas otras anécdotas; en ella intervienen personajes en situaciones diversas. Sin embargo, en esta posible confusión por “exceso anecdótico” tenemos una historia que revela los distintos guiones que la humanidad ha creado e interpretado a lo largo del tiempo.

“El dinero es el criterio que permite a las personas sentirse importantes en este país. Los americanos y los europeos nos lo han enseñado. Y como se lo dije antes, los chinos somos espléndidos pupilos”

En este camino, hallamos fragmentos con un lenguaje de alto contenido poético y un tratamiento lingüístico impecable; podemos verlo en el siguiente fragmento: “…en ese segundo de infinita belleza en que todo se detuvo alrededor de cierto gesto femenino tan cotidiano como asombroso, O’Hara comprendió que ella era la Soledad y que él iba a convertirse en su jinete”.

Finalmente, no es casualidad que la novela esté estructurada en partes que aluden al ritmo “musical” que cada una sostiene dentro de la estructura global del relato: Lento, Intermezzo, Moderato y Presto. Estas partes refieren el modo en cómo suceden los acontecimientos y sus cadencias y eufonías narrativas que van en ascenso en el transcurso de la historia. Con Homo Lubitz queda constancia, una vez más, que la lectura de Ricardo Menéndez Salmón no admite complacencias ni simples recorridos. Parece decirnos que ya no hay mucho tiempo de rectificar; que intentemos seguir en este vértigo que nos ha tocado vivir. Razones hay para confirmar la tesis de que este autor español, como bien lo ha señalado buena parte de la crítica, representa una de las más exigentes lecturas de la narrativa española actual. Escribir para mirarnos y dejarnos en evidencia parece ser la clave de su escritura.

 

Geraudí González Olivares (@GeraudiGonzalez) es crítica literaria, académica, autora de “microficción” y actriz

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