cuando éramos ángeles

Cuando éramos ángeles es una historia de la pérdida de la inocencia

Decía Ana María Matute que la infancia es más larga que la vida. Y esto no sólo es cierto para la inabarcable obra de la autora catalana, sino para la generación de mujeres escritoras que le suceden. La niñez es el territorio donde los miedos y las alegrías son desmesurados, por eso no hay nada menos inocente que un niño y los problemas de nuestra adolescencia se convierten en las tirrias intransigentes de la adultez. Uno de los ejemplos más recientes de esto lo leí en Cuando éramos ángeles. He pasado por la interpretación policial y la feminista de la novela y ninguna me parece satisfactoria. La prosa de Beatriz Rodríguez no las agota. Porque, si bien el telón de fondo es la solución del asesinato de Fran Borrego, el mandamás del pueblo ficticio Fuentegrande, salta a la vista la telaraña de complicidad que se extiende entre las mujeres que pasan por el argumento, como esa que une a la periodista viuda Clara Ibáñez que intenta resolver el misterio y a Chabela, la dueña del Hostal Las Rosas, que algo esconde. Pero el tema que se impone allí no es un crimen ni las costumbres de ese lugar donde “la cuestión de género estaba más o menos resuelta, [aunque] había una barrera insalvable entre esa supuesta liberación femenina y la mentalidad de los rudos jornaleros hijos de la dictadura”. Ni siquiera el sexo es tan importante. La espina dorsal desde donde se articulan estos asuntos es la pérdida de la inocencia. Y vaya tema.

La muerte con que abre el argumento comenzó a fraguarse desde aquel momento de la “inocencia”, cuando el deseo se limitaba a la posesión de botines marca Nike. En el centro de la historia que narra lo costumbrista desde lo policial se encuentran tres niñas que son amigas. Una es Eugenia Pereira, cuya necesidad de aceptación estaba “siempre bien escondida bajo un carácter sereno”. Otra es María, que “desde los primeros años había mostrado una beatería impropia de su familia, aunque bastante adecuada al resto del pueblo”. Y, entre ellas, Rosario, “una de esas amigas fáciles con las que puedes ser sincera y que rara vez ponen obstáculos a una conversación directa”. La novela contiene la crónica de una generación, la primera que toma un paso fuera de la sombra del franquismo pero también hace el retrato de la España rural, un sitio que pulula entre lo moderno y lo caduco. Las recetas de Chabela son la excusa para abrir cada capítulo: no hay una manera más expedita de volver al pasado que los platos que alimentaron nuestra infancia. Lo dicen nuestras abuelas, que quizá no saben nada de la magdalena de Proust. Estas vertientes sostienen la profunda melancolía de una época en que todo era más fácil. “Cuando éramos ángeles nuestros zapatos no estaban manchados de sangre. No conocíamos la culpa y las noches eran para dormir, no para despertar remordimientos”, escribe la autora sevillana nacida en 1980: “Cuando éramos ángeles había que preguntarlo todo, si querías salir, si querías comprar algo, te tenían que dar permiso. Todas las decisiones se tomaban por nosotros: la ropa que nos poníamos, los libros que necesitábamos para el colegio, lo que comíamos, lo que bebíamos. No sabíamos nada. Cuando éramos ángeles no teníamos deseos”. La cita aparece en la mitad del libro como una bisagra entre la niñez y la adultez o entre la primera y la segunda parte de la trama y se abre como el botón de una amapola para justificar el título y avanzar hacia el segmento final, donde el lector perderá interés en la solución del crimen: el tejido de relaciones entre los personajes es tan denso que el menos atrayente es Borrego, a quien el lector agradece que la autora matara en la primera página. Cuando éramos ángeles nos recuerda que el pasado más remoto no es más que la posibilidad de un presente.

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

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