Cristina de campo (principal)

Vida secreta de Cristina Campo, la unión del existir y el escribir en una biografía

Cristina de Stefano escribe Vida secreta de Cristina Campo. Allí, además de contarnos la vida de una fugaz figura italiana, nos revela que no podemos distinguir vida de literatura, pues se trata de la misma cosa. Un consuelo en los duros tiempos que vivimos y que, quizás, habremos de vivir a partir de ahora. Vittoria Guerrini encontró en Cristina Campo un pseudónimo tras el que esconderse, tras probar numerosos otros. Encontrarnos ahora con una biografía de un ser tan esquivo parece un contrasentido. Como el que anima a muchos que se lanzan a escribir su vida con un desvivido ánimo desviado. No tienen nada que contar, pero escriben con la esperanza de que, al pasar en sucio sus días, ocurra algo. Lo único que pasa son las páginas, sólo se suceden las palabras, las frases. Pero el autor sigue sin haber vivido, salvo aquella vez que compuso su autobiografía.

De todas formas, Cristina Campo se encontró atrapada por contradicciones como esta toda su existencia. Su tío, Vittorio Putti, admirado médico, cuando se sentaba a la mesa, imponía una ley del silencio que nadie podía romper. Entonces, el sanador caía en un ligero ensueño que todos respetaban, mientras su mano se posaba sobre un cuenco de bacará, deslizando el meñique adornado con una serpiente de ojos de esmeralda alrededor del borde, hasta producir un débil gemido, parecido al de un espíritu oprimido. Campo querrá revivir en sus páginas una y otra vez esta atmósfera mágica, llena de silencio y recogimiento. Así, su espíritu se debatía entre el ansia de transcendencia y la necesaria comunión con los comunes. Y es que, a pesar de que seguía un régimen trapense, no evitaba por completo el hablar con todos de todo, no solo con los maestros amantes que la marcaron, como Leone Traverso, Elémire Zolla o Mario Luzi. Podía llegar a romper una amistad por un declive en el estilo de sus misivas o ignorar para siempre a un poeta culpable de versos que no merecían su firma. Pero también podía hablar con cualquiera que se encontrara en la calle, para calmar su sed de conversación ligera.

 

Afectos y literatura.

La biografía traducida por Laura Muñoz Villacañas y publicada por Ediotrial Trotta describe cómo Campo ataba sus lazos afectivos guiándose de sus afinidades literarias. Aunque esta actitud nos denuncie una preferencia de las letras sobre la realidad, ella no hacía distinción entre ambas. Según su pensamiento, la literatura conseguía reducir lo vivido a su esencia. Por tanto, los libros y el existir se confundían de manera perfecta. Ana Cavalletti vivía en el mismo barrio y en el mismo ámbito ausente y literario que Campo, con la que hablaba de sagas alemanas, de pintores españoles, de clásicos cómicos ingleses. El 23 de septiembre de 1943, Ana y su madre salieron de casa para ir al médico, cuando empezaron a caer las bombas británicas. Ambas se refugiaron en un portal cercano que, tras las detonaciones, cayó sobre sus cabezas, matándolas. Campo siempre tendrá un retrato de su amiga muerta sobre su escritorio, cuyo rostro parece animarla a continuar ese adolescente proyecto común: escribir crítica literaria de una manera nueva, ligera, como en una conversación.

Las dos jóvenes pensaban que cada crítica que se hacía de un libro, suponía un borrón más sobre el texto. Mientras más se lo analizaba, más lejano quedaba lo escrito. Así que, para mantener oculta una obra, sólo hacía falta conseguir que se convirtiera en un clásico de la literatura. Ello supondría la generación de cientos de estudios que obligarán a que leamos sólo una parte, tras pasar las páginas que no interesan al crítico.

Shirley Jackson, en su recuerdo escrito The road through the wall, argumenta que, para construir el muro más alto, hay que trazar un sendero. Para ilustrarlo, nos cuenta cómo la comunidad serena y seráfica de Pepper Street, logra solucionar la incómoda llegada de extraños a través de un hueco abierto en el muro circundante. Una senda conducirá a los invasores por donde los vecinos quieren, lejos de sus zonas sensibles. Las cunetas hacen de cauce, de invisibles murallas en la travesía. Del mismo modo, Cristina Campo logrará ocultar sus días hablando de unos pocos recuerdos de infancia, o velará la obra de un autor favorito destacando solo unos párrafos.

Como no podía ser de otra forma, el misticismo la atrapó durante sus últimos años. Lo espiritual le servía para huir de la soledad que tanto temió. A pesar de esto, sin suerte, murió sola, escuchando los latidos cada vez más espaciados de su corazón enfermo. El recuento de su obra publicada se reducía a unos pocos volúmenes de ensayos y de poesía, obras de las que se arrepintió de dar a la imprenta. Tras su fallecimiento, una caja llena de manuscritos originales se perdió en el desalojo, seguramente acabando en la basura. Nadie de entonces dio valor alguno a esos papeles. Y sin quererlo, cumplieron el último deseo secreto de Campo.

 

Antonio Palacios colabora con las revistas Estación Poesía, Clarín, Letralia, El Coloquio de los Perros, Ariadna y Revista de Letras, entre otras. Publicó Yo sombra, en 2018, un libro que se comprende de una novela, un libro de entrevistas, una guía de viajes, una sátira y un ensayo poético sobre la verdadera naturaleza de los sevillanos.

 

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