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Nuria Labari encuentra el resplandor del miedo en Cosas que brillan cuando están rotas

En un panorama editorial saturado de libros sobre la Guerra Civil Española, la primera novela de Nuria Labari brilla por tratar con una prosa elegante y sobria el mundo actual. El argumento de Cosas que brillan cuando están rotas se desarrolla la semana de los atentados terroristas en Madrid, después de que el 11 de marzo de 2004 estallaran una decena de bombas en cuatro trenes de la red de Cercanías. Labari conoce a fondo el hecho porque en aquella época trabajaba como periodista en el diario El Mundo. Sin embargo, la novela no hace ficción con la historia, hace algo mejor: establece la morfología afectiva de las personas que, como los lectores, estamos enfrentados a un mundo donde, a pesar de que el terror es un sentimiento de multitudes, los problemas siguen siendo los mismos asuntos íntimos que hace siglos: las relaciones con los otros, la soledad y la búsqueda de algo trascendente. Por eso, la autora advierte en la contratapa de la bella edición de Círculo de Tiza que, si bien toda la información que aparece en su obra es real, la historia que cuenta allí es pura ficción, “un viaje de la imaginación hacia una realidad movediza y llena de fisuras”.

La novela trata de un matrimonio que tiene problemas. Y, a la vez, muestra un mundo global donde si bien el nuevo sujeto político es la multitud, la estabilidad de la democracia es tan precaria como una bomba de confección casera. Ese es el valor de este libro. Cosas que brillan cuando están rotas establece una sutil relación entre los problemas íntimos de una pareja agobiada por el hastío mutuo y la desazón del mundo contemporáneo. La vida privada cuando la Historia explota en su seno. Eva Mago y Eric Ghisela llevan casi veinte años juntos, pero algo se ha roto entre ellos y no son capaces de entender qué; no pueden reconocerse en el otro ni en sí mismos. Así que Eric se va con su hija a Berlín, la ciudad donde él pasó años idílicos de la juventud con Eva; quiere tomar la distancia para que su mente analítica haga cuadros comparativos y proyecciones de riesgos sobre las carencias de su relación de pareja. Mientras tanto, a Eva le toca cubrir las secuelas del ataque terrorista en Atocha: recoger estadísticas de muertos, buscar declaraciones de los sobrevivientes y entrevistar a la familia de Jamal Zougam, el primer detenido con relación al ataque del 11M. “En tu última carta escribes preocupada de que vivimos en un país donde ni siquiera te apetece votar. No sé qué decirte. Me parece más grave vivir en una casa a la que no te apetece volver”, explica en un correo electrónico Eric, desde su hotel en Alemania: “Empezamos por aceptarlo todo entre nosotros. Y terminamos siendo cómplices de todo lo que nos rodea. Los políticos no son responsables de eso”.

“Se puede tener todo y también que la vida no sea suficiente”

En el contraste entre la familia del terrorista Zougam y el trío que forman el matrimonio con su hija, Clara, la novela llega a su momento de mayor lirismo. Porque el brillo de la desgracia individual dentro de la opacidad del terror generalizado apunta a una realidad fragmentada. “No se trata de que los terroristas vengan de una familia desestructurada o violenta, reflexiona Eva, después de conversar con la madre del Jamal Zougam: “Tiene que haber una herida, una ruptura fundacional para que suceda algo así. En este caso, lo que está roto y desestructurado es el mundo. Los conflictos ya no pueden aislarse especialmente en un contexto como el nuestro, igual que no pueden encerrarse en el trastero los problemas de una familia. Todo está mezclado en los sistemas complejos”. El gran logro de Labari es la comprensión de que la oscuridad es más habitual que la luz y que aún en el caos las personas sin épica tenemos que hacer la vida mientras intentamos que el horror no nos venza.

Michelle Roche Rodríguez

@michiroche

Dibujo de Marta de Plascencia: http://diarium.usal.es/mmartadplasencia/2011/12/16/todo/

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